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La caída del Ceibón
Luis Lainez
El Diario de Hoy
escenarios@elsalvador.com
La
vida en este bosque era complicada. Los árboles no sólo
tenían que cuidarse de la mala orientación de sus
raíces, sino también de las zancadillas (valga la
comparación) que le propinaban sus propios compañeros
de bosque.
Es increíble, pero cierto. Había algunos que orientaban
sus ramas de modo tal que el afectado se quedaba sin luz solar.
Entonces se volvía pálido, sin muchas defensas y las
plagas de insectos se lo comían desde adentro.
Otros modificaban la composición química de sus hojas
para utilizarlas como verdaderas armas biológicas en contra
de sus congéneres.
Y eso era con los árboles grandes, porque había una
miríada de pequeños arbustos que crecían a
la sombra de ellos.
Lo particular de este bosque es que todos los árboles tenían
tonos rojizos. Desde el cobrizo pálido hasta el rojo encendido.
Los que tenían éste último eran los de temer.
Se creían dueños de la floresta y de más allá.
Tenían en la mira a una enorme ceiba, que fue trasplantada
para estar cerca de otros árboles menos rojizos que el resto
(por cierto, los rojo encendido habían expelido gases alucinantes
contra unos leñadores para que derribaran a estos herejes;
ahora sólo quedan astillas y arbustos que toman prestadas
las hojas caídas de los amos, una especie de reverencia).
Lo que nunca se imaginaron los rojos (que ya habían completado
una buena parte del proceso de petrificación) era que los
hombres de la comarca iban a conocer al bosque más por el
Ceibón que llegó a ser el trasplantado que por la
dureza del rojo.
Y eso nunca se lo perdonaron.
Los petrificados querían buscar la manera de deshacerse del
Ceibón y de la odiosa melodía del viento que silba
entre sus hojas. Así que dirigieron sus pétreas raíces
en contra de él.
Empezaron a cortarle el suministro de agua y la posibilidad de recibir
nutrientes, todo con suma paciencia y a lo largo de muchos años.
Un día de tantos, se escuchó el crujir del Ceibón.
Cayó con enorme estrépito. Los rojos petrificados
gozaban. No les importaba que ya nadie los visitaría, sino
que habían purificado al bosque. Ahora había unidad
y uniformidad.
Cuando llegaron los leñadores a sacar raja del árbol
caído, un misterioso aroma los embotó.
Antes de hacer pedazos al Ceibón se pusieron a arrancar cuanta
lila, tulipán y hortensia hallaron en las cercanías.
Los rojos petrificados se dieron por complacidos.
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