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Opinando
Tengamos nuestros hijos para disfrutarlos y no para sufrir

Ernesto Romero Hernández
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Podríamos decir que toda la población de hombres y mujeres que al presente ha llegado a la tercera edad hemos sido educados y formados dentro de la disciplina y educación que los padres y los maestros o profesores nos inculcaban en el seno de la familia o en las escuelas y colegios. Desde la edad del kinder en adelante, se nos enseñaba a obedecer, a mostrar buen comportamiento, a la buena educación, a conocer y practicar los principios morales y religiosos a través de los años de la niñez y de la juventud.

Todo este acervo de conocimientos acompañaba el crecimiento de los niños o de las niñas a través de los años, hasta llegar a ser mayores de edad y ser ciudadanos útiles y con buena formación, como para desenvolverse en el trabajo empresarial, comercial, profesional, así como en el matrimonio y en todas las diferentes actividades del quehacer en el país.

Pero como es natural, en toda esta formación estaban involucradas la familia y la sociedad, unidas para formar ciudadanos valiosos al servicio de la patria. Si bien el principio de esta formación era obligación de los padres, también profesores y maestros aunaban esfuerzos, con lo que contribuían en mucho al mejor desarrollo humano, y así el molde en que se desarrollaban hembras y varones les permitía crecer física, emocional y moralmente con fundamentos como para ser orgullo de su familia y de su país, todo lo cual los alejaba de los vicios y malas costumbres, que tanto daño hacen a la sociedad en que vivimos.

Naturalmente que todo tiene su precio y, para desarrollar generaciones de hombres y mujeres que fueran la gloria y orgullo de aquellos tiempos, se necesitaba del sacrificio y esfuerzo para guiar y orientar a jóvenes de uno y otro sexos, quienes tenían que recibir esta formación por las buenas o por las malas, aceptando el premio o el castigo desde su niñez hasta su mayoría de edad, para cumplir con la sentencia que dice: “A los niños como a los arbolitos, hay que enderezarlos desde chiquitos”.

De no proceder en esta forma, mañana serán nuestros hijos quienes nos echarán en cara la falta que cometimos al no saberlos orientar y educar en su debido tiempo. No así si procedemos como deberíamos de haberlo hecho, porque en todo caso lamentaríamos las desviaciones que los llevaron a coger el camino equivocado, pero estaríamos en paz con nuestra conciencia por haber hecho todo lo humanamente posible y haberles aplicado el castigo cuando fue necesario.

Hoy se tiene un concepto distinto en la educación de los hijos; los derechos de la niñez y de la juventud han trastornado el orden establecido por nuestros abuelos y padres de familia; en las escuelas y colegios, los profesores están maniatados y no pueden castigar como se merece a los alumnos, porque hasta los mismos padres de familia se les echarían encima y la sociedad los castigaría a ellos y no a los alumnos.

Y si a esto agregamos que se terminó con la formación religiosa y moral de la juventud, llegamos a la triste y lamentable situación que todos los medios de información nos presentan a diario, con sucesos increíbles, grotescos y alarmantes, que siembran el terror entre las familias y comunidades, volviendo impotentes a los cuerpos de seguridad para detener o terminar con tantos delitos, haciendo que las cárceles sean insuficientes para albergar a semejante población de delincuentes, quienes no respetan a sus padres, a sus familiares y amigos, cometiendo toda clase de delitos a cualquier hora del día o de la noche.

Bueno sería que hoy que contamos con tantos y tan buenos pastores, sacerdotes y predicadores, sea obligatorio en todas las escuelas públicas y colegios privados la formación religiosa y moral, que la palabra de Dios sea escuchada a través de estos predicadores sin discriminaciones religiosas, pensando sólo en hacer el bien a las nuevas generaciones, para el engrandecimiento de las familias y de los pueblos de todas las naciones.

 

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