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Memorias
navideñas I
Contagiados
por ese imperecedero ambiente, muchos tenían que rebuscarse
para no quedar excluidos de un rito que cada vez ganaba más
adeptos: el del palito de Navidad.
Oscar Tenorio
Escenarios
El Diario de Hoy
escenarios@elsalvador.com
Contrario
a los tiempos actuales (en los que abundan y sobran los arreglos
navideños y arboles artificiales en cualquier centro comercial),
antes eran muy escasos. Y quien los lucía, era porque tenía
billetes.
Todos querían esos árboles de Navidad que salían
en la películas de los Estados Unidos, por supuesto. Esos
pinabetes que eran sacados de entre la nieve para colocarlos
en la sala de la casa, con sus estrellas y el infaltable Santaclosh.
Antes de que empezara diciembre, algunos salían a rebuscarse
en las fincas vecinas o terrenos baldíos, para encontrar
algún árbol que se se pareciera. Al final, la mayoría
regresaba con un palo de café, que era lo que
más se asemejaba a los pinos. En la actualidad, la práctica
continúa.
Inmediatamente, lo deshojaban y lo ponían a secar unos tres
días. Luego, algunos lo pintaban de color blanco, para dar
la sensación de que le había caído nieve. Incluso,
los más ingeniosos hacían una nieve criolla, al mezclar
harina, clara de huevo y otras sustancias. Aquello quedaba como
espuma para afeitar.
En el mercado, se compraban las chimbombas - que en
ese entonces eran de vidrio y se quebraban con suma facilidad- unos
tres colones de velo de ángel o de algodón
y unas tres tiras de gallardetes. Y las guías de luces no
eran tan sofisticadas como las de hoy, pues tenían unos focos
tan grandes que bien parecían chiles jalapeños, anaranjados,
rojos y verdes.
Y los que eran más pobres tan sólo se conformaban
con las raíces de un palo de guayaba o de otro
árbol, que también tenía bastantes ramificaciones.
Para darle colorido, le colocaban chicles moneda -esos
que venían recubiertos con papel brillante- que, por cierto,
no duraban mucho, pues, podía más el hambre y las
travesuras de los pequeños que el arreglo.
Colocado el palito de Navidad junto al Nacimiento
, el ambiente era más festivo, ya que venían los mejores
días del año: habría un poquito más
de dinero, les comprarían los estrenos para el
24 y el 31, habría cuetes y comerían
gallina con un montón de bolados -especies y
aceitunas- para esas fechas.
También vendrían de muy lejos, tíos, primos
y otros familiares que tan sólo se asomaban, precisamente,
sólo por esas épocas. Con la canción del burrito
sabanero, lo mejor estaba por venir.
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