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Meditando
La inspiración de la Biblia

Edgar López Bertrand
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

No fue la voluntad del hombre lo que produjo este libro, y la verdad es que no hubiese podido lograrlo. El Espíritu Santo habló por boca de hombres que, literalmente, fueron “llevados” por el Mensajero Divino

Es indudable que uno de los aspectos más singulares de la Biblia es su afirmación en cuanto a su autoridad e inspiración. El conocimiento humano acertado en cuanto a Dios es producto, exclusivamente, del hecho de que Dios eligiese revelarse y diese al hombre la capacidad para entender dicha revelación con el auxilio del Espíritu Santo. Los hombres no pueden conocer al Padre sin conocer al Hijo, y no pueden conocer al Hijo sin el conocimiento que de Él imparte la Biblia. Todos los hombres tienen una fuente última de autoridad, consciente o inconscientemente, y la autoridad de la Iglesia Cristiana es la Biblia.

El testimonio interno de la Biblia en cuanto a su autoridad y paternidad divina es inconfundible. La Biblia sostiene en muchas partes que es inerrante, es decir, que no tiene errores, y se estima en forma conservadora que hay, sólo en el Antiguo Testamento, 2.500 afirmaciones sobre la inspiración divina.

Si bien Dios empleó autores humanos en la transmisión de la información salvífica, el verdadero autor es Dios, quien, mediante la agencia del Espíritu Santo, inspiró a los hombres para que escribiesen los libros de la Biblia.

Segunda de Pedro 1.21 nos advierte tocante al origen divino de las Escrituras: “Porque jamás fue traída la profecía por voluntad humana; al contrario, los hombres hablaron de parte de Dios, siendo inspirados por el Espíritu Santo”. La palabra traducida “inspirar” es un término que puede traducirse como “llevar” o “llevar alzado”.
No fue la voluntad del hombre lo que produjo este libro, y la verdad es que no hubiese podido lograrlo. El Espíritu Santo habló por boca de hombres que, literalmente, fueron “llevados” por el Mensajero Divino. Todavía más: Pedro afirma, en el mismo capítulo, que esta palabra de profecía es más segura que lo que Él experimentó en el monte santo cuando Jesús se transfiguró ante sus ojos.

Este apóstol-pescador no podía dudar jamás de lo que había visto, como tampoco podía cuestionar lo que sus oídos oyeron cuando la voz del cielo le exigió que prestase atención a Jesús. Pero más seguro que lo que vio y oyó fue la revelación de Dios provista en las Escrituras.

Para el creyente nacido de nuevo, el testimonio de Jesucristo ofrece apoyo incuestionable acerca de la naturaleza y la autoridad de la Biblia. Jesús confía plenamente en las Escrituras. Contesta las insinuaciones del tentador citando pasajes relativamente oscuros del Antiguo Testamento, y revela que no los considera expresiones existenciales o experimentales de hombres que testifican sobre sus propios encuentros de fe, sino como las palabras intachables de Dios, su Padre.

Más aún, Jesús habló de sí mismo como el cumplimiento de la profecía del Antiguo Testamento (Lucas 24:25-27,44). Hace referencia a pequeñas particularidades de los textos del Antiguo Testamento al refutar a sus críticos, y sostiene que hasta la letra más pequeña del alfabeto hebreo tiene importancia (Mt. 5:18). El ministerio del Señor recalca y ejemplifica su conformidad con las Escrituras, y es el Señor quien afirma que “la Escritura no puede ser anulada” (San Juan 10:35).

Jesús citó como autorizados algunos de los pasajes del Antiguo Testamento más frecuentemente puestos en tela de juicio por críticos modernos. Por ejemplo, Génesis 1:27 y 2:24. El Señor consideraba que Noé y el diluvio y la experiencia de Jonás con el gran pez eran sucesos históricos. Aceptó el Pentateuco como obra de Moisés, a la vez que como plenamente autorizado, y también reconoció a Isaías como el autor de la totalidad del libro que lleva el nombre de dicho profeta.

Los que procuran refutar la actitud del Señor hacia las Escrituras se ven obligados a sostener que era ignorante como consecuencia de la encarnación, hasta el punto de que aceptaba las concepciones erróneas de su propia cultura, o a postular que se acomodó conscientemente a los prejuicios de sus contemporáneos con el fin de no perturbarles excesivamente. Por supuesto, ambos puntos de vista resultan totalmente inaceptables.

El primero envuelve una cristología herética, y el segundo contradice las acciones de Cristo cuando disipó ideas erróneas en otras ocasiones. Además, ambos puntos de vista resultan antitéticos con relación a todo lo que se revela tocante a la personalidad de Cristo en otras partes de la Escritura.

Se ha hecho referencia al carácter inerrante y autorizado de los escritos del Antiguo Testamento pero, ¿qué diremos del Nuevo Testamento? ¿Qué pruebas hay en cuanto a su inspiración y autoridad? El propio Señor Jesús se anticipó a autenticar la revelación del Nuevo Testamento cuando prometió que el Espíritu Santo guiaría a los apóstoles “a toda la verdad” (Juan 16:13) y que auxiliaría sobrenaturalmente la memoria de ellos con respecto a los acontecimientos y las enseñanzas que les había ordenado registrar. La Biblia es el libro más cuestionado en el mundo, pero el más leído de todos.
*Pastor.

 

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