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Remembranzas
La escuela de mi pueblo

Joaquín Cisneros*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Narro sucesos de 1927, que el tiempo ha vuelto grises por el paso de los años. Por ello, los sucesos que describo se me antojan tristes.

La escuela de mi pueblo estaba situada justamente en el centro de la ciudad, a unos cien metros al sur de la Alcaldía Municipal. El predio tenía una superficie ligeramente inclinada hacia el oriente y casi rectangular. En él estaba construida una casa, a base de la corriente de dos aguas que caían con rumbo poniente y oriente. El largo del ala oriental de la construcción era el doble del ancho de la ubicada al rumbo norte sur, debido a que ésta daba lugar a un corredor amplio, que desde luego miraba hacia el oriente.

Estoy narrando sucesos de 1927, que el tiempo ha vuelto grises por el paso de los años. Por ello, los objetos y sucesos que describo se me antojan tristes, pálidos y quejumbrosos pero, al fin, son recuerdos de un pasado, que ya es historia, ya casi con tintes de leyenda.

En la casa escuela que describo estaba instalada la torre del reloj de la ciudad, que a mi me parecía grande y de sonido muy grave. No estoy muy seguro de si ese mismo reloj fue el que más tarde se instaló en la remodelada Alcaldía; pero, de todas formas, ese antiguo artefacto era, sin duda alguna, el que inexorablemente contaba la edad del pueblo.

Vuelvo de nuevo con la torre del reloj, porque a mi edad infantil esa estructura de madera ya vencida por los años me causaba terror, tanto por la oscuridad como por las aves que la habitaban. Cuando los castigos a los alumnos eran severos, además del maltrato corporal, estos se complementaban con un encierro en la torre, y lo más doloroso era que, en algunas ocasiones, el cautiverio incluía la subida a la tambaleante escalera de madera e irregular, que ascendía hasta donde estaban unas enormes pesas que, según decían los mayores, activaban las descoloridas agujas negras del enorme reloj de carátula blanca, cuyo sonido se escuchaba a medio kilómetro a la redonda de la ciudad, que eran sin exagerar los linderos de la misma en aquella época de un ayer inolvidable.

El director de la escuela era el profesor Octavio Mejía, una persona bastante joven, blanca, barbada y un poco entrada en libras, muy exigente y enojada. No estoy seguro de si él estaba en el cargo cuando concluyó mi año lectivo, que era el Primer Grado. En 1931 a este mismo profesor lo encontré como director de la Escuela República de Chile, de la capital, donde a la sazón yo estudiaba el Quinto Grado, que no completé porque mis hermanos mayores así lo decidieron.

En aquella época, el director de la misma conformaba todo el personal docente de la escuela, pero sí se sabía que existía la posibilidad del nombramiento de un subdirector. Cuando concluyó el año escolar 1927, muchos de los compañeros que fuimos promovidos nos matriculamos en el Segundo Grado, y el mismo profesor, que era el director, atendía los dos grados. Era increíble cómo el maestro se multiplicaba para atenderlos, generalmente dejaba a los alumnos más grandes y repetidores para que le ayudaran en la disciplina y toma de las lecciones. Nunca supe cómo concluyó el año escolar 1928, porque a fines del mes de marzo de ese año, mis hermanos profesores me trasladaron a la capital.

La escuela de mi pueblo Santiago Nonualco, en la época de los sucesos que describo, tenía una escolaridad muy reducida, seguramente por el poco interés que tenían sus habitantes en las cosas educativas; eran muy pocos los padres de familia que se interesaban en la educación de sus hijos. A principios del año escolar, la Alcaldía designaba a su único policía municipal a la recluta escolar. Los sábados y domingos el “Pechito” Abraham, que era el gendarme municipal de mi época, se instalaba en la plaza pública, y previa captura, conducía a regañadientes a los pequeños y asustados niños del campo a la matrícula escolar. En esos días, el informal mercado municipal estaba ausente de niños.

Esas memorables fechas ya sólo representan un girón de la vida pueblerina, se las llevó el ayer, sin más huellas que estas cortas narraciones, que más parecen sacadas de la imaginación.


*Lic. en Contaduría Pública.

 

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