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Historias urbanas desde la plaza Gerardo Barrios

Un murmullo de gente; algunos ríen, otros cabecean de sueño. Vendedores que se cruzan, mientras un joven espera su novia. Obreros de pelo gris narrando anécdotas, mujeres con minifaldas levantando sus cejas. Es cosa de todos los días en la plaza

iFrancisco Mejía
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

La plaza Barrios en el centro de la capital se convierte todas las tardes en un lugar de diversas escenas.
Foto EDH / José Luna

Cada tarde, cuando el sol se reclina hacia el poniente, la sombra llega a la plaza Gerardo Barrios. Obreros que han terminado su jornada laboral, con mochilas al hombro, se acercan a las gradas para hablar de cualquier tema.

La silueta del monumento del Capitán General Gerardo Barrios montado en un corcel se dibuja en el piso, al centro de la plaza, donde picotea maicillo una bandada de palomas de castilla.

Uno de los pasatiempos de Noé Camilo Alcides, de 63 años de edad, es dar de comer a estas aves. Lo hace de manera religiosa cada tarde, incluso los fines de semana, aunque no le toque pasar por el lugar.

Es curioso, pero las palomas parecen conocer a Noé. Cuando se acerca, bajan de los techos del Palacio Nacional, Catedral Metropolitana y Biblioteca Central, edificios que circundan a la plaza.

Para las 4:00 p.m., los costados de la Plaza Barrios están llenos de grupos de obreros, peones y desempleados en plena tertulia. Es la hora del acostumbrado café con pan. Las vendedoras informales lo saben y se acercan con carretillas de esas que hay en los supermercados, las cuales se han transformado en verdaderas cocinas rodantes.
Empieza la venta del café en vasos desechables y pan dulce con plátanos fritos. El olor a comida se dispersa e invita a los transeúntes.

Algunos desempleados hacen de las bancas sus puestos privados, allí se la pasan leyendo el periódico por horas, hasta los anuncios clasificados.
Las entradas a la plaza son los espacios reservados para las prostitutas, mujeres golpeadas por la vida que deciden negociar su cuerpo por dinero.

Entre el grupo de “cariñosas”, hay menores de edad aunque no lo parecen, por la cantidad de maquillaje sobre su rostro.

Coquetean a cuanto hombre pasa frente a ellas, en espera que se detengan a platicar un rato. Algunos aseguran que los precios de la prostitución han bajado en el sector, ya que acceden a pasar un rato con los hombres hasta por tres dólares.
Vendedores de lotería, dulceros y de otras golosinas se la pasan de lado a lado, anunciando su mercadería. Dicen que no pueden estar en un solo lugar porque miembros del Cuerpo de Agentes Metropolitanos, CAM, los echan a la calle.

La noticia del día

Ya para las 5:00 p.m., las conversaciones entre los grupos de obreros y desempleados aterrizan en un tema.
El viernes, la noticia de la ratificación del Decreto de Garantía Estatal de la Salud y Seguridad Previsional que aprobó la oposición en la Asamblea Legislativa fue la noticia más comentada.

– ¡Ganaron los médicos, agüevaron al Presidente! —dijo un señor de gorra.
– Hoy van a hacer fiesta los médicos, es que se lo merecían. Era justa la lucha que hicieron —replicó otro entre el mismo grupo.

– ¡Ganamos! Eso demuestra que las huelgas dan resultado —exclama un obrero que descansaba sobre un pilar, mientras levanta su mano izquierda.
– Lo que pasa es que Flores no quiere tener problemas por los juegos —indicó un joven que escuchaba música en un radio portátil.

De repente, en plena conversación, se acerca un ebrio consuetudinario.
– Buenas tardes, ¡se les saluda a todos! Pido permiso para sentarme a un lado. Me gusta ver a la gente —manifestó y se acercó a una banca.

Entre el grupo nadie dijo nada. Sólo lo vieron y continuaron hablando. El ebrio estaba como enmudecido viendo a todas partes, luego otra vez interviene, “disculpen, me dicen de sobrenombre el Señor Negro” y adopta una faceta de poeta.

