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Una
mirada de fe
Brille
para ellos la luz eterna
Oscar Rodríguez Blanco, s,
d, b*.
El Diario de Hoy
osrobla@hotmail.com
Desde
los primeros tiempos, la Iglesia Católica ha honrado la memoria
de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular
el sacrifi-cio eucarístico.
El primero de noviembre celebramos la fiesta de Todos los Santos.
Echamos una mirada al cielo para contemplar, como dice San Juan,
a esa inmensa muchedumbre que nadie puede contar, los inscritos
en el libro de la vida, que proceden de toda nación,
pueblo y lengua y que, con túnicas blancas y palmas en las
manos, alaban para siempre al cordero sin mancha. Sólo Dios
es santo, pero nos ha querido comunicar Su vida, Su santidad y por
eso decimos que es la fiesta eterna de todos nuestros familiares,
amigos y conocidos que, habiendo muerto en amistad con Dios, gozan
para siempre contemplando su rostro.
Ayer, sábado, elevamos nuestro pensamiento y oración
para recordar a todos los difuntos que duermen el sueño de
la paz. Ellos nos recuerdan que somos peregrinos en camino hacia
un destino eterno y desconocido. La muerte, muchas veces nos toca
de cerca, nos llena de dolor y de miedo, porque vemos partir a nuestros
familiares y amigos, con los que hemos compartido alegrías
y tristezas, triunfos y fracasos. Frente al dolor, nos sostiene
la fe y la esperanza de que la muerte no es el final de todo, sino
el inicio de un todo que es paz y felicidad.
La pascua de Cristo, en su victoria sobre el mal y la muerte, nos
hace mirar esta realidad con la alegre esperanza de una eternidad
feliz. Cristo, al morir su amigo Lázaro, dijo a Marta: Yo
soy la resurrección y la vida... el que cree en mí,
aunque haya muerto, vivirá, y el que vive y cree en mí,
vivirá para siempre. Nos encontraremos con Dios, no
sabemos cuándo, ni dónde, ni cómo. Cada uno
llevará a su presencia su propia historia, sus buenas o malas
obras, será un encuentro definitivo, sin retorno, donde se
marcará para siempre el destino eterno. La liturgia de difuntos
lo expresa diciendo: La vida de los que en ti creemos, Señor,
no termina, se transforma, y al deshacerse nuestra morada terrenal,
adquirimos una mansión eterna en el cielo.
Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de
los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular
el sacrificio eucarístico. Esta práctica es sumamente
antigua, ya en el libro de los Macabeos, leemos: Judas Macabeo
recogió entre sus hombres dos mil monedas de plata, y las
envió al templo de Jerusalén para que ofrecieran sacrificios
por los muertos, para que fueran liberados de sus pecados y ésta
fue una obra muy sana y muy noble (2 Mac.12.43).
Cuenta el gran San Agustín de Hipona que su madre, Santa
Mónica, lo único que le pidió al morir fue
esto: No se olviden de ofrecer oraciones por mi alma.
Entre nosotros existe la buena costumbre de ir a los cementerios
y enflorar las tumbas de los que han muerto. Es un deber de gratitud
y fraternidad, es un recuerdo cariñoso para aquellos que
han compartido nuestra fe, nuestras alegrías y tristezas,
triunfos y fracasos, pero no podemos quedarnos sólo con este
hermoso gesto. Hay que orar por ellos, pues, como dice San Agustín,
una flor sobre su tumba se marchita, una lágrima sobre
su recuerdo se evapora. Una oración por su alma, la recibe
Dios.
El Día de Difuntos es una ocasión propicia para reflexionar
en la vida eterna a la que cada uno hemos sido invitados. Los grandes
profetas de Israel y el apóstol San Juan nos expresan con
bellas metáforas cómo ha de ser para nosotros la eternidad
con Dios. Nos hablan del cielo como algo que no podemos imaginarnos
ni explicar. El cielo está donde está Dios, la vieja
tierra, en donde hemos habitado pasará, y se convertirá
en una nueva tierra en donde brotarán manantiales en el desierto,
una tierra en la que los árboles darán abundantes
frutos, un mundo en el que ningún ser vivo será una
amenaza para los demás, en donde el cordero y el lobo convivirán
fraternalmente. Un lugar en donde ya no habrá llanto ni dolor
alguno, ni muerte ni soledad, ni opresión alguna. Vivir con
Dios será estar siempre en fiesta contemplando su rostro.
Conmemorar a los difuntos es una buena invitación para que
vivamos con alegre esperanza el presente, que nos proyecta hacia
el futuro y nos hace exclamar con la iglesia: Espero la resurrección
de los muertos y la vida del mundo futuro.
* Párroco de la iglesia de
María Auxiliadora (Don Rúa)
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