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Una
necesidad
Inocuidad alimentaria en El Salvador
Robert Meier Avilés
E-mail: romeier@es.com.sv
Inocuidad es una característica que todo consumidor busca
en un alimento. Se dice que algo inocuo es aquello que no causa
daño. Parece obvio pensar que un alimento no debe causar
daño a quien lo ingiere. Sin embargo, los hechos son claros:
Según datos de la Organización Mundial de la Salud,
cada año mueren en el mundo 1.7 millones de niños
de entre cero y 15 años por diarrea causada por microorganismos
presentes en el agua o los alimentos. En El Salvador, después
de la gripe, la diarrea fue la segunda enfermedad más
frecuente reportada en la última Consulta Territorial sobre
Salud.
Viviendo en un país tropical, sabemos que a la temperatura
ambiental que prevalece en nuestro medio, los alimentos se descomponen
mucho más rápidamente que en las latitudes templadas.
Si a eso agregamos el peligro que constituyen las precarias medidas
higiénicas que se practican en hogares, comedores y ventas
callejeras, resulta admirable que las estadísticas no sean
más alarmantes.
En síntesis, ni el clima ni el marco cultural nos ayudan
a cuidar la inocuidad de nuestra comida.
Más allá de las graves implicaciones para la propia
salud pública, los movimientos comerciales de productos alimenticios
y sus consecuentes oportunidades de empleo y generación de
divisas colocan la necesidad de velar por la inocuidad de los alimentos
en un plano altamente prioritario. Eso sin considerar a saciedad
que vivimos en un país de innegable vocación agrícola
y mucho de lo que comemos deberíamos poderlo sembrar o criar.
Llegado el momento, habrá que competir con alimentos inocuos
dentro y fuera del territorio, pues la inocuidad estará entre
las características de calidad sobreentendidas para estos
productos. Sin mencionar que para poder tan siquiera asomar las
narices a los mercados mundiales, resultará forzoso tomar
medidas que aseguren la inocuidad alimentaria desde el campo de
cultivo hasta la mesa.
Es tiempo de que productores y procesadores de todo tamaño
se familiaricen con buenas prácticas agrícolas, buenas
prácticas de manufactura, operaciones de saneamiento, análisis
de peligros y puntos críticos de control, así como
normas internacionales. Debe entenderse que a estas alturas, éstas
no son solamente medidas sanitarias, sino requisitos de supervivencia
de productores y procesadores.
En nuestro país ya se ven los esfuerzos a nivel privado entre
las empresas, las cuales, ya sea por conciencia o por necesidad
(o una saludable combinación de ambas) han iniciado el camino
hacia la inocuidad. También constituye un importante paso
a nivel institucional el aporte del proyecto Fortalecimiento
de los sistemas de gestión de calidad y seguridad alimentaria
para las Pymes del CONACYT, que desarrollará la capacitación
de consultores nacionales. El Salvador ya se ha embarcado en una
travesía obligada hacia un exigente horizonte de oportunidades
que dejarán una huella muy positiva para las relaciones comerciales
y la salud del consumidor.
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