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Sentido
común
ESTADIO VACÍO
RICARDO RIVAS*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
La
fotografía que los diputados y sus partidos insisten en presentarnos
es una auténtica parafernalia de surrealismo
Nos hemos enterado por los medios que los diputados de la honorable
Asamblea Legislativa, raudos y veloces, han aprobado recetarse quince
días de vacaciones corridas para fin de año. Para
reponer el tiempo perdido, dijeron, trabajarían dos sábados
seguidos. Puros cuentos. El sábado pasado casi todos brillaron
por su ausencia.
Además de nuestros pobrecitos diputados, los favorecidos
con el plumazo son el resto de empleados públicos que componen
la abnegada burocracia salvadoreña. ¡Qué cosas!
Los congresistas se tardan un mundo y medio para decidir sobre los
asuntos que de verdad valen la pena y que le urgen al país
-el presupuesto, los préstamos, la elección de presidente
y magistrados de la CSJ, los funcionarios del Ministerio Público,
el presidente de la Corte de Cuentas, etc.-, pero les basta un ¡zas!
para autoaprobarse más vacaciones en momentos en que los
salvadoreños lo que necesitamos es haraganear menos y trabajar
más.
¡Ay nuestros diputados! Son tan precarios de carácter.
A la hora de morder la tajadita, casi todos son iguales.
Padecen de las mismas debilidades. Caen en las mismas tentaciones.
Practican un sentido de la ética y la estética política
que, francamente, dan ganas de reír, llorar, o ambas cosas.
Claro, es por estas y otras pantomimas que a la gente le ha terminado
de importar medio pepino los asuntos políticos de guanaquilandia.
Esto no es una simple percepción, la cosa ya está
puesta en cifras: ningún país centroamericano, a excepción
de Guatemala, tiene los índices de abstención y ausentismo
electoral que tiene El Salvador. Unos podrán decir que es
el sistema el malo. Yo pienso que más que el sistema -que
también es malo-, los políticos son los chuecos.
Ya no se cree en ellos. Ya las elecciones han perdido la esperanza
de solucionar problemas, y por eso la gente prefiere irse a cualquier
lado, menos a votar. Total.
La fotografía que los diputados y sus partidos insisten en
presentarnos es una auténtica parafernalia de surrealismo.
Coaliciones repletas de generales sin tropa. Dirigentes que nunca
vieron Jurassic Park o La Momia. Diputados
pegados a sus curules con súper glue. Caras,
las mismas de siempre, jugando al juego de la silla. Partidos que
extorsionan a otros partidos. Políticos que se venden al
mejor postor. Postores en busca de políticos que se vendan.
De afuera nadie quiere entrar y de adentro nadie quiere salir. El
tema se debate entre Ripley y Corín Tellado.
El otro día alguien dijo que nuestra clase política
es un perfecto mercado; para mí, exagera. Mercado, quizá,
perfecto ¿quién sabe? Claro, el negocio entre ellos
parece funcionar bien, lo que no funciona es el negocio entre ellos
y nosotros. La Asamblea Legislativa, particularmente esta legislatura,
tiene mucho que ver con este patatús. Aprueban
decretos que no entienden y luego lloriquean, porque nadie se los
explica. Juegan con las leyes según sus necesidades y las
de sus partidos -o las de sus buses, sus papayas, sus colegas, sus
compadres, etc.-. Gritan. Vociferan. Insultan. Una convención
de mamarrachos tendría más cordura que una de esas
vergonzosas plenarias infectadas de poses y discursos sarcásticos
y de mal gusto. Por eso, ni ellos mismos se toman en serio. El otro
día un diputado suplente se molestó con un periódico,
porque en su edición de ese día le habían llamado
públicamente ¡diputado!. Válgame
Dios.
Schattschneider, un especialista en partidos políticos, escribió:
La democracia moderna es inconcebible sin ellos, y tiene
razón. Con todo y todo, el descrédito de los partidos
políticos salvadoreños no es un buen negocio para
nadie. No hay una democracia que funcione sin partidos. De hecho,
una democracia sin partidos nos guiaría a una política
gobernada, o por las modas, o por los locos, y aquí, en América
Latina, de locos ya tenemos suficiente.
En El Salvador no se necesita ser discípulo de Vargas Llosa,
Bobbio o Sartori, para enterarse de que nuestros institutos políticos,
si bien están vivos, se encuentran enfermos -y de cáncer-.
Más que cancioncitas, campañas publicitarias, coloridos
logos y sugerentes mensajes, lo que deseamos de los partidos son
propuestas serias que conecten con la gente. Más que súper
hombres y súper mujeres, lo que necesitamos son personas
normales, de carne hueso, con los pies en el suelo y la cabeza metida
en donde se vale soñar; hombres y mujeres, sobre todo -y
por favor-, honestas, que trabajen y dejen de politiquear.
Algunos partidos ya han decidido apostar a más de lo mismo
y con los mismos -a éstos, tarde o temprano, el rigor mortis
les va a entiesar las canillas-. Otros aún deciden. Ojalá
que éstos se lo piensen bien. Todavía es tiempo de
reconquistar a la gente. Aún es momento de que la derecha
política del país sensibilice sus planteamientos,
sobre todo económicos, y se decida por ser más solidaria.
Todavía hay espacio para la conformación de una nueva
opción democrática -sola o en coalición-, capaz
de hacer contrapeso y ser verdadera opción de poder. Si lo
hacen, habremos comenzado una nueva etapa en la transición
hacia la democracia. Si no, si insisten en lo mismo y con los mismos,
los partidos jugarán las próximas elecciones en estadio
vacío.
*Cirujano dentista y columnista de El Diario de Hoy.
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