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La reconciliación
Lo que parecía una ruptura permanente, un pleito sin perdón
ni salida se convirtió en una escena de novela rosa.
Luis Laínez
El Diario de Hoy
escenarios@elsalvador.com
La Dama de las Manos Azules se reconcilió, ¡y de qué
modo!, con el Caballero Tricolor.
Despreció en público al Barón Rojo. Le escupió
en la cara todas las palabras de amor que el Barón le hizo.
Lo abofeteó y le gritó que nunca había borrado
al Caballero Tricolor de su corazón. Que ella ha sido siempre
su amante. Que sólo lo había usado para darle celos.
El Barón Rojo estalló en cólera. Le dijo que
había confiado plenamente en ella, que el Caballero Tricolor
la trataba como a una cualquiera. Que él sí la iba
a respetar. Que la Casa del Pueblo podía ser de ellos dos.
Que podían derrotar al Caballero Tricolor y ser los dueños
de la Comarca.
Hasta le vaticinó lo mal que le iría por haberlo despreciado.
- ¡Nadie te va a creer cuando digás en la Comarca que
te preocupan los problemas del pueblo! ¿No te das cuenta
que nos conviene más estar unidos? -vociferó el Barón.
Pero la Dama de las Manos Azules le volteó la cara para acariciar
a su amado Caballero Tricolor.
Poco le importaba que el patriarca del Barón amenazara con
desatar una Troya para recobrar a su Helena.
- ¡Nunca fui tuya! ¡Estuve con vos, es cierto, por conveniencia,
porque necesitaba que algunos lacayos del Caballero Tricolor se
incorporaran a mi séquito! -respondió.
- ¿Y acaso ya lograste tu cometido? ¿No te imaginás
lo que dirán de vos? ¡Que él te compró!
¿Acaso no tenés dignidad, por amor de Dios? -dijo
afligido el Barón.
La Dama de las Manos Azules se rió a carcajadas.
- ¿Vos, el Barón Rojo, hablando de Dios? ¡Por
favor! Si querés creer que el Caballero Tricolor me ha comprado,
que así sea. Vos me conocés y sabés de lo que
soy capaz... -recitó la Dama de las Manos Azules con un tono
que hizo obsoleta a la viagra.
El Caballero Tricolor estaba feliz. De pronto, cruzó la mirada
con los feroces ojos del patriarca.
- ¡Vas a ser el responsable que regrese a la montaña
y que corran ríos de sangre!- amenazó el hombre de
barba blanca.
El Caballero Tricolor lo miró despectivo.
- ¿Acaso estuviste ahí alguna vez?
¡No te creás tus propias mentiras!
La Dama le lanzó un beso, abrazó a su Caballero y
se marchó dispuesta incluso vender la ropa que llevaba puesta.
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