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Meditando
La realidad humana y la religión

Quentin Farrand
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Las ciencias están expuestas a fenómenos humanos y las relaciones entre éstos, difíciles de describir en términos materialistas

Entre todas las teorías vigentes de la realidad humana, unos pensadores las han reducido a tres clases generales: 1) El hombre como animal más evolucionado; 2) El hombre como una máquina bioquímica y 3) El hombre como un actor libre en el escenario del mundo. Muchos líderes de pensamiento creían que él es dominado por sus instintos o por sus genes y entornos, y no se podría alterar estos dominios. Uno de los más grandes logros del Siglo XX, es que se comenzó con el auge de las primeras dos clasificaciones, pero se terminó con el auge de la tercera.

La anticipación era que los modelos mecánicos iban a crear de la ciencia un dios que explique todo, tanto del universo como del hombre mismo, haciendo obsoleta la religión y las “otras supersticiones”. Pero durante el Siglo XX, la física descubrió que los modelos mecánicos del macro y microcosmos no sirven y que la realidad de la materia no es mucho más que unidades de energía con otros aspectos que nos tienen atónitos por su naturaleza “espiritual”.

Hoy las ciencias están expuestas a fenómenos humanos y las relaciones entre éstos, muy difíciles de describir en términos materialistas, y una gran parte de los líderes de pensamiento ahora está remando en una corriente contraria a lo que anticipaban.

Los que siguen en defensa de las dos primeras teorías alegan que el hombre es egoísta, avaro y agresivo por naturaleza, y que los intentos de cambiar estas insistencias son inútiles. Como contraparte, las más profundas penetraciones en la realidad humana, indican que en el ser humano hay otros aspectos más sutiles, subjetivos y espirituales, y que éstos poseen insospechados poderes de iluminar su mente, curar sus enfermedades, reorientar sus prioridades e influir en sus conductas. La religión ahora está sujeta a seria reevaluación. Un destacado historiador (Toynbee) escribió, en los años cincuenta, que “la religión es una facultad de la realidad humana”. Afirma que toda civilización se basa en algún grado de vitales elementos religiosos, y cuando estos elementos se degradan, la cohesión y coherencia de la civilización se degradan también. Ninguna civilización se ha basado en el escepticismo.

Estamos llegando a un punto de equilibrio en nuestros pensamientos sobre el ser humano. Obviamente es un ente con cuerpo y naturaleza material y animal, con propensión a lo que es la característica de ésta: la obsesión de competir y sobrevivir, la avaricia, el egocentrismo y la agresividad. Pero es innegable que también es un ser espiritual. Si no se educan y cultivan sus capacidades espirituales, si no se estimulan sus virtudes latentes, como el amor, bondad, justicia, perdón, veracidad, honor, confiabilidad, sinceridad, sabiduría, comprensión y veneración a lo que le trasciende, el ser humano llega a caer cautivo de sus apetitos e instintos biológicos. Por eso debemos apreciar la esencia de la religión que enriquece la vida espiritual e impulsa el cultivo de estas virtudes.

La tragedia de estos tiempos es que precisamente cuando estamos acercándonos a esta comprensión de su potencial de espiritualizar y hacer al hombre más tolerante y apreciativo de otros credos, razas y pueblos, con base en estas virtudes comunes, algunos líderes religiosos han retornado a un “neo fanatismo”. Es más que evidente que también estamos en medio de un cambio de paradigmas religiosos, y que comenzamos a ver en las religiones, desde su temprano desarrollo, lo que es trigo y lo que es cizaña.

Su poder de purificar los impulsos del corazón, inspirar el amor a Dios y a sus semejantes, y el temor a los efectos de desatender sus leyes hace que la religión verdadera presione internamente al creyente a hacer bien y evitar el mal. Cuando esto no sucede, la religión es capaz de convertirse en oscurantismo y fuente del mal.

“La piedra angular de la religión de Dios es la adquisición de las perfecciones divinas y la participación en sus múltiples dones. El propósito esencial de la fe y la creencia es ennoblecer el ser interior del hombre con las efusiones de gracia provenientes de lo alto. Si esto no se logra, es en verdad la privación misma”.

Ahora es el tiempo de profundizar en el “trigo” de lo positivo que las religiones tienen en común y descartar la “cizaña” de diferencias causadas por insumos humanos. La creatividad y equilibrio entre la civilización material y espiritual, el progreso y la paz del mundo lo hacen imperativo, ya que los prejuicios, odios y fanatismos entre credos siempre han conducido a la calamidad.

 

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