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Una
mirada de fe
Los diáconos en la Iglesia
Oscar Rodríguez Blanco, s,
d, b.*
El Diario de Hoy
osrobla@hotmail.com
El
Concilio Vaticano II ha recuperado el ideal de un diaconado permanente
y accesible a muchos jóvenes y adultos que quieran entregarse
totalmente al Señor
Según las últimas estadísticas presentadas
por el Anuario Pontificio 2002, el porcentaje de los católicos
en el mundo permanece estable, pero la crisis en la escasez de vocaciones
sacerdotales ha cesado. Las cifras presentadas indican que en América
Latina las ordenaciones sacerdotales se han triplicado en las últimas
dos décadas. El crecimiento actual de los seminaristas es
impresionante y el número de ordenaciones de diáconos
es muy alentador.
Cristo, sumo y eterno sacerdote, ha hecho de la Iglesia una raza
elegida, un reino de sacerdotes, una nación consagrada, un
pueblo que Dios hizo suyo para proclamar sus maravillas (1 Pedro
2,9). Toda la iglesia es pueblo sacerdotal, pues, por el sacramento
del bautismo, todos los fieles participamos del sacerdocio de Cristo
para servir a los demás. A esta participación le llamamos
sacerdocio común de los fieles, por el que somos
agentes y portadores de la presencia de Dios entre los hombres.
Teniendo como base común el bautismo, existen los ministerios
ordenados que corresponden a los obispos, sacerdotes y diáconos.
El sacerdocio ministerial tiene como misión hacer visible
la presencia de Cristo-Cabeza, en medio de la comunidad cristiana.
Los sacerdotes son los primeros colaboradores de los obispos y están
llamados a construir la comunión, evangelizar y pastorear
al pueblo de Dios, presidir el culto divino y proclamar su misterio.
Además del sacerdocio ministerial, existen en la Iglesia
otros ministros ordenados, que tienen oficios y carismas específicos.
Ellos son los diáconos, que, en unión con el obispo
y los presbíteros, sirven al pueblo de Dios en las celebraciones
litúrgicas, en la proclamación de la Palabra y en
las obras de caridad, administran el sacramento del bautismo, asisten
y bendicen la celebración del matrimonio, llevan el viático
a los moribundos y presiden los funerales. Existen dos formas de
diaconado: el transitorio, que es el grado anterior al orden presbiteral,
y el permanente, que se confiere a laicos, casados o no, previa
una seria formación teológica y pastoral.
El 1 de noviembre fueron ordenados, en la Catedral Metropolitana
de San Salvador, como diáconos transitorios, los jóvenes
Ramón Lechuga, Manuel Rodríguez, Kelvin Romero y Carlos
Echeverría; en la Ciudad de Guatemala, Enrique Ovando y Carlos
Macz. Estos jóvenes recibieron el ministerio por imposición
de manos del obispo, como un signo de que Cristo les comunica su
gracia para que sean sus fieles seguidores. Ellos se preparan para
recibir posteriormente el orden sacerdotal. Como seres humanos que
son, necesitan de ayuda y comprensión, pues la ordenación
no hace al diácono o al sacerdote diferente de los demás
seres humanos, necesitan acogida, perdón y ayuda de parte
de las mismas comunidades cristianas, pues, una vez ordenados, seguirán
siendo sus pastores.
El Concilio Vaticano II ha recuperado el ideal de un diaconado permanente
y accesible a muchos jóvenes y adultos que quieran entregarse
totalmente al Señor sin llegar al sacerdocio, al que no se
sienten llamados. Es el diaconado permanente por el que han optado
muchos hombres, sobre todo en otros países. En nuestra Arquidiócesis
hay un solo diácono casado, que está ejerciendo su
ministerio pastoral diligentemente. Este diaconado puede ser conferido
a hombres casados que, de acuerdo con su esposa, piden ser admitidos
a este noble servicio en la Iglesia. Se ejerce, sobre todo, en países
en donde los sacerdotes son muy pocos. Ellos no se ordenarán
de sacerdotes, pues precisamente por eso se llaman diáconos
permanentes y constituyen una gran riqueza espiritual para
la Iglesia, pues su ministerio pastoral está ordenado al
servicio de todo el pueblo de Dios.
*Párroco de la iglesia de
María Auxiliadora (Don Rúa).
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