“Veo ese caballo que relincha –su mirada está fija en el monumento a Barrios– que relincha, que relincha –repite–, pero no puede despegar y es que se ha quedado como petrificado para ser testigo de la maldad”.
Los obreros continúan en franca discusión si era buena o no la aprobación del decreto legislativo.
El ebrio se da cuenta que nadie le hace caso y vuelve a interrumpir. “¡Adiós a todos, saludo a todos, me retiro ahorita, me retiro!”

Cuando todos los espacios de la plaza están llenos, las gradas de la entrada principal del Palacio Nacional sirven de asiento, como en un estadio.
Bajo los pies de las estatuas de Cristóbal Colón e Isabel la Católica se ha reunido otro grupo de visitantes; son del grupo de “piropeadores”, es decir, lanzan piropos (desde los más ocurrentes hasta obscenos) a las mujeres que caminan sobre la acera.

Un vendedor de zapatos baja su maletín para descansar brevemente. El comerciante aprovecha para mostrar la mercadería.

“¿Hey a cómo da los zapatos?” —le preguntan—, “A diez dólares”, responde el vendedor. Uno de los obreros que estaba en las gradas ve un zapato y se lo ofrece a una señorita que pasaba.
La joven ni siquiera volvió a ver el ofrecimiento que le hacían. “Entonces no les gusta, ¡ya no te los compro!”, le dijo al vendedor.

“Mirá quien viene, es Bin Laden”, se escuchó entre la reunión. Las miradas se centraron en un vehículo rojo estacionado frente a la plaza.
Cuatro miembros de una iglesia Evangélica, tres señoritas y un hombre de barba larga, descargaban equipos de sonido e instrumentos musicales.

Era la hora del espectáculo. Música cristiana gratis para los presentes.
Armando y ajustando el equipo estaban, cuando llega el CAM a solicitar el permiso necesario.
Una multitud de curiosos se forma detrás de los agentes; los uniformados alegan con miembros del grupo.
“Hey, ¡déjenlos tocar, queremos escucharlos!”, decían los de atrás. Al cabo de unos minutos, los agentes se retiraron y permitieron a los evangélicos hacer el culto.
Con acento extranjero, el barbado dio las gracias a su público y empezaron a cantar alabanzas a Dios y hablar de las Sagradas Escrituras.

La otra pesca

Mientras eso sucedía, en el otro extremo de la plaza, un pastor evangélico iniciaba su acostumbrada prédica.
“¡Arrepiéntanse de lo malo que han hecho! ¡Dejen de andar con tantas mujeres, esta es la hora en que pueden ser salvados!”, gritaba a los cuatro vientos el pastor.

Una prostituta que pasaba cerca escuchó lo que decía, se sonrió y dijo que todos decían lo mismo, pero eran más pecadores que ella, porque engañaban a las personas.
Las lámparas del parque encendieron, la lluvia amenazaba con caer, los grupos obreros empezaron a dispersarse.

Poco a poco, las bancas fueron ocupadas por homosexuales quienes aprovechan la oscuridad de la noche para el romance.

Mientras, los evangélicos continuaban hablando de sus experiencias de cuando eran drogadictos y de cómo se habían reformado.
Con la llegada de las primeras gotas de lluvia se ausentó el público, eran las 6:30 p.m.; la tarde moría para dar paso a la noche.


La Principal Barrios
La plaza Gerardo Barrios está ubicada frente a Catedral Metropolitana, Palacio Nacional y Biblioteca Nacional Central, todos éstos son edificios históricos de la capital.

Monumento
Erigido en honor al Capitán General Gerardo Barrios, fue inaugurado en 1909 y construido por Francisco Durini. El pedestal es de granito y la figura principal es de bronce, el mismo material utilizado en los bajorrelieves de dos de sus batallas militares y el Escudo Nacional de El Salvador.

Remodelación
El 22 de julio de 1999, la Alcaldía capitalina reinauguró la plaza Gerardo Barrios, luego de realizar trabajos de remodelación con el apoyo financiero de la empresa privada.

Novedades
Los trabajos de mejoramiento de la plaza Barrios consistieron en áreas verdes con flores y árboles pequeños, lámparas de alumbrado, 15 bancas tipo imperial, barandas pintadas de verde, un piso color naranja totalmente renovado y una caseta de seguridad (hoy día está cerrada).
 

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