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Apaneca, la provincial

Siempre he compartido la idea de que Apaneca, en Ahuachapán, es una de las mejores ciudades del occidente salvadoreño.

Víctor Hugo Dueñas
Escenarios
El Diario de Hoy
hugovictor@elsalvador.com

Las elevaciones que la rodean, plantadas de cafetos y barreras ‘rompevientos’ -que literalmente cuadriculan cerros y montañas- además de ser magníficas esculturas vivientes, contribuyen a mantener su riqueza climática. No es extraño que durante el invierno, antes de las seis de la tarde, la neblina y la lluvia peleen por apoderarse del sitio.

El sosiego de la mayoría de sus habitantes; la creciente apertura de hoteles, jardines, viveros, restaurantes, hoteles y, más que nada, la seguridad que se respira en cada rincón, la convierten en una ciudad muy apetecible.
Pasa, sin embargo, que su acelerado despertar turístico (a nivel físico) aventaja a la mentalidad de alguna parte de su gente.

Por una de esas casualidades, visitamos la ciudad a media semana (hace algunos días) con fines laborales.
Aunque se logró rentar un sitio agradable y (tal como decía el rótulo de entrada de la casona) con ambiente “rural”, el tema de la atención al cliente plantea serias dudas.
Una lluvia vespertina nos obligó a quedarnos atrapados en el hostal, hasta eso de las siete de la noche. Bajo la llovizna y presas del frío y el hambre caminamos hasta uno de los restaurantes con más tradición.

A través de la puerta de entrada de madera y vidrio, pudo observarse a un grupo de personas disfrutando con comida y bebidas calientes.
Los dos intentos de abrir la puerta fueron inútiles. Un enorme seguro de metal clavaba la puerta al piso e impedía el movimiento de alguna de sus dos hojas.

- ¿Cerrado?... ¡Pero sí es temprano! Además hay clientes, dijimos.
Tres golpes a la puerta hicieron reaccionar a una mujer, que caminó hasta ella para abrirla.
Cara a cara, nos ofreció una disculpa: “Está cerrado. Los días de semana cerramos a las cinco de la tarde. Nuestro fuerte son los fines de semana y solo esos días trabajamos tarde”.

El explicarle que teníamos hambre y frío, la hizo sonreir.
Después de esto, la pregunta del millón: ¿Y no se supone que es una ciudad turística?
- Se supone, contestó, mientras cerraba la puerta.

 

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