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Desde
Washington
BUSH BUSCA COOPERACIÓN
DE L.A. CONTRA TERRORISMO
Marcela Sánchez
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Washington intentó mostrar la semana pasada su rostro más
amable, nada más y nada menos, que en el marco de dos eventos
internacionales de seguridad. En Praga, para la reunión de
la Organización del Tratado de Atlántico Norte, el
presidente Bush aseguró que contrario a su imagen de un texano
que prefiere andar con un arma en cada mano, es en realidad un líder
que se siente más cómodo trabajando en equipo.
En Santiago, Donald H. Rumsfeld, Secretario de Defensa, famoso por
sus actitudes decididas, aseguró que no llegaba a imponer
ideas a los otros 33 ministros de Defensa del hemisferio reunidos
por primera vez después del 11 de septiembre de 2001, sino
a discutirlas. Su viaje a Chile retrasó su arribo a Praga,
y eso, por sí solo, fue una buena señal para los latinoamericanos,
persistentemente preocupados porque la atención de Estados
Unidos se ha enfocado en otros lugares.
Con todo y esos positivos gestos, el hecho es que Estados Unidos
tiene una nueva gran prioridad: construir una red de seguridad capaz
de vencer al terrorismo internacional, el archienemigo del nuevo
milenio. Pero para América Latina, desafortunadamente, esa
estructura tendrá que ser construida sobre bases que han
sufrido fisuras tan serias que no se reparan con simples gestos
de buena voluntad.
Por años, la seguridad hemisférica ha sido un concepto
esquivo. Razones de respeto mutuo a la soberanía
eran realmente eufemismos que ocultaban una desconfianza mutua.
La cooperación militar se manchó de abusos.
La seguridad interior invitó a la intromisión
militar que pisoteó la democracia y causó que miles
resultaran desaparecidos. Todo eso es cosa del pasado,
o al menos es lo que muchos esperan.
Entre ellos se encuentran funcionarios de Washington que quieren
convertir el sólido apoyo ofrecido por la mayoría
de líderes de Latinoamérica, tras los ataques del
11 de septiembre, en alguna forma de cooperación militar
concreta. Pero ¿cómo? Rumsfeld ofreció tres
ideas en
Santiago, cada una con ciertas desventajas.
Propuso operativos marítimos combinados que podrían
extender la cooperación naval a las guardias costeras, agentes
de aduana y fuerzas policiales. Pero sería difícil
de aceptar para algunos países como Chile, donde no se emplean
las fuerzas militares para actividades policiales tradicionales
desde el régimen de Pinochet.
Abogó por la creación de fuerzas regionales para operaciones
de paz que podrían unir fuerzas y acudir a lugares en conflicto
alrededor del mundo. Argentina ha apoyado dichos esfuerzos y continúa
haciéndolo, incluso en medio de sus actuales dificultades
financieras. Pero algunos temen que a dicha fuerza se le termine
solicitando asistir a la convulsionada Colombia, algo que, según
enfatizó posteriormente un funcionario del Pentágono,
no está siendo considerado.
Rumsfeld exhortó también a todos los gobiernos regionales
a impedir con mayor vigor que áreas no gobernadas
de sus países se conviertan en refugios para terroristas,
narcotraficantes, secuestradores y traficantes de armas. Pero para
algunos ese argumento, en la medida que represente el empleo de
fuerzas militares más poderosas, hace reaparecer al fantasma
de la seguridad interior de pesadillas pasadas.
Pero Washington envió precisamente otras señales la
semana pasada, que deberían debilitar esa idea de deja
vu. Anunció el retiro de ayuda a una unidad de la Fuerza
Aérea Colombiana implicada en violaciones de derechos humanos,
y revocó la visa a Estados Unidos de un ex director colombiano
de inteligencia naval sospechoso, de tiempo atrás, de tener
vínculos con el narcotráfico y con abusos en derechos
humanos.
No obstante, muchos activistas de derechos humanos de esta capital
temen que, en respuesta al llamado de reprimir nuevos enemigos potenciales
dentro de territorios nacionales, líderes militares puedan
encontrar incentivos como lo hicieron cuando se les llamó
a luchar contra la amenaza comunista, para desestabilizar
la democracia una vez más.
Sin embargo, un optimista funcionario de alto nivel en el Pentágono
pareció dispuesto a empeñar el futuro en lo que ve
como un cambio generacional en las fuerzas armadas de Latinoamérica,
que, con sólo algunas excepciones, tienen una gran
deferencia hacia el poder civil y son extremadamente reacios
a alterar el orden democrático.
Tal vez tenga razón. Pero la sucesión sin precedentes
de gobiernos constitucionalmente electos en la región no
significa que las fuerzas autoritarias hayan desaparecido. En cambio,
podrían sencillamente estar esperando el momento oportuno
para resurgir, dijo Santiago Cantón, de la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos.
Los gobiernos regionales pueden ayudar a combatir el terrorismo,
y sus fuerzas armadas pueden apoyar esos esfuerzos. Debiera ser
del propio interés de los militares afianzar los progresos
ya alcanzados en la región en años recientes, en vez
de permitir un retroceso, dijo.
Años de gobiernos elegidos democráticamente son la
fuente de confianza que faltó en el pasado.
Además debieran proporcionar las mejores razones para avanzar
en la cooperación de seguridad hemisférica, a condición
de que se haga con extrema cautela.
*Columnista del Washington Post.
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