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Don
Lito en el servicio diplomático
Pues
resulta que he comprado un jeep con placas de Honduras. Cada vez
que cruzaba la frontera tenía que mostrar el permiso del
dueño, autenticado por un abogado que haya aprobado el examen
yuca de la Corte Suprema de Justicia.
Por Lito Montalvo
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
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La sonrisa que se escapaba
entre frases erráticas, traicionaban a Toribio Morales
en sus declaraciones ante la prensa.
Ilustración: EDH
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Decidí hacer el traspaso y tenerlo a mi nombre, lo que me
hizo viajar a la capital, Tegucigalpa, donde el coronel Sigifredo
Ochoa Pérez es el embajador salvadoreño.
La amistad que me une con Sigi me dio luz verde para pernoctar en
la residencia de la embajada, además, tú colaboras
con tus impuestos al pago del alquiler de esta casa me dijo
con su nueva sonrisa diplomática.
Esa noche, a pesar de insistir en que estaba cansado por el viaje
y que no traje traje, fui llevado con traje prestado
a un hotel donde la misión alemana ofrecía una recepción.
Me sentía como pollo comprado con traje ajeno. Me tuve que
socar el cincho, ya que Su Excelencia, como le dicen allá
a Sigi, está mas tripudo que yo. Fui presentado con algunos
colegas de Su Excelencia, ya que les dijo que era el mejor columnista
de El Salvador.
Para alguien que como yo ha nacido en el Barrio la Vega -donde muchos
nacen, pero pocos se crían- me sentía incómodo.
La falta de costumbre de estar entacuchado y con el cuidado de no
mancharle el traje a Mi Coronel con las bocas que nos prodigaban
los meseros, en medio de un barullo de gente completamente desconocida.
Amanecí hasta con goma moral. El embajador de nuestro gobierno
ya estaba uniformado de embajador, es decir con saco y corbata.
Como buen militar me dio 15 minutos para que me volviera a entacuchar,
pues a las novecientas (nueve de la mañana en lenguaje civil)
teníamos una develación del busto de alguien a quien
no conocí, y a las 11:00 una condecoración al Embajador
de Chapinlandia.
El traspaso del vehículo me lo hizo el motorista, pues Don
Lito había ingresado a la vida diplomática por la
puerta trasera. Digo esto porque esta semana que pasó, regresé
a Tegucigalpa a traer la tarjeta de circulación a mi nombre.
Esta vez iba preparado con mi tacuche, el veintiúnico, el
de reir y llorar. Esa misma noche, los venezolanos invitaron al
concierto de un guitarrista en el Banco Centroamericano, BCIE, seguido
de un coctel. En la agenda del día siguiente sólo
había un almuerzo en la embajada ecuatoriana, pero en la
noche era la cena de gala de las esposas del cuerpo diplomático.
Ahí si tiraron la casa por la ventana, llegó el Presidente
Maduro con su nueva esposa y un respetable número de personas
ataviadas con tuxedos, uniformes militares de gala y trajes que
nunca había visto.
Como de noche todos los gatos son pardos, yo pasé inadvertido
con mi tacuche negrito, recordando la película de Mario Moreno,
Cantinflas, Su Excelencia. No muy acostumbrado a desvelarme,
regresé a la residencia con la barriga hinchada y sin ganas
de platicar. ¿Y para mañana? Me atreví a preguntarle
al Señor Embajador. Me dio el día libre, pero me advirtió
que en la noche había una recepción en la casa del
embajador de la República de China, en despedida del Embajador
de Guatemala, que yo creo que ya estaba chino de tanta despedida.
Allí conocí al Canciller hondureño, el abogado
Guillermo Pérez Cadalso, con quien tuve la oportunidad de
platicar a la misma mesa.
Volví a inflar mi barriga, la comida china es apetitosa.
Al día siguiente nos tocó a nosotros, es decir a los
salvadoreños, despedir al embajador chapín. La residencia
era un hormiguero, mesas, flores, copas, hielo, comida vegetariana,
vinos, cerveza Pilsener, Suprema, Golden y, por supuesto, boquitas
Diana.
Verónica, la señora de Sigi, que allá la llaman
Embajadora, daba más vueltas que un trompo. Vestía
traje salmón, tal vez para matizar con la comida. Menos mal
que era informal. Los embajadores llegaron en pantalones vaqueros.
Yo hice de portero o de comité unipersonal de bienvenida.
Tenía la lista de invitados, con sus nombres, cargos y apelativos,
pues es prohibido equivocarse. Esta vez lo disfrute más,
quizá por no estar martirizado por una corbata al cuello.
Los chistes son permitidos, pero fui advertido por Mi Coronel de
no tocar ni los bolsones ni hacer chistes de conejos (por lo de
la isla), ya que allí estaba el Canciller. Pero para información
de ustedes, el Canciller hondureño hizo la secundaria en
El Salvador. Departí alegremente con él casi toda
la tarde. Si hubiera sido hondureño, a lo mejor me nombra
embajador.
La diplomacia no es fácil y tampoco sólo está
hecha de fiestas, pues hay que llevar a cabo gestiones muy delicadas
en las que entra en juego el arte de ganar voluntades, de estrechar
relaciones entre pueblos y gobiernos.
Pero como a mí sólo me tocó la parte de las
comilonas, me costaría mucho acostumbrarme a estar ojo al
Cristo, pues no se puede empezar a comer hasta que el Canciller
diga buen provecho y él se eche la primera cucharada
de sopa. También hay que saber cuál tenedor se usa
primero y cuál copa es para el vino tinto y cuál para
el blanco. Pero lo mas difícil es mantener la dieta.
Al día siguiente, mientras pasaba la frontera de El Amatillo
y volvía a mi quehacer cotidiano, recordaba con nostalgia
mi corta vida diplomática, donde nuestros representantes
en todo el mundo se ganan la vida, no sólo con el sudor de
la frente y la discreción, sino también con el abultamiento
del estómago.
INSERTO. La diplomacia no es fácil y tampoco sólo
está hecha de fiestas.
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