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El Salvador en perspectiva
Las turbas, el populismo, el comunismo y la democracia

Mario Rosenthal*
El Diario de Hoy
mrelsalv@navegante.com.sv

En una democracia representativa, la Cons-titución regula la vida y es el último recurso.

Creemos que el apoyo que tiene el FMLN está en vías de desaparecer por su absoluto fracaso de no haber logrado el más mínimo aporte a las necesidades del pueblo y, al contrario, en muchas ocasiones los ha multiplicado. Es incomprensible que haya sobrevivido como partido hasta hoy, en vista de su caos interno, sus antecedentes violentos, mezquindades, abusos como legisladores y acusaciones de corrupción al dirigir gobiernos municipales, cobros rebuscados u otras fallas en perjuicio de la ciudadanía.

El apoyo fraccionado que tiene se debe a que, de alguna manera, muchos salvadoreños tienen resentimientos contra los gobiernos —no usaremos las palabras modificativas “de turno” hasta después de las próximas elecciones presidenciales—, y dan su apoyo al FMLN como voto en contra del gobierno. Abundan las motivaciones, los elementos de juicio y las razones que frustran y enojan al ciudadano en sus tratos con oficinas públicas, que le hacen creer que tienen razón en hechos y manifestaciones que a todas luces son ilegales y antidemocráticas, y justifican hasta recurrir a la violencia si el asunto es suficientemente serio, para alegar que las autoridades son represivas y no dejan otra alternativa.

Las clases bajas culpan al gobierno por los descuidos y abusos en materia de administraciones municipales, salud, educación, utilidades, indemnizaciones y servicios públicos, mientras que la clase media resiente el tráfico de influencias, partidismo, nepotismo, interpretación de leyes parcializados, disposiciones administrativas, nombramientos y fallos judiciales que han afectado hasta los negocios más grandes.
Los salvadoreños ricos y pobres, empresarios y obreros, comparten resentimientos político-sociales que les impulsan a adherirse a movimientos antidemocráticos, y algunas veces los inducen a participar en actos y manifestaciones ilegales que ventilan sus demandas en las calles, en vez de usar las urnas o los tribunales correspondientes, como se debe.

La realidad es que El Salvador nunca ha tenido un verdadero gobierno reformista. Esto pasa en todo el mundo, pero los salvadoreños tienen una característica que no es muy común, o sea que los salvadoreños nunca aceptan el “no”.

Algunas veces es loable y positiva y se traduce en la cualidad de nunca darse por vencido por grandes que sean las condiciones en su contra. Pero si los fines no son muy loables y perjudican a la mayoría, la característica se traduce en un mal para la sociedad en general. Esto se hace muy notorio cuando una ley o disposición oficial va en contra de los intereses de un gremio, pero favorece a los habitantes en general.
¿En resumidas cuentas qué representa este “no”? En el fondo es el repudio al estado de Derecho que regula todas las operaciones de la sociedad; es un rechazo a la disciplina que se requiere de todos los ciudadanos y, sobre todo, es el desprecio a la ley. En una democracia representativa, la Constitución regula la vida y es el último recurso y debería ser inapelable, salvo por las vías legales, que no incluyen el clamor de una turba ni las contradicciones que suscita el populismo.

El caso más notorio ocurrido en estos días ha sido la oposición terca y obstinada de los empresarios de servicios de transporte público en contra de los esfuerzos de las autoridades de tránsito de mejorar el sistema y a la vez reducir la contaminación ambiental, que causa las enfermedades más frecuentes en el país: las respiratorias. Es notoria la oposición en forma de manifestaciones e interrupciones del tráfico, sin hablar de la gritería en los medios que el gremio ha utilizado en contra del retiro de vehículos antiguos, el control de emisiones y el cambio de rutas.

Otro caso de repudio al estado de Derecho es la huelga de los médicos que ha paralizado los servicios del Seguro Social y ha comenzado a afectar los servicios de los hospitales nacionales. Esto no sólo va contra los reglamentos que prohíben huelgas en instituciones del gobierno, sino que revela la poca humanidad que tienen los galenos, que presumen de pertenecer a un gremio noble.


*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.

 

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