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Desde
el Vaticano
Un Niño nos ha nacido, un Hijo se nos ha dado
Por Juan Pablo II
Un
niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9,5).
Hoy se renueva el misterio de la Navidad: nace también para
los hombres de nuestro tiempo este Niño que trae la salvación
al mundo; nace llevando alegría y paz a todos.
Nos acercamos al Portal conmovidos para encontrar, junto a María,
al Esperado de los pueblos, al Redentor del hombre.
Cum Maria contemplemur Christi vultum. Contemplemos
con María el rostro de Cristo: en aquel Niño envuelto
e pañales y acostado en el pesebre, es Dios que viene a visitarnos
para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.
María lo contempla, lo acaricia y lo arropa, interrogándose
sobre el sentido de los prodigios que rodean el misterio de la Navidad.
La Navidad, misterio de alegría
En esa noche los ángeles han cantado: «Gloria a Dios
en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama».
Han anunciado el acontecimiento a los pastores como «una gran
alegría, que lo será para todo el pueblo». Alegría,
incluso estando lejos de casa, la pobreza del pesebre, la indiferencia
del pueblo, la hostilidad del poder.
Misterio de alegría a pesar de todo, porque «hoy os
ha nacido, en la ciudad de David, un salvador».
De este mismo gozo participa la Iglesia, inundada hoy por la luz
del Hijo de Dios: las tinieblas jamás podrán apagarla.
Es la gloria del Verbo eterno, que, por amor, se ha hecho uno de
los nuestros.
La Navidad, misterio de amor
Amor del Padre, que ha enviado al mundo a su Hijo unigénito,
para darnos su propia vida.
Amor del «Dios con nosotros», el Emmanuel, que ha venido
a la tierra para morir en la Cruz.
En el frío Portal, en medio del silencio, la Virgen Madre,
con presentimientos en el corazón, siente ya el drama del
Calvario. Será una lucha angustiosa entre la luz y las tinieblas,
entre la muerte y la vida, entre el odio y el amor. El Príncipe
de la paz, nacido hoy en Belén, dará su vida en el
Gólgota para que en la tierra reine el amor.
Navidad, misterio de paz
Desde la gruta de Belén se eleva hoy una llamada apremiante
para que el mundo no caiga en la indiferencia, la sospecha y la
desconfianza, aunque el trágico fenómeno del terrorismo
acreciente incertidumbres y temores.
Los creyentes de todas las religiones, junto con los hombres de
buena voluntad, abandonando cualquier forma de intolerancia y discriminación,
están llamados a construir la paz: ante todo en Tierra Santa,
para detener finalmente la inútil espiral de ciega violencia,
y en Oriente Medio, para apagar los siniestros destellos de un conflicto,
que puede ser evitado con el esfuerzo de todos; en África,
donde carestías devastadoras y luchas intestinas agravan
las condiciones, ya precarias, de pueblos enteros, si bien no faltan
indicios de optimismo; en Latinoamérica, en Asia, en otras
partes del mundo, donde crisis políticas, económicas
y sociales inquietan a numerosas familias y naciones.
¡Que la humanidad acoja el mensaje de paz de la Navidad!
Misterio adorable del Verbo Encarnado Junto a ti, Virgen Madre,
permanecemos pensativos ante el pesebre donde está acostado
el Niño, para participar de tu mismo asombro ante la inmensa
condescendencia de Dios.
Danos tus ojos, María, para descifrar el misterio que se
oculta tras la fragilidad de los miembros del Hijo.
Enséñanos a reconocer su rostro en los niños
de toda raza y cultura.
Ayúdanos a ser testigos creíbles de su mensaje de
paz y de amor, para que los hombres y las mujeres de nuestro tiempo,
caracterizado aún por tensos contrastes e inauditas violencias,
reconozcan en el Niño que está en tus brazos al único
Salvador del mundo, fuente inagotable de la paz verdadera, a la
que todos aspiran en lo más profundo del corazón.
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