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A las puertas de Navidad
Hoy brillará la luz

María Teresa de Jovel*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Los niños nos despiertan muchas virtudes olvidadas: no son rencorosos, son espontáneos, son alegres, son sencillos, son sensibles con los más débiles o los más pobres.

Estamos a las puertas de una nueva Navidad, y no podría encontrar mejores palabras que las de la Sagrada Escritura: “Hoy brillará la luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor, nos ha nacido un Salvador”.

Es “el anuncio” que ha conmovido y conmoverá siempre a los cristianos y a toda la humanidad. Cada nueva Navidad debería de ser para todo el mundo un anuncio de alegría y paz.

Sin embargo, parece que, por los acontecimientos que estamos viviendo, la alegría y la paz son muy difíciles de esperar y de lograr. Pero, no hay que desesperar.

San Josemaría Escrivá nos dice: “Es preciso mirar al Niño, amor nuestro, en la cuna. Hemos de mirarlo sabiendo que estamos delante de un misterio (…) Para esto, nos hacen falta las disposiciones humildes del alma cristiana: no querer reducir la grandeza de Dios a nuestros pobres conceptos, a nuestras explicaciones humanas, sino comprender que ese misterio, en su oscuridad, es una luz que guía la vida de los hombres”. (Es Cristo que pasa, Ed. Minos, México, 1988).
Y, al contemplar la próxima Navidad y ese Niño que nos llega, pensaba yo que podríamos intentar hacernos como niños, porque de ellos tenemos mucho que aprender.

Los niños nos remueven por completo, es como entrar en un círculo virtuoso. Ellos pueden cambiar nuestras vidas radicalmente, redefiniendo nuestras prioridades.

Nos enseñan que “el amor es infinito”. Creo que podría afirmar, sin equivocarme, que al convertirnos en padres, con cada hijo que llega, hemos sentido cómo el corazón se nos agrandaba a dimensiones insospechables. Ya no digamos lo que nos pasó cuando llegaron los nietos.
Aprendemos a aceptar que no podemos controlarlo todo. Ellos nos enseñan desde el primer día a esperar lo inesperado, sobre todo cuando se trata de planear nuestra vida. A ser flexibles, tener en cuenta que las circunstancias pueden cambiar, tener buen humor, saber reírnos y decir: “¡Otra vez será!”

Nos exponen a situaciones nuevas que nos hacen reaccionar de manera que jamás imaginamos. En este proceso, afortunadamente, aprendemos que uno puede experimentar un sentimiento sin actuar de acuerdo a él, es decir, a tener autocontrol.

Comenzamos a luchar por poner nuestros intereses en segundo plano. Ese amor infinito que sentimos por ellos nos va enseñando a pensar y servir a los demás, olvidándonos de nosotros mismos.

Nos damos cuenta de que los niños —y después siendo adultos— no son clones, son individuos independientes, libres y distintos a nosotros. Aprendemos a respetar las diferencias, la personalidad y el carácter de los demás.

Comprendemos que no podemos esperar que los niños y los demás sean perfectos. El amor incondicional de los niños nos enseña a comportarnos así con todos. Pero, sí luchar siempre por ser mejores.

Aprendemos a no juzgar a los demás, a entender actitudes de nuestros propios padres y profesores, que en su momento no comprendimos. Dejamos así de exigirles a los demás cosas que nosotros no podemos cumplir. Pero también comenzar a cumplir todas las cosas que quisiéramos exigirles a los demás.

Nos enseñan a vivir el momento, el hoy ahora, esos detalles que quizá nunca más se repetirán.
Con ellos no terminamos nunca de aprender. Cada etapa es distinta y cada hijo es diferente, por lo que tenemos que ser y actuar de diferentes maneras con cada uno de ellos.

Los niños nos despiertan muchas virtudes olvidadas: no son rencorosos, son espontáneos, son alegres, son sencillos, son sensibles con los más débiles o los más pobres. En cierto sentido, nos vuelven a despertar al mundo. Los niños nos hacen conocernos mejor, sacar facetas que nunca pensamos tener y nos motivan a ser mejores personas.

Por todo esto, este Niño que nos nacerá y su contemplación reposada y piadosa debería ayudarnos a cambiar en muchos sentidos y a convertir el año 2003 en un año de alegría y de paz.
*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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