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Orientaciones
familiares
Sintiendo las pérdidas
Por Pastor Mario Vega
El Diario de Hoy
E-mail: orientaciones.familiares@navegante.com.sv
En
nuestra cultura es común pensar que afligirse ante una pérdida
es una muestra de debilidad. Los hombres no lloran es
una frase que se comienza a escuchar desde la niñez y que
va forzando el camino que se debe seguir.
Pocas cosas son las que causan tanto daño a una persona que
ha sufrido una pérdida como el impedirle sentir y expresar
las sensaciones que acompañan a la aflicción. El que
se experimenten los variados sentimientos del dolor no debe ser
una causa de alarma, sino parte saludable del proceso de superación
de la pérdida, que ayuda a salir de la crisis sin consecuencias
extraordinarias.
No es saludable que no se vean señales externas de la aflicción
y que la persona se guarde las emociones internamente. Tarde o temprano
las defensas se derrumbarán produciendo daños mayores
que si se hubieran ventilado los sentimientos de manera natural.
No se debe tener miedo de expresar las aflicciones. No es malo llorar.
Las dudas, la confusión y la ambivalencia son reacciones
naturales durante las épocas de luchas difíciles.
En las horas y días que siguen a la pérdida habrá
negación, distracción y aturdimiento. No faltarán
los sentimientos de culpa reales o imaginarios. Esta etapa se supera
normalmente en dos o tres meses. Pero si los sentimientos continúan
por un período prolongado de tiempo e impiden el funcionamiento
normal en la vida indican que la persona se ha atascado en alguna
de las etapas del proceso de confrontación de la pérdida.
Cuando una persona no acaba de superar las etapas de la aflicción
podría necesitar ayuda profesional para retomar el rumbo
normal de la vida. La ayuda espiritual ofrecida por un Pastor puede
ser de gran ayuda en esos momentos difíciles.
Al afligido muchas veces lo atormentan sentimientos de ira o de
culpa: ¿Por qué yo? La vida es injusta. No merezco
esto. ¿Me está castigando Dios?.
Tales reacciones son muy humanas y naturales y la persona debe permitirse
el sentir la pérdida. Tiene derecho a entristecerse y a llorar.
Quien sufre no debe sentir temor o reticencias para expresar su
aflicción honestamente a Dios. Dios comprende. Jesús
lloró y pasó por aflicciones. Él puede acompañar
a quien sufre en su mezcolanza de sentimientos. En esos momentos
de dolor y aflicciones se puede confiar en el consuelo que sólo
El puede dar.
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