Turismo
 
Inicio del Sitio Sábado 14 de diciembre
 

 




CHAT
FOROS
CORREO
LA GUIA
CLASIFICADOS
EMPLEOS
TURISMO
ESPECIALES
EDICION MOVIL
ESCRIBANOS
CONOZCANOS


 
 

Punto de vista
CUANDO LA HIERBA SUFRE

Carlos Mayora Re*
E-mail: cmayora@istmania.com

Cuando las personas que conforman la sociedad no cuentan, o cuando son tomadas en consideración sólo a la hora de las vota-ciones, muchas veces sólo para guardar las apariencias de la legitimidad del poder, las cosas siempre se complican

En El Salvador hemos aprendido, después de haber sufrido en carne propia las consecuencias de gobiernos autoritarios, la inconsciencia de oligarcas ambiciosos, el oportunismo de marxistas con odios enconados y los amargos años de una cruenta guerra civil; que la democracia es -hoy por hoy-, el único sistema válido para dirimir las controversias de manera pacífica y razonada en el seno de las sociedades.

No digo que la guerra haya sido una solución adecuada, pues una guerra se justifica sólo en muy pocos casos, sólo me limito a describir lo que no se puede obviar: Hemos aprendido a fuerza de sangre que debemos solucionar los problemas buscando salidas no violentas y dialogando, cediendo y poniéndonos en el lugar del otro a la hora de negociar.
Ya no caben en este país soluciones de ganar-perder, pues la amarga experiencia ha mostrado que se convierten, a corto o a mediano plazo, en situaciones de perder-perder. Con el diálogo se llega a soluciones de ganar-ganar, en las que quizá ninguna de las dos partes saca todo el provecho que esperaba, pero al final se alcanza una posición que permite, al menos, dos posibilidades: por un lado, después de haberse puesto de acuerdo en lo mínimo, se sientan las bases para seguir dialogando en el futuro y, por otro, se desentrampan situaciones de intransigencia que hacen que muchas personas -casi siempre inocentes- sufran.

Ahora bien, para que los conflictos sociales se resuelvan en el marco de la democracia, es imprescindible que los ciudadanos tengan posibilidades reales de ser agentes políticos. Es decir, que quieran y puedan ser protagonistas de la vida política en la comunidad en que viven. De lo contrario, con el estandarte de la democracia, fácilmente toman el poder los populismos o los regímenes totalitarios. Y en ambos casos se crean facilidades para que la corrupción -privada o gubernamental- campee a sus anchas.

Del primer caso, del populismo, actualmente sufren las amargas consecuencias Venezuela y Guatemala, y habrá que esperar qué pasará en el Brasil de Lula... Del segundo, de las “democracias” manejadas (¿o usufructuadas?) por unos pocos, son ejemplo los regímenes en los que el Estado hace demasiadas cosas por los ciudadanos, pero sin los ciudadanos, que es el resultado y la consecuencia de una especie de despotismo ilustrado, en el que el déspota ya no es una persona o una aristocracia, como en tiempos pasados, sino el omnipresente Estado, que sabe lo que “conviene” a sus ciudadanos, y actúa en consecuencia.

La democracia es, en teoría, el gobierno de todos. Pero gobernar exige siempre responsabilidad. Responsabilidad delegada en unos pocos para que ejerzan las tareas de gobierno. Y aquí está una de las claves del éxito o fracaso de una democracia: por una parte, será un sistema eficaz en tanto los ciudadanos deleguen la responsabilidad, pero no se despojen de ella, y por otra, mucho de los resultados positivos que se alcancen dependerá de que los ciudadanos sean capaces de ejercer esa responsabilidad, y no sólo por medio del voto, sino también por medio de su participación en la vida política como miembros de la llamada sociedad civil.

Cuando las personas que conforman la sociedad no cuentan, o cuando son tomadas en consideración sólo a la hora de las votaciones, muchas veces sólo para guardar las apariencias de la legitimidad del poder, las cosas siempre se complican, principalmente porque los políticos tienden a trabajar sólo para sus intereses (económicos o de poder), y se olvidan de que están donde están por voluntad popular, y de que deben dar cuenta de las consecuencias de sus acciones.

Pero, tristemente, en la mayoría de casos, los culpables de que los políticos pierdan de vista el mandato de los ciudadanos, son los ciudadanos mismos: por falta de interés, por haber renunciado a su responsabilidad o, peor aún, por ignorancia o incapacidad de ser actores en el gran teatro de la política, pues no comprenden cómo funciona el sistema y no exigen sus derechos.

Sólo así se explica que -como en la situación que tristemente atraviesa el sistema de salud en el país- “en las esferas del poder” se lleven a cabo grandes batallas entre el gobierno y la oposición con grave perjuicio -y aun ante la indiferencia- de los ciudadanos. Pues quienes provocan esas situaciones parecen estar más interesados en su provecho propio que en el de los electores en general, y olvidan miopemente que, a la larga, esa ganancia a corto plazo puede traerles consecuencias políticas indeseadas a mediano y largo plazo.
No sin razón dice un proverbio africano que “cuando los elefantes luchan, la hierba sufre”... Hasta que los elefantes se dan cuenta de que en la pelea misma están pisoteando la hierba que les sostiene.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.


 

 

  HACIA ARRIBA


Derechos Reservados - El Diario de Hoy, El Salvador, C.A. - Aviso Legal