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Nueve días a la deriva
La Unión. La fe en Dios y su ingenio les valió para
sobrevivir una semana mar afuera, sin agua y comida
Rosa Fuentes
El Diario de Hoy
elpais@elsalvador.com
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Carlos Antonio Reyes de 47 años de
edad con 34 años de dedicarce a la pesca naufragó
por 9 días en las profundas aguas
Foto ROSA FUENTES |
Llegaron a Conchagua cerca del mediodía. Lucían terribles.
Deshidratados, débiles y con sus pieles llagadas, marcadas
por los fuertes rayos de sol que les torturaron durante nueve días.
Carlos Antonio y José Nelson Reyes imaginaron que morirían
y no volverían a reunirse con su familia. Pero están
vivos y de vuelta en casa, milagros que atribuyen a Dios Todopoderoso.
Ambos pescadores fueron víctimas de los vientos y el frío
que azotaron al país, hace dos semanas.
Acostados en hamacas y débiles aún, volvieron con
sus memorias a la tarde del domingo 17 de noviembre, el día
que nunca debieron salir de casa.
Eran las cuatro de la tarde, cuando se embarcaron en busca de pescado.
Antes de subir a la pequeña lancha, Nelson expresó
a Carlos que algo estaba mal. Presentía algo
malo.
Aún así, iniciaron la marcha mar afuera. Los vientos
habían disminuido y la necesidad les impulsaba a arriesgarse
en busca del sustento diario.
Una hora transcurrió antes de que el motor fallara. Un fuerte
ruido y las chispas que arrojó fuero señales de mal
agüero. Tres intentos bastaron para cerciorarse de que nada
podían hacer. Los acompañaban una ración de
alimentos y agua.
A la medianoche, el agua rodeaba la barca y se unía al cielo
en el horizonte. Carlos, con 34 años de experiencia como
pescador, dominó la situación y mantuvo la calma entre
ambos. Su esperanza eran las grandes embarcaciones que se dedican
a pescar camarón y tiburones.
El viento los llevó hasta el sector que conocen como zona
roja, aguas infestadas de tiburones. La fuerza del norte
movía la lancha, el agua anegaba la embarcación.
Carlos y Nelson ocuparon su tiempo en evitar un naufragio. Tres
grandes barcos pasaron cerca de ellos. Golpeaban la lancha con la
pichinga para llamar su atención, pero sólo
los iluminaban y seguían su marcha. Ellos creen que el miedo
a los piratas los alejó.
Al siguiente día, optaron por tirar el trasmayo para evitar
que el viento los siguiera empujando. Tres días, el invento
funcionó y luego cedió a la fuerza del agua y se rompió.
Carlos optó por lanzarse al agua de cuando en vez, para hacer
contrapeso. Un ancla, reforzó sus intenciones.
Combatieron el hambre con pequeños peces y chimbolos que
aliñaban con un cuchillo. Antes de comerlos,
los ponían al sol.
La sed la saciaron con agua salada que les provocó diarreas.
El séptimo día, Nelson perdió el control y
trató de suicidarse. Carlos lo tranquilizó y le recordó
que sólo Dios puede quitar la vida.
Desde el segundo día, los pescadores entregaron su destino
al Creador y oraron por ellos y sus familias, dos veces diarias
las nueve jornadas.
El día ocho las fuerzas de Carlos y su joven cuñado
se iban desvaneciendo. La debilidad y los estragos del sol los vencieron.
Tal era su estado que no sintieron cuando los tripulantes del barco
tiburonero guatemalteco los rescató. Carlos recuerda que
trató de convencerlos de salvar su lancha, pero fue imposible.
Los marineros los llevaron al hospital de Escuintla, donde los rehidrataron.
Allí narraron, a grandes rasgos, su desgracia. Los médicos
contactaron con la Fuerza Naval de El Salvador, de donde se comunicaron
con la familia Reyes.
El miércoles, los parientes de los pescadores llegaron hasta
Guatemala y decidieron regresar junto a ellos. Los médicos
guatemaltecos se oponían, pero nuestros compatriotas presionaron
y trajeron a los pacientes.
El alcalde de La Unión, Mario Osorto, visitó a los
pescadores y les prometió asistencia médica para hoy.
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