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El Día de la graduación

La ocasión es única, extraordinaria. Aunque para todos es motivo de orgullo, para los más pobres lograr un título es doblemente especial.
Oscar Tenorio
El Diario de Hoy
escenarios@elsalvador.com

Para los que se gradúan de bachilleres, quedan ya para el recuerdo dos o tres años de sacrificios y entrega. Las desveladas, la falta de recursos (el mismo par de zapatos durante dos años continuos, el mismo dólar diario para pagar los pasajes, comprar algo de comer y pagar las famosas “separatas”) y otros problemas personales.
Pero, al fin, el barco llegó a su destino, a un puerto seguro en donde será reconocido y agasajados.
Ese día, por lo general por estas fechas, para las familias más humildes es todo un acontecimiento, tan gran grande como la inauguración de los juegos olímpicos o la llegada del hombre por primera vez a la luna.
Muy temprano, comienza el murmullo y las ansias en los familiares corredores. La escena pudiera ser la misma para centenares de hogares: el padre ha pedido el día libre en su trabajo, mientras la abnegada madre aún quita los “rulos” al rebelde pelo de la graduada.
Lo que sigue es ya todo un ritual para las graduaciones. Justo a la siete de la mañana, aparece el taxi, rentado para la ocasión, en el que se suben no cuantos caben, sino cuantos puedan, desde la abuelita hasta los vecinos.
Por primera vez en muchísimos años, como el paso del cometa Halley, el padre viste formal, con un viejo saco oscuro, que guarda desde su juventud, con olor a “naftalina” - por esas pastillas blancas que se ponen en los roperos para ahuyentar las plagas- y una que otra polilla pegada en los encajes. A la corbata rayada que apenas le llega a la mitad de la barriga, le ha hecho un nudo tan grande y grueso que bien parece un sapo pegado en el cuello.
Las madres visten sus bonitos trajes hechos por las vecinas costureras, con una pequeña flor pegada en el pecho. Y los “graduandos” van impecables, unos con sus togas y otros con el uniforme que vestirán por última vez.
A media mañana, serán inevitables las lágrimas de alegría cuando por los altavoces se escuche el nombre de ese ser querido, al momento de recibir el diploma. Todos aplaudirán hasta la saciedad.
Luego, en la entrada del auditorio, vendrán las fotografías para la inmortalidad. Todos agazapados alrededor del graduando, para entrar en ese pequeño cuadrito.
Y para cerrar con broche de oro, todos irán a almorzar a los lugares de siempre: Al Pollo Campero o a la Pizza Hut.
Así concluye una jubilosa jornada. Quién no se recuerda de ese día.

 

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