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25 años: no más guerra, no más derramamientode sangre

YOSEF LIVNÉ*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

El 19 de noviembre de 2002 marca un cuarto de siglo de la histórica visita del presidente Awnar Sadat, de Egipto, a Israel, que seguramente ocupa un lugar destacado en el corazón y en el calendario de cada uno que se autodefina como amante de la paz.

En lo personal, quiero compartir con el pueblo salvadoreño los pensamientos de alguien que tuvo la dicha de estar involucrado (aunque en forma modesta) en el desarrollo de aquel episodio tan trascendental en la historia del Medio Oriente.

Hay tanto que decir: Los recuerdos al ver al presidente Sadat cuando sale de su avión, escenas de la más elaborada de las bienvenidas jamás realizadas por el protocolo de la cancillería israelí. Finalmente, el sonido cada vez más fuerte de los latidos de un corazón colectivo de toda una nación, ante la perspectiva de un cambio en los destinos de nuestra región.

Quise describir el impacto del compromiso asumido por ambos visionarios de la paz, el presidente Sadat y el primer ministro Begin, de nunca más acudir a la guerra. Procuré dibujar la sensación y el significado de esa memorable visita para nosotros, los israelíes.

En realidad empecé, pero, trágicamente, el lienzo que iba a ser dedicado al cuadro de la paz resultó manchado por la sangre derramada por tres ataques terroristas que cobraron la vida de decenas de israelíes.
En un espacio de menos de diez días, casi 30 israelíes, hombres, mujeres, bebés, estudiantes, madres con sus hijos, abuelos con sus nietos, fueron sacrificados en el altar del odio infernal, producto de mentes trastornadas.
Los asesinos dejaron en evidencia que todas las declaraciones por parte de diferentes personeros palestinos no eran, sino palabras vacías. Los tres ataques demuestran claramente que todos aquellos que hablaron sobre la suspensión del terrorismo dentro de Israel manifestaron, en el mejor de los casos, sus pensamientos y, en el peor de los casos, exteriorizaron una engañosa hipocresía.

Los cinco muertos en un kibutz, las once personas muertas, oriundas de una de las comunidades más humildes en Jerusalén, demuestran claramente la terrible magnitud de la mentira. Los asesinos no distinguen entre derecha o izquierda, entre ricos o pobres, religiosos o seculares.

El ataque en Hebron fue dirigido contra feligreses judíos que regresaban de servicios del Shabat. Los que murieron en el kibutz eran agricultores dedicados a buscar mejores entendimientos entre israelíes y palestinos. Los que perdieron sus vidas hoy eran apenas gente trabajadora y estudiantes camino a sus escuelas y lugares de trabajo.

Las últimas declaraciones palestinas no son sino una cortina de humo que pretende ocultar la responsabilidad de la autoridad palestina por el continuo terrorismo. Los que conocen la realidad no pueden, sino rechazar en forma vigorosa estas declaraciones.

Israel se encuentra bajo un ataque constante de terror. Diariamente las fuerzas de defensa de Israel luchan contra la hiedra del terrorismo. En la mayoría de los casos, logran desmantelar y desarticular los atentados, pero trágicamente no a todos. El hecho de que la realidad no es peor es el resultado de los esfuerzos israelíes y no gracias a una política palestina.

Ningún país puede quedarse con las manos cruzadas cuando su población civil se transforma en un blanco de constantes ataques de terror. Israel no es diferente.

Ante el triste panorama de los últimos diez días, seguramente hay quienes preguntan si la visita de Sadat y su feliz conclusión en la forma de un acuerdo de paz entre Egipto e Israel no fue, sino un episodio aislado.
Los israelíes, ni queremos ni pretendemos desechar nuestra visión de paz. Para nosotros, la visión de un Medio Oriente caracterizado por la coexistencia pacífica, sigue siendo un objetivo y una meta nacional.
Mientras guardamos luto por las víctimas del terror, nos comprometemos a luchar incansablemente contra sus autores morales, intelectuales y materiales.

Israel no es enemigo del pueblo palestino. Aun en este momento, entre los dolores y las lágrimas, seguimos guardando la esperanza de que no tarde el día en que el pueblo palestino elija un liderazgo verdaderamente comprometido con la paz. Cuando esto suceda, los ecos del 19 de noviembre de 1977 se harán nuevamente realidad.

*Embajador de Israel. 

 

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