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La genialidad de Geño
El tipo habla con tanta rapidez que hasta parece que tiene dos
lenguas. Sin embargo, al escucharlo detenidamente uno se da cuenta
que no dice nada que uno no sepa al ver lo que narra.
Luis Laínez
El Diario de Hoy
escenarios@elsalvador.com
Pero
él se cree una lumbrera, un ser escogido por Dios para dar
a conocer sus designios.
Quizás esto último sea una exageración. Quizás
él crea que es el ungido por una pléyade de otros
tipos que se cree dioses para que él diga lo que ellos quieren
que diga a otros porque tiene la suerte de ser enfocado por aparatos
que transmiten su imagen en pantallas (a veces ni siquiera eso,
sino sólo su peculiar voz con virtudes de rapero).
Lo peor que le puede pasar a un aprendiz de mesías es que
haya un rebaño de incautos que crea en él.
Eso le pasó a Geño.
Su ego voló a la estratósfera, gravitó varios
meses alrededor del planeta y se disparó hacia las profundidades
del abismo negro e insondeable del cosmos inexplorado.
Geño creyó que su iluminación le había
acercado a la verdad absoluta.
Como creía saber qué era lo que su grey quería
oír y ver (balones perseguidos por decenas de piernas) y
como no hay quien ofrezca una alternativa local, su audiencia estaba
asegurada.
Así fue feliz por muchísimos años. Su estrecho
mundo lo mantenía pegado a una realidad de apenas dos dimensiones.
Todo giraba sobre eso.
Así fue hasta que la Comarca se preparó para recibir
los atletas de una amplia región.
Entonces destiló de él un nacionalismo patriotero.
Quería que todos pudieran contemplar la Comarca como él
la veía.
Pero algo no funcionaba. Hombres y mujeres de gabacha blanca marchaban
por las calles.
Los camisas rojas se les unieron y otros más.
Los nostálgicos de la hoz armaron sus cócteles con
gasolina y aceite y los lanzaron a la calle, para incendiar los
ánimos.
- ¡Eso no está bien! -dijo Geño-. Los colegas
periodistas no deberían estar pasando eso. ¡Van a espantar
a todos nuestros huéspedes!
A Geño nunca ha sabido que la gente tiene el derecho a estar
informada y que la misión de un periodista (o de un comentador
de partidos) no es crear altares para ser adorado, sino simple y
llanamente informar de lo que pasa en la Comarca y allende sus fronteras.
Lo que se le clavó en la mente fue pedir que nadie informara
de las cosas malas. Que sólo hicieran halagos. Que fueran
complacientes. ¡Vaya genialidad la de Geño!
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