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Nace la esperanza

Creo que estaba esperando a que los demás cambiaran, a que los políticos dejaran de ser corruptos y que, por fin, esas tontas guerras acabaran.

Por Telena
Escenarios
El Diario de Hoy
bibliotecaalejandrina@elsalvador.com

Creo que estaba esperando a que el mundo resolviera sus problemas, a que las Naciones Unidas abandonaran sus pronunciamientos estériles, que en Africa acabara el hambre y que la violencia no fuera tan violenta ni en América Latina ni en ninguna parte.

Estaba llena de ilusión, lo sé, pero sobre todo de esperanza y por eso, muy resuelta, decidí esperar.
Y seguí esperando, esperando a que no hubiera más desastres, a que no mataran a los niños, a que los barcos no se derramaran y a que los fanáticos no fueran tan fanáticos.

Esperé todo el día y toda la noche. En mi mundo más cercano esperé palabras de amor, miradas de comprensión. Aún más. Esperé de mí misma un poco más de valentía, un poco menos de orgullo. Creo que los demás esperaban a que yo cambiara.

Entonces llegó la noche de Navidad y ya no podía seguir esperando. El mundo no había cambiado. Ni siquiera yo había cambiado. Me sentí frustrada, quería llorar. ¿Dónde estaba mi esperanza?

Gandhi, que admiraba a Cristo, dijo una vez: “Cuando oigo cantar ‘gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres’ me pregunto dónde se da verdaderamente gloria a Dios y dónde hay hombres en paz”.

¿Por qué el mundo no parece cambiar? Dios se hace niño cada Navidad y no parecemos comprenderlo. Y cada Navidad, cada año que se acaba me llena de contradicciones. Desesperanza contra esperanza.

Pero al final creo que lo entiendo. Ese niño me dice que siempre puedo volver a nacer, que vos y que el mundo pueden volver a nacer. Y que la fuerza de su amor, la fe que tiene ese niño, Jesús, en nosotros, que con insistencia nace cada año me da la seguridad de que llegaremos a ser hombres y mujeres de paz.
Seremos por fin lo que estamos llamados a ser.
Entonces ni la esperanza ni la fe serán vanas.

 

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