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Orientaciones
familiares
Hablando del sufrimiento
Por Pastor Mario Vega
El Diario de Hoy
E-mail: orientaciones.familiares@navegante.com.sv
Sin
pretender conocer ni entender la profundidad del dolor humano, pues
cada sufrimiento tiene su propia y única cualidad, hay elementos
comunes que se pueden señalar dado que no existe un ser humano
que no tenga que afrontar algún tipo de pérdida en
su vida.
Ya sea que se haya perdido a un padre, una madre, el cónyuge,
el hijo o la hija, el matrimonio, la fertilidad, el empleo, la reputación,
el vigor de la juventud o el sentido de utilidad desde la jubilación,
el sentimiento que viene es el de la aflicción.
La aflicción es una condición con la cual cuesta lidiar.
Lo cierto es que no todas las personas pueden manejar adecuadamente
la aflicción. Hay quienes abrumados por el dolor no pueden
seguir adelante con sus vidas de manera sana.
Al igual que todas las cosas de la vida es necesario aprender a
manejar el dolor. El dolor se aprende a manejar cuando se presenta
en dosis menores. Si se aprende a afligirse adecuadamente por las
pérdidas menores de la vida, cuando sobrevengan las aflicciones
mayores habrá una fortaleza interior que faculta a la persona
para salir adelante en las peores crisis.
El dolor sobreviene cuando nos damos cuenta de que no tenemos el
control de la vida. No lo tenemos sobre nuestra salud, el empleo,
la fidelidad del cónyuge ni sobre la muerte. Esa vulnerabilidad
es la que hace verse al ser humano en indefensión de los
peligros y riesgos de la vida diaria.
Lo recomendable para una persona que está experimentando
el dolor es que pueda expresar lo que siente. Por convencionalismos
sociales tenemos la inclinación a no hablar sobre nuestras
aflicciones y sentimientos. Incluso, aquellos que tratan de hacerlo,
pronto reciben un no esté hablando de eso que le hace
daño.
Lo verdaderamente dañino es no expresar los sentimientos
de dolor. Las pérdidas obligan a abrir las intimidades del
corazón, las cuales ni siquiera se admitiría que existen
y mucho menos se enfrentarían. En lugar de evadir la realidad
es mejor enfrentarla.
Jesús habló ampliamente sobre sus sentimientos de
tristeza, de dolor y de angustia. Como ser humano, él tampoco
estuvo exento del sufrimiento. Su ejemplo nos enseña que
en los momentos de dolor nuestra mejor ayuda se encuentra en expresar
la aflicción a la vez que encontramos fortaleza espiritual
al apoyarnos en Dios.
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