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La columna nacional
El hombre que se convirtió en lobo

Roberto López-Geissmann*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Me di la vuelta, y sin pensarlo, me transformé, es decir, el pelo, la postura, los movimientos y los gruñidos profundos

Lo que sigue a continuación, además de ser un giro “vacacional” ante tanto análisis de nuestra sufrida realidad, no es en absoluto un producto de la fantasía, sino un relato de primera mano de hechos que ocurrieron, según el propio sujeto -a quien pondré a narrarlos en primera persona-, quien siendo de mi generación y conocido de toda la vida, le respeto como veraz y exacto. El espacio me impide especular mayormente sobre las explicaciones pero invito al lector a procurarlas por sí mismo.

1a. Transformación: Una mañana soleada de mediados de los años 60, en la colonia Flor Blanca. Con uno de mis mejores amigos y un motorista, estábamos por subir a la parte trasera de un pick up al perro de aquél -un media sangre de pastor alemán, casi albino, de buen tamaño—. Yo conocía al animal desde hace bastante y teníamos excelentes relaciones —me refiero al perro, claro- por lo que jamás supuse lo que de pronto ocurrió. Mi amigo se encontraba en “la cama” del vehículo, halando a la bestia, y todo iba bien, cuando el motorista, queriendo ayudar, lo tomó por las patas traseras y lo levantó, lo que hizo que el animal se revolviera furioso —como nunca lo había visto- y dado que me encontraba detrás de él, a un lado del que ocasionó el percance, el perro se abalanzó sobre mí “pelándome los dientes” de la acostumbrada y horrible forma que lo hacen previo a un ataque.

En cosa de segundos y sin previo aviso ocurrió la transformación de mi persona. Lo primero es que vi todo de inmediato a través de un velo rosado, como si tuviera lentes coloreados; todo se me presentaba como en cámara parcialmente lenta, es decir, los movimientos del animal y todo lo que me rodeaba lo notaba un poco más lento que lo normal, y en tercer lugar me volví dos: uno era el ser que se enfrentaba con el can y otro era una especie de entidad pensante que analizaba y hasta se divertía con lo que estaba ocurriendo, viendo todo desde afuera como si estuviera en el cine. Ya exteriormente lo que el motorista, mi amigo (según narraron), y yo mismo vimos, fue lo siguiente: el cabello se me puso totalmente parado, como si fuera peinado punk; mi rostro se torció en una mueca de furia, retrayendo mis dientes hasta las encías y chasqueando las mandíbulas a una velocidad imposible de realizar normalmente; mi posición era bien agachado y mis manos puestas al frente en forma de garras. Me moví desmesuradamente veloz, pegando saltos y lanzando manadas al perro, un par de ellas lo golpearon con fuerza y, aunque él atacaba, no logró hacerme ni un rasguño, aunque puede ser más impresionante que de mi boca salían gruñidos propios de mi contendor, quien a los pocos segundos en que se dio tal increíble demostración, salió huyendo con el rabo entre las patas.

2a. Transformación: Pocos años después, en Francia -tenía yo 24 años-- durante un zafarrancho callejero entre jóvenes universitarios de signos políticos contrarios, en un momento dado nos encontramos -con un joven menudito y de lentes- aislados del grueso de la contienda y ante una media docena de furiosos con garrote; mi camarada subió tres gradas de una casa particular y golpeó desesperadamente la puerta sin resultados, yo les hice frente y avanzaron resueltamente, entonces... Ocurrió el mismo fenómeno descrito. De un brinco descomunal caí entre ellos y de un “zarpazo” aventé al más cercano lejos, fue breve todo, repartí muy pocos golpes -entre fuertes gruñidos, según me dijo asustadísimo el pobre chico de lentes- y luego todos huyeron corriendo; yo sin herida alguna.

3a. Transformación: En México D.F., a mis 30 años, de noche, y en ocasión de buscar acortar rutas para llegar más rápido a la Av. Reforma, me introduje imprudentemente en un sombrío callejón, iba solo. A la mitad del camino me di cuenta de que dos tipos me perseguían a paso rápido y, cuando me apresuré me salieron otros dos del lado de Reforma (que luego caí en la cuenta de que no tenían nada que ver con los otros, pero en el momento creí que estaban juntos). Me di la vuelta, y sin pensarlo, me transformé, es decir, el pelo, la postura, los movimientos y los gruñidos profundos. En este caso no hubo contacto alguno, los supuestos ladrones corrieron como locos y, cuando me volví hacia los otros, dándome cuenta de que no me “bloqueaban el paso”, sino que conversaban entre ellos de espaldas a mí (como a diez metros), de inmediato —en un segundo—, recuperé mi normalidad y seguí adelante.
¿Posesión, regresión ancestral, juego de casualidades, desequilibrio sicológico? Usted decida...
* Lic. en Ciencias Políticas


 

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