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Chávez
juntó todos los males
A
Chávez sólo le queda dos caminos: negociar su partida
y el adelanto de las elecciones presidenciales o reprimir a sus
opositores
Lafitte Fernández
Enviado especial
Caracas, VENEZUELA
SERVICIOS CABLEGRAFICOS.
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
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Hugo Chávez no sólo
se está derrumbando: también buscó que
le cayeran encima todos los males juntos.
Foto EDH / AP
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Hugo Chávez no sólo se está derrumbando: también
buscó que le cayeran encima todos los males juntos.
No hay gobernante del mundo que pueda soportar, por mucho tiempo,
lo que Chávez encara, en este país, sin caer en el
fondo del precipicio.
En Venezuela nadie duda, ni siquiera entre los encuestadores pro
gubernamentales, que Chávez ha perdido, dramáticamente,
seguidores.
Hace mucho tiempo lo abandonó la mayoría de los venezolanos
que le permitía pavonearse con el poder.
De un apoyo de casi el 90 por ciento de la población que
ruborizaba a sus opositores, Chávez apenas cuenta, ahora,
con dos de cada diez venezolanos.
Pero, el problema para él no sólo es la pérdida
de apoyo: lo que puede sacarlo del Palacio de Miraflores es la revuelta
social permanente en que se encuentra su país.
Con más de un millón de personas pidiéndole
que se vaya mientras marchan por las principales calles de Caracas
y la industria petrolera paralizada hasta que se aleje del poder,
la sobrevivencia de Chávez se encuentra hoy en el sótano
de las apuestas.
Y, si a eso sumanos, el desabastecimiento de combustibles y alimentos
que comienza a golpear todo el país, además de la
suspensión de buena parte del comercio y casi todas las actividades
productivas, es poca la vida que le queda al mandato de Chávez
Los caminos
Al gobernante venezolano lo único que lo sostiene es la legalidad
y los pocos correligionarios que todavía le quedan a su lado.
Pero, una suerte de derecho a la rebelión del pueblo que
incluyó en la constitución política que él
mismo hizo, le pone, ahora, una soga en el cuello.
A Chávez sólo le queda dos caminos: negociar su partida
y el adelanto de las elecciones presidenciales o reprimir a sus
opositores.
Con esto último, lo único que sería provocar
un monstruoso bano de sangre y multiplicaría la furia de
los venezolanos contra su administración.
Los antichavistas se miran aquí tan agigantados, sólidos
y cohesionados que no dudarían en tomar el palacio de Miraflores
sin temor a las balas.
Chávez, sin embargo, está empeñado en tratar
de advertirle al mundo que en Venezuela no pasa nada.
Dice que lo que tiene al frente son terroristas o golpistas.
Pero, nadie con dos dedos de sensatez creería que el gobierno
tendría, al menos, una oportunidad, para retomar las riendas
de la normalidad, frente a las dimensiones del cerco que le han
tendido los empresarios, el sindicalismo y los políticos
emergentes.
La negociación
Si en este país no estuviese César Gaviria, secretario
general de la OEA (quien lleva un mes en Caracas), los venezolanos
hubiesen entrado, hace mucho tiempo, en mayores y más sangrientos
choques entre ellos.
Conocedores de ese hecho, es que varios países miembros de
la OEA pujan, en Washington, para que otros Cancilleres acompañen
a Gaviria en su tareas. La esperanza de que doce negociadores (seis
de la oposición y seis del gobierno) lleguen a un acuerdo,
constituye una de las pocas salidas sensatas que tiene Venezuela.
Todos los representantes trabajan junto a Gaviria. El gobierno insiste
a llamarle a eso mesa de diálogo aunque los opositores,
y el propio Gaviria, le cambian el apellido por el de negociación.
Los opositores quieren que Chávez se marche y se convoque
a elecciones. El gobierno ofreció un cronograma que los antichavistas
toman como una trampa que le permitirían prolongar la vida
a Chávez.
Aunque en las negociaciones no se han producido importantes avances,
como lo confiesa Gaviria, las conversaciones muestran los ribetes
kafkianos de Venezuela.
Las negociaciones las encabeza, en el lujoso hotel Meliá
de Caracas, el vicepresidente de Chávez, José Vicente
Rangel, un viejo activista del Partido Comunista, desde los años
sesenta.
A todos los sectores de la oposición los lidera, en las conversaciones,
Salvador Martín, el ex comandante general de la guerrilla
venezolana (también en los años sesenta), quien no
sólo renunció al marxismo, hace mucho tiempo, sino
que ahora es un constructor de proyectos de derecha.
Eso es Venezuela, dijo un analista a El Diario de Hoy: el
máximo jefe guerrillero pelea, pulgada a pulgada, en la mesa
de negociación, con uno de sus antiguos hombres que nunca
abandonó el Partido Comunista.
Aunque Martín nunca estuvo al lado de Chávez, al gobernante
venezolano no sólo lo han abandonado siete de cada diez de
sus seguidores, sino también más de 130 intelectuales
y líderes que, arrancaron, hace muchos años, su proyecto
de construir un socialismo a la venezolana.
Lo malo
Cuando se mira lo que acontece hoy en Venezuela, nace una pregunta
obligada: ¿qué fue lo que hizo mal Chávez para
derrumbarse en forma tan acelerada?
Chávez carga ahora un error de fondo: trató de construir,
en Venezuela, un modelo socialista económico, social y político
que no quieren los venezolanos.
Eso sí: cuanto dirigente opositores se consulte aquí,
reconocen que Chávez jamás les mintió. Siempre
dijo, con transparencia, lo que quería hacer pero nadie le
creyó, dijo Italo Luongo, uno de los más serios
y neutrales analistas que tiene Venezuela.
Lo demás lo puso Chávez: una infinita capacidad para
crear conflictos innecesarios. Cada acto lo transformó siempre
en confrontaciones con todos los sectores. Siempre buscó
pleito donde no debía: a los empresarios los satanizó;
al movimiento sindical lo intentó destruir; a los periodistas
y dueños de medios de comunicación los agredió
implacablemente. A los gobernadores y alcaldes los despreció
y chantajeó. En fin, pretendió gobernar Venezuela
como si fuera un cuartel. Nadie debe olvidar que de ahí viene:
de la milicia.
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