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Tomando
la palabra
De
nacimientos y Árboles navideños
María A. de López
Andreu*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Inicialmente,
el árbol navideño era un manzano y, dado que éstos
no se encon-traban en algunos lugares, comenzaron a usarse otros
árboles, a los que colgaban esferas rojas, simulando manzanas
Es muy lindo, en esta época, disfrutar de las luces y decoraciones
navideñas, en especial de los nacimientos. Y
es aún más bonito si conocemos que todo esto tiene
un significado muy especial. Porque, además de representar
el misterio del Hijo de Dios hecho hombre, estos símbolos,
de por sí, tienen una interesante historia.
Más de dos mil años atrás, el emperador Augusto
ordenó a sus súbditos empadronarse en su ciudad de
origen, por lo que José y María, obedientes, viajaron
a Belén para tal fin. Las posadas, como la ciudad misma,
estaban abarrotadas, no encontraban albergue y María estaba
próxima a dar a luz. Esto movió a compasión
a algún mesonero, quien les ofreció refugio en lo
único que tenía disponible: un establo.
Y allí nació Jesús, siendo adorado en su divinidad
por las huestes de ángeles y las criaturas de la tierra.
Ese hecho único e irrepetible, en el que Dios Todopoderoso
se encarna en un niño frágil, pobre e indefenso, es
lo que rememoramos en los nacimientos de la Navidad.
San Francisco de Asís, fundador de la Orden Franciscana,
inició esta costumbre. En 1223, estando durante la Navidad
en la ermita de Greccio, en la pequeña población de
Rieti, tuvo la inspiración de reproducir en vivo
el misterio del nacimiento de Jesús. Construyó un
portal de paja y, colocando en su interior un pesebre, un buey y
una mula, invitó a un grupo de pobladores a representar la
escena de la adoración de los pastores. Cuenta la tradición
que, milagrosamente, se aparecieron el Niño Jesús,
la Santísima Virgen y San José, rodeados de ángeles.
Rápidamente esta novedosa idea se dispersó al mundo
cristiano. Los seres vivos fueron sustituidos por figuras y Carlos
III ordenó que los nacimientos se extendieran
en todo el reino itálico y español. Se cree que el
primero de barro se construyó en Nápoles,
a fines del Siglo XV. En Hispanoamérica, esta costumbre se
popularizó de inmediato, principalmente porque los primeros
misioneros fueron franciscanos; ellos utilizaron estos temas navideños
para la evangelización de los indígenas. Es decir
que nuestros antepasados pipiles, sin duda, también disfrutaban
de esta bonita tradición.
¿Y el árbol de Navidad? Generalmente es un abeto
frondoso y cargado de adornos. Tiene su origen en el paganismo centroeuropeo,
donde rendían culto a sus dioses ante algún árbol
especialmente destacado. San Bonifacio (evangelizador de esa zona)
procuró erradicar esos ritos paganos, transformándolos
para uso y enseñanza de los pueblos germanos cristianizados.
Así, el árbol navideño pasó a representar
a dos árboles de la tradición cristiana: El del Edén,
recordándonos la caída del hombre (el pecado original),
al comer del fruto prohibido, y el del madero de la cruz, donde
Jesús, con amor infinito, se convierte en Fruto de Salvación
al redimirnos. Cuentan que, inicialmente, el árbol navideño
era un manzano y, dado que éstos no se encontraban en algunos
lugares, comenzaron a usarse otros árboles, a los que colgaban
esferas rojas, simulando manzanas; de allí provienen las
bombas y demás adornos navideños que ahora
conocemos.
Esta tradición germánica pasó a Francia (Estrasburgo,
Siglo XVII), difundiéndose hacia el norte de Europa, principalmente
en países protestantes. En 1841, el príncipe Alberto
la introdujo en Gran Bretaña, de donde continuó a
los Estados Unidos, llevada por los inmigrantes protestantes, quienes
difundieron esta costumbre.
Con el correr de los años, el árbol de Navidad, como
símbolo del nacimiento del Señor, pasó también
al orbe católico, y desde hace ya mucho tiempo, en la Plaza
de San Pedro, en Roma, junto al pesebre, se alza un enorme abeto
bellamente decorado, regalo de diversas comunidades centroeuropeas
para el Santo Padre.
Conociendo todo esto, aprovechemos los símbolos navideños
como una linda y alegre oportunidad de prepararnos espiritualmente
para la llegada del Señor; que cada pequeño detalle
del nacimiento, que cada adornito que colguemos del
árbol, simbolicen un acto de amor a nuestro Redentor, teniendo
en cuenta que a Dios debemos amarlo en nuestro prójimo, compartiendo
nuestras bendiciones con quienes más lo necesitan, en forma
especial en esta época.
Que el Divino Niño bendiga a El Salvador y a todas nuestras
familias; que nos traiga la paz y llene de amor nuestros corazones.
Así sea.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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