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Sentido
común
AZULITO Y BLANCO
RICARDO RIVAS*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Hemos
cerrado, entonces, quince días de gritar a pulmón
partido ¡El Salvador!, ¡El Salvador!
El Salvador ¡pra, pra, pra!... El Salvador ¡pra,
pra, pra!.... Eran las 6:00 en punto de aquel domingo 24.
Los gritos apenas dejaban oír el ¡Apúrenseeee!
de mi hija mayor. Raudos y veloces, corríamos como podíamos
en medio de aquel mar de carros, que trataban de ingresar a El Polvorín.
¡Paco!... ¡Paco!... ¡Paco!..... Los
gritos se hacían más ensordecedores. Las taquillas
brillaban por su ausencia. Al chiquito de mis hijos se le aflojó
la vejiga y en la carrera se nos olvidó buscar los baños.
La barra seguía: El Salvador ¡pra, pra, pra!...
¡Suriano...Suriano...Suriano! . Mi mujer casi
se pasa llevando la taquilla, que no era más
que una triste mesa a medio pasillo. Finalmente, logramos entrar
a las graderías y aquel asunto era una locura. Paco Suriano
pegaba sus últimas pechadas. El chapín que venía
atrás braceaba como alma en pena. Una señora a punto
del paroxismo casi me deja tuerto con el asta de una bandera. Y
Suriano tocó, y tocó primero. Y El Polvorín
estalló. Por primera vez habíamos visto a un salvadoreño
ganar un oro en estos Juegos.
Luego vino lo de Eva María, lo de Jorge Jiménez, la
hombrada de Salmerón, el oro de Tirso y Luisa,
la plata y los bronces de Evelyn, hasta llegar al último
de los oros, el de la Selecta. ¡Ay! ese oro. Un oro que podrá
ser igual al resto de oros, pero que sabe distinto, pesa distinto,
perdura distinto. Porque fue éste un oro en fútbol
y contra México. ¡Qué gran oro es éste!
Mientras los salvadoreños celebran, los mexicanos tratan
de olvidar, se decía anoche la edición de CNN
deportes. Claro, lógico. Elemental.
Los Juegos han sido un éxito, ya antes de empezar lo eran.
Es más, sin jugar los salvadoreños ya teníamos
varias medallas prendidas al pecho. La primera se la habían
ganado Enrique Molins y los miles de colaboradores del COSSAL, al
empujar un evento como éste en un país tan complicado
como el nuestro. Molins podrá haber cometido errores habría
que ver quién no, pero él y su grupo han sabido
enseñarnos a todos lo que significa no aturrarle la cara
a nada ni a nadie, ni a los terremotos, ni a los huracanes, ni a
los que apostaron por el boicot de los Juegos dentro y fuera del
país.
Claro, Molins no estuvo solo. Francisco Flores, desde la presidencia,
le apoyó. Y Flores tampoco le arrugó la cara a nada.
Tampoco se la arrugaron los patrocinadores que desde siempre creyeron
en los Juegos. Patrocinadores como El Diario de Hoy, este
periódico nuestro que ha mostrado a propios y extraños
cómo se cubre un evento de esta magnitud.
Así, pues, afónicos, desvelados y más aficionados
a las yuquitas, chicharrones y demás chucherías gourmet,
hemos terminado, con mi mujer, mis hijos y los amigos de mis hijos,
estos quince días maravillosos. Increíbles quince
días en los que jamás olvidaremos lo que vimos y vivimos
en persona: la sonrisa de Eva María con todo ese peso encima.
El beso de los Jiménez luego de los oros de Jorge. El desastre
del básquetbol criollo. La última vuelta de Evelyn
en el Velódromo. El gane que no pudo ser contra México
en volibol. El que tampoco pudo ser contra Puerto Rico en béisbol.
El gol contra Haití. El primer gol de México. El primero
de El Salvador.
La parada del Manotas al mexicano Pérez. El primero
de Murgas para la Selección. Y el de Selvin, y el de Menjívar,
y el de Pacheco. Y el paralazo de Cacho. Y los gritos en el Cusca:
¡Campeones! ¡Oro! ¡Y contra México!
que ya todos aquí sabemos que es ese un oro que vale
por todo el oro del mundo.
Hemos cerrado, entonces, quince días de gritar a pulmón
partido ¡El Salvador!, ¡El Salvador!. Hemos
aprendido de otros deportes y de otros deportistas. Hemos, de nuevo,
reafirmado que este país no tiene vocación de mediocre.
Que somos los salvadoreños gente hecha para ganar y que,
si algunas veces no ganamos, es porque en ocasiones dejamos que
el egoísmo y la mezquindad se coman nuestros triunfos.
Como país, hemos hecho lo que hemos podido y lo hemos hecho
bien. Ya Puello, el de ODECABE, lo dijo: Diez de diez
gracias míster. Pero ahora nos toca a todos,
sobre todo al gobierno, preservar el legado de los Juegos: mantener
los escenarios y continuar apoyando a nuestros deportistas; con
entusiasmo, pero sobre todo con plata. Seguir, aun en medio de nuestras
diferencias, poniendo primero al país antes de cualquier
otra cosa y vistiéndonos todos de azulito y blanco. Sí,
azulito y blanco, que ahí todos vamos seguros.
¡Y que siga ese Pájaro Picón sonando!
*Cirujano dentista y columnista de El Diario de Hoy.
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