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La “polola” de Rodrigo

Rodrigo es un chileno a quien no conozco, pero sí les puedo decir que, aunque esté bien lejos, lo tiene de las meras mechas una cipota jalvadoreña, de El Salvador (medalla de ORO en fútbol), el país, no la polola, a quien tampoco conozco, pero que me la imagino.

Por Lito Montalvo
Nacional
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

Ilustración EDH

Tampoco les voy a contar una historia de amor, porque desconozco la forma en que se conocieron este par de tortolos.

Lo único que sé es que la preciosa (así la califica él, ya que el amor es bruto) guanaquita es de aquellas que no se acuesta sin cenar, y ya le echó el guante a Rodrigo, y por los vientos que soplan no se le escapará.

También desconozco si se conocieron por e-mail o en Cachemira, pero para atraerlo a tierras cuzcatlecas, Marcela, que así se llama la polola, ha utilizado como gancho a la reina de la comida típica: la pupusa. ¡Ah! De esto me he dado cuenta por una carta electrónica recibida esta semana desde Valparaíso, donde vive el enamorado de la pupusa.

Su primera táctica ha sido enviarle un recorte de mi nota de septiembre sobre las pupusas de Olocuilta. Rodrigo se ha emocionado tanto del manjar cotidiano de los salvadoreños, que la pupusa y su polola Marcela son los únicos motivos que hace que el chileno se transporte del hemisferio sur al hemisferio norte, a mas de 15 mil kilómetros de recorrido. “No me aguanto por llegar y darle la primera mordida”, dice Rodrigo en su e-mail, sólo que no especifica a quién, si es a Marcela, su polola, o a la pupusa, de que tanto le hace mención la polola de Rodrigo.

Marcela y la mamá de ella se han encargado de describirle lo que es una pupusa, con todos los rellenos —queso, chicharrón, frijoles, loroco—, que el pobre de Rodrigo ya está empupusado. No sé cómo ha hecho Marcela para explicarle a un chileno qué son los lorocos, pues tanto su apariencia como su sabor son difíciles de explicar, hasta que no se han saboreado. Pero no termina ahí la misiva de Rodrigo y su polola.

También cuenta que el churrasco chileno, que es el “matambre” de los chilenos y también argentinos, uruguayos y paraguayos, que no es otra cosa que una lamina de carne delgadita, como cortada con bisturí, tan delgada que da la impresión que se puede ver a través de la misma, a la que se le agrega aguacate, tomate y ají, metidos en un pan francés. Y se vende tanto, dice Rodrigo, que hasta el McDonald’s lo vende como producto gringo.


Para que no les ganen el mandado, recomienda el enamorado chileno, deberían patentarla, pues de lo contrario podría ocurrir que para echar pupusas se pagará una franquicia a los gringos. Y no sólo eso, sino exportarla y hacer una página Web sobre la pupusa, en especial de la pupusería la Paciencia de Olocuilta. Claro que desde tan lejos, Chile, Rodrigo el enamorado desconoce la trayectoria de la pupusa salvadoreña, que ha llegado hasta lugares inimaginables, como la congelada Alaska y la capital del imperio, Washington, donde a pocas cuadras del Capitolio hay una pupusería.

También hay que agregar que en la ciudad de Monterrey, México, la pupusa salvadoreña de Olocuilta ganó medalla de oro en las olimpiadas gastronómicas populares, pero no se publicó, porque los tacos y las tortas, que se llevaron la plata y el bronce, bloquearon la noticia. Pero como es algo tan popular y cotidiano y la tenemos a la mano y en casi cada esquina, no le hacemos mucho caso a la pupusa, sólo cuando el hambre aprieta y los bolsillos están vacíos.


Yo no sé, espero tener más información sobre este enamorado de la pupusa que nunca ha probado y que sólo se la imagina, pero si de verdad tiene buenas intenciones con Marcelita, creo que le podríamos hacer una fiesta de bienvenida en Olocuilta, precedida por el alcalde, que debe estar ganoso de hacerse campaña pupusera, mas ahora en vísperas de las elecciones, donde corre por la reelección y en las que las pupusas tendrán un rol importantísimo. Ahí lo vamos a apear (a Rodrigo, no al alcalde) de la autopista antes que llegue a San Salvador.

Y si viene a pedir la mano, además de saborear las pupusas, también le podríamos obsequiar un pastel de bodas hecho de pupusas, hacerle los tés de despedida a Marcela en La Paciencia y, como si esto fuera poco, me comprometo regalarle 200 pupusas congeladas, para que pase los primeros cien días de casado a pura pupusa.

Además, ya que habla de exportación, le mandamos una plancha a Chile para que comience, con Marcela y la suegra, un negocio de pupusería, cuyo nombre bien podría ser “Pupusería La polola”. ¡Ah!, para aquellos que no han caído, “polola” en Chile es el equivalente de novia.

Inserto: Una pupusa de Olocuilta será la responsable de la unión de un chileno y una guanaca.

 

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