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Sin darnos por vencidos...

“No quiero paz, no hay paz, quiero mi soledad./Quiero mi corazón desnudo para tirarlo a la calle, quiero quedarme sordomudo./Que nadie me visite, que yo no mire a nadie, y que si hay alguien, como yo, con asco, que se lo trague./Quiero mi soledad, no quiero paz, no hay paz” (Jaime Sabines).

Janet Cienfuegos
Escenarios
El Diario de Hoy
janet@elsalvador.com

Son pequeños los espacios en el tiempo, esos en que nos detenemos a pensar, a desmenuzar lo que llevamos de vida, lo que hemos logrado, lo que no queremos para ella.
No es posible continuar sin evaluar esas pequeñas y grandes cosas que la llenan: los recuerdos de una infancia, que a pesar de sus errores, siempre nos dejan algo bueno para rememorar. Esas tardes en que, sin pudor ni arrepentimiento, nos bañamos bajo la lluvia, saltamos charcos, mojamos cuadernos y reímos como jamás.

Los amores que no terminan, los poemas compartidos, el deseo de ser uno teniendo por techo ese manto estrellado en noche de luna plena.
La paz, al igual que la soledad, suele ser relativa. Hay pensamientos tan fuertes que nos pueden dejar sin paz, al tiempo que nos dan esa sensación de no estar solos.
Pero hay también días en que se aprecia más que nunca el quedarse con la única compañía que proporcionan esos pensamientos.

La vida puede ser muy dura, y más que dura, cruel. Hoy amanecemos felices, plenos, llenos de ilusión, mañana todo da vuelta y los desengaños aparecen, dejando una nube gris sobre nosotros.
Confundimos las intenciones, lo que ayer parecía lleno de luz, de pronto se ensombrece, llenándonos de dudas.

A pesar de todo, no quiero convertirme en presa de la desesperanza, hay motivos suficientes para poner ambas en la balanza, siempre lo bueno, lo positivo, debe pesar más... a pesar de lo que sea.
Tomemos ese tiempo para llenar el corazón de paz, de amor, de comprensión, de humildad... A veces cuesta tanto ser humildes. Es necesario revolcarse con nuestros propios defectos para conseguirlo, aceptar los errores y elegir entonces el mejor camino a seguir.

En todo esto, siempre es bueno asirse de ese ser poderoso en quien cada uno cree. No importa el nombre con que le llamemos, lo importante es saber que hay momentos en que somos poca cosa, pero ese ser, que es tan grande, nos puede sacar adelante, convirtiéndonos en mejores personas.
A veces se piensa que lo que falta por recorrer es menos, sin considerar que tal vez nos espere la parte más dura del trayecto.
Lo importante es estar convencidos de que lo podemos lograr... a pesar de lo que venga.

 

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