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Punto
de vista
CUANDO LA HIERBA SUFRE
Carlos Mayora Re*
E-mail: cmayora@istmania.com
Cuando
las personas que conforman la sociedad no cuentan, o cuando son
tomadas en consideración sólo a la hora de las vota-ciones,
muchas veces sólo para guardar las apariencias de la legitimidad
del poder, las cosas siempre se complican
En El Salvador hemos aprendido, después de haber sufrido en
carne propia las consecuencias de gobiernos autoritarios, la inconsciencia
de oligarcas ambiciosos, el oportunismo de marxistas con odios enconados
y los amargos años de una cruenta guerra civil; que la democracia
es -hoy por hoy-, el único sistema válido para dirimir
las controversias de manera pacífica y razonada en el seno
de las sociedades.
No digo que la guerra haya sido una solución adecuada, pues
una guerra se justifica sólo en muy pocos casos, sólo
me limito a describir lo que no se puede obviar: Hemos aprendido a
fuerza de sangre que debemos solucionar los problemas buscando salidas
no violentas y dialogando, cediendo y poniéndonos en el lugar
del otro a la hora de negociar.
Ya no caben en este país soluciones de ganar-perder, pues la
amarga experiencia ha mostrado que se convierten, a corto o a mediano
plazo, en situaciones de perder-perder. Con el diálogo se llega
a soluciones de ganar-ganar, en las que quizá ninguna de las
dos partes saca todo el provecho que esperaba, pero al final se alcanza
una posición que permite, al menos, dos posibilidades: por
un lado, después de haberse puesto de acuerdo en lo mínimo,
se sientan las bases para seguir dialogando en el futuro y, por otro,
se desentrampan situaciones de intransigencia que hacen que muchas
personas -casi siempre inocentes- sufran.
Ahora bien, para que los conflictos sociales se resuelvan en el marco
de la democracia, es imprescindible que los ciudadanos tengan posibilidades
reales de ser agentes políticos. Es decir, que quieran y puedan
ser protagonistas de la vida política en la comunidad en que
viven. De lo contrario, con el estandarte de la democracia, fácilmente
toman el poder los populismos o los regímenes totalitarios.
Y en ambos casos se crean facilidades para que la corrupción
-privada o gubernamental- campee a sus anchas.
Del primer caso, del populismo, actualmente sufren las amargas consecuencias
Venezuela y Guatemala, y habrá que esperar qué pasará
en el Brasil de Lula... Del segundo, de las democracias
manejadas (¿o usufructuadas?) por unos pocos, son ejemplo los
regímenes en los que el Estado hace demasiadas cosas por los
ciudadanos, pero sin los ciudadanos, que es el resultado y la consecuencia
de una especie de despotismo ilustrado, en el que el déspota
ya no es una persona o una aristocracia, como en tiempos pasados,
sino el omnipresente Estado, que sabe lo que conviene
a sus ciudadanos, y actúa en consecuencia.
La democracia es, en teoría, el gobierno de todos. Pero gobernar
exige siempre responsabilidad. Responsabilidad delegada en unos pocos
para que ejerzan las tareas de gobierno. Y aquí está
una de las claves del éxito o fracaso de una democracia: por
una parte, será un sistema eficaz en tanto los ciudadanos deleguen
la responsabilidad, pero no se despojen de ella, y por otra, mucho
de los resultados positivos que se alcancen dependerá de que
los ciudadanos sean capaces de ejercer esa responsabilidad, y no sólo
por medio del voto, sino también por medio de su participación
en la vida política como miembros de la llamada sociedad civil.
Cuando las personas que conforman la sociedad no cuentan, o cuando
son tomadas en consideración sólo a la hora de las votaciones,
muchas veces sólo para guardar las apariencias de la legitimidad
del poder, las cosas siempre se complican, principalmente porque los
políticos tienden a trabajar sólo para sus intereses
(económicos o de poder), y se olvidan de que están donde
están por voluntad popular, y de que deben dar cuenta de las
consecuencias de sus acciones.
Pero, tristemente, en la mayoría de casos, los culpables de
que los políticos pierdan de vista el mandato de los ciudadanos,
son los ciudadanos mismos: por falta de interés, por haber
renunciado a su responsabilidad o, peor aún, por ignorancia
o incapacidad de ser actores en el gran teatro de la política,
pues no comprenden cómo funciona el sistema y no exigen sus
derechos.
Sólo así se explica que -como en la situación
que tristemente atraviesa el sistema de salud en el país- en
las esferas del poder se lleven a cabo grandes batallas entre
el gobierno y la oposición con grave perjuicio -y aun ante
la indiferencia- de los ciudadanos. Pues quienes provocan esas situaciones
parecen estar más interesados en su provecho propio que en
el de los electores en general, y olvidan miopemente que, a la larga,
esa ganancia a corto plazo puede traerles consecuencias políticas
indeseadas a mediano y largo plazo.
No sin razón dice un proverbio africano que cuando los
elefantes luchan, la hierba sufre... Hasta que los elefantes
se dan cuenta de que en la pelea misma están pisoteando la
hierba que les sostiene.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario
de Hoy.
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