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Una
doctora ejemplar
A Florencia, la hija de hipócrates
Marvin Galeas*
El Diario de Hoy
marvin@telemovil.com
Florencia
García es hija de médicos y se crió entre gabachas
blancas y camas de hospital. Hace poco más de 10 años,
siguiendo una tradición familiar, se graduó de médica
y desde hace dos atiende a sus pacientes en la ciudad de Izalco,
cantones y caseríos aledaños.
La conocí ayer, durante una visita, para un reportaje, en
la Unidad de Salud de San Julián, en el departamento de Sonsonate.
Llegamos temprano en la mañana. No había una tan sola
nube en el cielo de noviembre. Un aire de verano y tranquilidad
y el verde tupido de la vegetación rodean la moderna instalación
de salud a la entrada del pueblo.
Allí conversamos con la doctora García y su colega
Ernesto Altamirano. Ambos son jóvenes y amables. Mientras
hacemos un recorrido por las instalaciones limpias y muy bien equipadas,
nos cuentan la historia de la unidad de salud.
Antes del terremoto del 13 de enero del año pasado, los habitantes
de San Julián y sus alrededores recibían atención
médica en un ruinoso edificio. El terremoto acabó
de descalabrarlo. La crisis se tornó en oportunidad: con
fondos aportados por la Fundación para la Salud y el Desarrollo
Humano (FUSAL), la asociación VIPE de Alemania y la Fundación
Salvadoreña Americana para la Salud (SAHF), se comenzó
a construir la nueva unidad de salud.
El sueño se hizo realidad el 6 de octubre del año
pasado. Un equipo de 35 personas, integrado por cinco médicos,
21 paramédicos y personal administrativo y nueve promotores
de salud, está al servicio de más de 40 mil personas
de San Julián y sus alrededores. El edificio es sobrio y
extremadamente limpio. Los jardines son amplios y muy bien cuidados.
La atención que se brinda cubre, además de los servicios
básicos de salud, atención de primer nivel y partos;
varios programas destinados a la familia, la niñez, la adolescencia
y los adultos mayores. Nadie paga nada por la atención que
allí se recibe, a excepción de los desayunos para
niños.
Estos desayunos incluyen un huevo, cereales, pan, leche y cuestan...
¡un colón! En la cafetería, los adultos pueden
ingerir una deliciosa sopa de chipilín por cuatro colones.
(Hace poco consumí una sopa del mismo manjar, en un establecimiento
capitalino, que me importó la módica suma de tres
dólares).
El funcionamiento de la unidad de salud, que incluye los salarios
del personal, se financian con fondos de Ministerio de Salud y de
FUSAL. Pero la atención a la población que allí
se aplica va más allá de los muros del edificio. Los
promotores y los médicos van hasta el último ranchito
en cada caserío para levantar expedientes de salud a cada
familia.
Florencia y Ernesto me cuentan que de manera permanente se monitorea
y se da seguimiento a cada familia de esa región en los aspectos
de salud. De esa manera se han prevenido numerosas enfermedades.
De la unidad de salud partimos hacia el cantón Las Lajas,
a unos 12 minutos de tranquilo viaje desde San Julián. En
Las Lajas, la tranquilidad y la quietud son cosas que se pueden
tocar con las manos. La casa de la unidad de salud, que pertenecía
a una de las tantas cooperativas quebradas de la reforma agraria,
estaba abandonada. FUSAL y el Ministerio de Salud la resucitaron
y ahora allí se da atención a la población,
siguiendo el mismo patrón de San Julián.
Es en Las Lajas donde, a la sombra de un viejo árbol, Florencia
García me cuenta su pasión por la medicina. De los
siete días de la semana, pasa cinco en Izalco, donde está
su base de operaciones. Estudió en Guatemala y se graduó
en 1988 como médico. Antes había practicado la gimnasia,
a la cual tuvo que renunciar por lo absorbente de su carrera. Todavía
no tengo una familia, no tengo vida social, pero es una gran satisfacción
y una alegría permanente hacer este trabajo, me dice
Florencia, mirando hacia el Cerro Verde en el horizonte.
De regreso a San Salvador, enciendo la radio para acompañar
el viaje por la amplia autopista. Al lado pasan grupos de campesinos
que van a las cortas, con la esperanza de hacerse de algún
dinero para alegrar las navidades. En algunos tramos de la autopista,
trabajadores del FOVIAL reparan baches bajo el ardiente sol del
mediodía. De pronto, las malas noticias.
Los médicos huelguistas han cerrado un centro hospitalario
y se llevaron las llaves para que nadie sea atendido. Cerca de ocho
policías antimotines resultaron heridos, luego de que una
manifestación de huelguistas armados de rocas y palos los
atacara. Parece un mundo al revés, porque se supone que los
médicos deben atender a toda costa a los pacientes, y que
en un enfrentamiento entre policías y manifestantes, generalmente,
son los manifestantes los que salen apaleados.
Luego vi las imágenes de los incidentes en la televisión.
Da vergüenza ver a un grupo de profesionales de la sagrada
profesión médica mezclados con los histéricos
líderes de la sociedad civil y grupos de malvivientes,
lanzado piedras en plena vía pública.
Nada justifica semejante conducta bochinchera en un grupo de gente
que ha pasado ocho o más años estudiando en una universidad.
Viendo las imágenes de los radicalizados médicos huelguistas,
pensé en los pacientes que sufren las consecuencias de una
guerra que no es la suya, y recordé las últimas palabras
que me dijo Florencia García: Para mí, los pacientes
son todo, son mi vida. Son personas por las que cualquier sacrificio
vale la pena.
*Lic. en Idiomas y columnista de El Diario
de Hoy.
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