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La
nota del día
Malvada intención contra los niños
Cuando
personas bien intencionadas quieren rescatarlos, descubren que son
almas perdidas, que muchos de los niños de la calle están
más allá de cualquier redención
Seguramente habrá que sacar a los niños a escobazos,
de cualquier sitio donde hagan algún trabajo, aprendan un
oficio, ayuden en sus casas o limpien talleres. A primera vista
parece deseable, y hasta noble, oponerse al trabajo infantil y prohibirlo,
pero mientras no haya alternativas sensatas a esa labor, el propósito
es malvado.
Con escalofriante regularidad, agencias de Naciones Unidas, organismos
vinculados a la OIT, grupos gubernamentales, ONGs holandesas o suecas,
y muchos etcéteras, presionan y exigen que se impida el trabajo
infantil. La teoría, muy infantil por cierto, es que esos
niños que trabajan irán a la escuela, jugarán
en jardines, harán deportes y serán amorosamente cuidados
por sus madres y sus padres. Para hacer la felicidad de los niños,
argumentan, hay que prohibir que trabajen.
Pero a menos que se ignore en absoluto lo que son las realidades
del tercer mundo, y en el tercer mundo nos encontramos en buena
parte por esas iniciativas, se sabe que el trabajo infantil es lo
que saca a los niños del hambre y de los horrores de la calle.
De la calle donde hay prostitución infantil,
en la que pederastas hacen recogidas de niños, donde hay
pega y droga, donde las criaturas se convierten en pequeñas
fieras salvajes. La alternativa al trabajo, hay que decirle a esos
ingenuos o esos perversos que andan pontificando, es la calle con
sus espantos y miserias.
Nadie a quien le pongan a escoger, prefiere el trabajo infantil
a una escuela. Nadie con buen sentido quiere que un niño
ayude en sembrados o vaya de pesca, en vez de estar bajo el cuidado
solícito de sus padres. Las personas de bien desean que todo
niño vaya a la escuela, haga deportes, sea cuidado por médicos,
reciba orientación sicológica, asista a servicios
religiosos y frecuente una escuela parroquial los domingos.
Los resultados tan terriblemente decepcionantes de la PAES dicen
mucho sobre la discutible calidad de la enseñanza primaria
en El Salvador, culpa en parte de maestros politizados que descuidan
sus obligaciones. Al pensar en ello uno se da cuenta de que ni la
escuela es la gran formadora, ni el trabajo está mal como
una alternativa a la escuela. Yendo más lejos, diremos que
el taller, el huerto, el artesano y el que toma a niños para
enseñarles y hacerles trabajar, es otra forma de enseñanza.
Y prohibir esto no representa volver a lo primero, sino caer en
la tercera de las posibilidades que encaran los niños: la
calle con sus horrores.
Piensen, señores, en lo que es la calle
Se puede pensar que en un número de sitios donde niños
trabajan, ellos no hacen más que labores ínfimas y
con frecuencia pesadas, como barrer y limpiar. Pero el sólo
hacerlo tiene un gran efecto formador en los niños: se disciplinan,
aprenden a obedecer órdenes, cumplen con horarios, tienen
que portarse bien. Esas son fortalezas del carácter que bien
se quisieran en muchos adultos.
¿Qué cosas, por otro lado, aprenden los niños
en la calle? Es suficiente transitar por San Salvador y en cualquier
ciudad del tercer mundo, para tener la respuesta: los niños
deambulan como vagos, huelen pega, piden limosna, roban, son la
piezas de caza de chulos y pederastas. Cuando personas bien intencionadas
quieren rescatarlos, descubren que son almas perdidas, que muchos
de los niños de la calle están más allá
de cualquier redención.
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