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Punto
de vista
Aprender
a discriminar
Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy
cmayora@istmania.com
Doy
por supuesto que el lector entiende con-migo que el hombre y la
mujer comparten la misma dignidad, la misma capacidad inte-lectual,
las mismas capacidades para alcan-zar el éxito en la vida
familiar y social.
No todos somos iguales (gracias a Dios, diría algún
cínico, con una sonrisa burlona). Ni falta que nos hace.
Sin embargo, si bien todos somos diferentes, a veces la gente se
comporta como si no lo fuéramos, y por eso me parece interesante
pensar un poco en que las diferencias en sí no implican,
en muchos casos, ni inferioridad ni superioridad de los unos con
respecto a los otros.
Quizá estamos malacostumbrados a juzgar siempre lo diferente
como inferior (y lo despreciamos) o como superior (y nos da envidia,
o lo tememos como amenaza), y se nos olvida que ser simplemente,
distinto, puede ser complementario, enriquecedor, o aleccionador.
Además, es notable que cuanto menor es la cultura de las
personas, lo distinto se trivializa más y llega a ser ridiculizado.
En suma, ante lo distinto, reaccionamos frecuentemente con miedo,
con desprecio o con risa, pero pocas veces con sana curiosidad o
con admiración, y menos con respeto, que debería nacer,
en primer lugar, del esfuerzo por comprender lo distinto, para luego
apreciar lo valioso que encierra en sí o para evitar lo nocivo,
y en segundo lugar, de la buena educación, de la cultura.
Tenemos que aprender a discriminar. Ya sé que esa palabra:
discriminación, está muy mal vista, y con razón,
pues su primera acepción es dar trato de inferioridad a una
persona o a un grupo de personas por motivos raciales, políticos,
religiosos, etc. (y en el etcétera caben muchas cosas, desafortunadamente).
Pero aquí digo que tenemos que aprender a discriminar en
el segundo sentido del término, tal como en general aparece
en los diccionarios: discriminar es distinguir, diferenciar una
cosa de otra.
Por el prurito de evitar la discriminación, por el empeño
en que nadie en la sociedad sea visto de menos, o tratado como inferior,
se ha llegado en ciertos ambientes al otro extremo: el de querer
equiparar a todos y tratar como iguales a los que son diferentes.
Veamos uno de los ejemplos más comunes: el empeño
que tienen algunos y algunas por dar trato de igualdad a las mujeres
y a los hombres, en puntos claro está, en que
no lo son.
Doy por supuesto que el lector entiende conmigo que el hombre y
la mujer comparten la misma dignidad, la misma capacidad intelectual,
las mismas capacidades para alcanzar el éxito en la vida
familiar y social, económica y política. Pero el compartir
todo esto no les vuelve iguales, sino (¡viva la diferencia!)
complementarios. Pero hay quienes no piensan así, y llegan
a defender que las conquistas de roles sociales masculinos
por parte de las mujeres vendría a ser un éxito de
la no discriminación, sin pararse a considerar que con frecuencia
esas conquistas se convierten en enemigas de las mujeres,
en retroceso, más que en avance, con respecto a su identidad
como personas e incluso a su estabilidad emocional.
Y al revés, pues en estos dorados tiempos da la impresión
de que pronto tendrán que surgir grupos masculinistas
que defiendan los derechos del nuevo sexo débil ante la agresividad
de algunas feministas que, en aras de defender a las mujeres, llegan
a sobrepasarse atacando a los varones. Quienes, además, por
el miedo a quedar mal o a parecer desfasados o retrógrados,
son incapaces de defenderse.
A veces, el empeño por la no discriminación se convierte
en una forma irracional y frenética de promover igualdad
donde no la hay, utilizando para ello procedimientos equivocados,
como el esfuerzo de corregir pasados agravios mediante otros agravios
en sentido inverso: de tal manera que, paradójicamente, la
justicia vendría a ser una suerte de venganza, o el resultado
de la suma compensatoria de dos injusticias... Como si a fuerza
de repetir mentiras se pudiera construir una verdad, o como si con
las mitades vacías de dos botellas se llegara a completar
una llena...
Otras veces, el afán de igualdad llega a suprimir cosas importantes,
como en algunas universidades norteamericanas en las que en los
exámenes de admisión se da una ponderación
mucho mayor a la habilidad verbal (de la que gozan las mujeres)
por encima de la habilidad matemática (feudo tradicional
de los varones); con la finalidad de no discriminar
a éstas en el ingreso a las aulas. Sin que importen las cualidades
que una carrera determinada exige a quienes comenzarán a
estudiarla. Es como si a algunos jugadores de fútbol que
no tienen tanta habilidad con sus pies se les permitiera utilizar
las manos en el juego, para que no fueran discriminados...
En realidad, la igualdad más justa, la igualdad más
liberal es la igualdad de oportunidades. La igualación de
hecho, la igualación forzosa, suele ser producto del resentimiento.
A veces parte de buenas intenciones, pero con más frecuencia
de la deseable, las buenas intenciones difícilmente garantizan
el éxito.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía
y columnista de El Diario de Hoy.
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