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Tema para reflexionar
¿Qué nos falta?

María Teresa de Jovel*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Tenemos que contribuir a orientar y aliviar la confusión de un mundo ya bastante revuelto. Aprender a tolerar, a aguardar, a comprender y a disculpar, a darnos a entender sin violencias

“Nuestra juventud ama los placeres y la vida fácil. Tiene malos modales, desprecia la autoridad, falta el respeto a sus mayores y gusta del parloteo en vez de ejercitarse. Ya no se ponen de pie cuando otros entran en una habitación; contradicen a sus padres, charlan ante las visitas, engullen la comida y tiranizan a sus maestros”.

¿Es éste el testimonio de algún profesor decepcionado con sus alumnos de la era del Nintendo y los juegos del computador? O, ¿es el de los padres actuales que se ven sobrepasados por la conducta de sus hijos? ¿Acaso son las expresiones de un abuelo posmoderno, preocupado por la conducta de sus nietos? ¡Pues NO! Este reproche tan “actual” lo formuló nada menos que... ¡Sócrates! y lo decía de la frívola juventud ateniense del Siglo V antes de Cristo.

Los “malos modales” que critica el filósofo griego calzan a la perfección con la conducta de nuestra juventud y, no sólo de ellos, también de muchos adultos, incluso algunos profesionales con títulos universitarios y doctorados, a los que hemos visto en las tristes actuaciones de estos días.

No hay duda de que todas estas maneras de comportarse son una forma de ignorancia relativa a los aspectos prácticos de la convivencia, de los valores sociales y morales, tal como la mala ortografía es una ignorancia sobre las reglas de escritura.

Sin embargo, la mala conducta es una ignorancia culpable y la juzgamos más severamente que la falta de instrucción, porque, en definitiva, el “maleducado” no es sólo el que no sabe, sino el que no quiere aprender.
Por eso, no es casualidad que a quien no sabe comportarse, al que “se porta mal”, papás y profesores lo bauticen con la palabra “maleducado”. Pese a que la buena educación consista en mucho más que “portarse bien”. El saber comportarse es un signo que dice mucho sobre la calidad humana de una persona.

Se tienen sentidos distintos e incompletos de lo que significa educar, sin darnos cuenta de su conexión interna:
Se cree que la “buena educación” es un conjunto de asignaturas que un niño aprende en la enseñanza escolar. Los papás envían a sus hijos al colegio para que se les “eduque”. Lo opuesto no es “portarse mal”, sino “ser ignorante”. Aunque comprobamos que muchos jóvenes tienen excelentes notas, pero se portan peor que los efebos que critica Sócrates, aunque estén muy bien “instruidos”.

O se cree que “educación” es el aprendizaje de normas de conducta que nos imponen desde niños: lo que se hace y lo que no se hace; lo debido y lo indebido. Esta segunda acepción del término “maleducado” —el que con mayor frecuencia usan los padres— no es el que no sabe las materias que se le imparten en el colegio, sino el que habla con la boca llena, no saluda a las visitas, no da las gracias, no respeta a los demás, y un largo etcétera.

El colegio no sólo instruye, también disciplina. Enseña reglas que se aprenden una vez y son como un manual de instrucciones útiles para toda la vida. En una palabra, cubren todo el amplio espectro de “la moral y las buenas costumbres”.

En teoría, si juntáramos las dos definiciones, tendríamos al hombre perfecto bien educado: el que aprendió sus materias y el que sigue las reglas de comportamiento social.

La clave de la buena educación —además de una buena instrucción— está en el respeto hacia las personas; saber discernir el bien del mal; saber hasta dónde llega mi derecho, porque ahí comienza el de los demás; buscar el bien de la comunidad aun sacrificando un poco de mi propio bien; respetar a la autoridad; cumplir mis deberes no sólo de ciudadano, sino de profesional; saber que existen reglas de trabajo y leyes que protegen tanto al empresario como al trabajador, y otra larga lista de etcéteras. Esta es la razón de ser de las convenciones sociales, las que conservan su valor en la medida en que muestran aprecio y respeto por las personas, por la sociedad, por las autoridades y por el país.

Tenemos que contribuir a orientar y aliviar la confusión de un mundo ya bastante revuelto. Aprender a tolerar, a aguardar, a comprender y a disculpar, a darnos a entender sin violencias y a saber escuchar; a poner límites, pero abriendo puertas. Comenzar a encauzar pacientemente la impulsividad desbandada. Si todos lo hacemos, habremos contribuido a esa paz tan deseada por todos.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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