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Analizando
El aspecto ético y los títulos falsos
Armando rivera Bolaños*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Ahora las baterías de la Corte Suprema de Justicia y la
Fiscalía General de la República (FGR) apuntan hacia
otros objetivos, los mismos que debieron ser investigados hace tiempo
en el caso de los títulos falsos: los directivos universitarios
que extendieron y avalaron esos documentos fraudulentos.
En este penoso asunto, por el que fueron removidos de sus cargos
unas cuantas decenas de juzgadores, la culpabilidad, indudablemente,
envuelve a tres participantes antiéticos: las universidades
que otorgaron esos títulos, las autoridades educativas encargadas
del examen para registrarlos como válidos y los estudiantes
que se prestaron a la farsa, aunque descargar en estos últimos
todo el peso de la falsedad evidenciada en las investigaciones especiales
de la FGR nos pareció, desde el primer momento, una actitud
demasiado extrema, pero tampoco alejada del buen propósito
de sanear la profesión del Derecho en nuestro país
y, más aún, de depurar el sistema judicial de la República.
El aspecto ético estudiantil no puede soslayarse. De hecho
se dieron algunas actitudes que lo reflejan, como lo sucedido en
una de esas universidades, que después de varias investigaciones
fue cerrada por el Ministerio de Educación. Un grupo de estudiantes
de Ciencias Jurídicas, casi a mitad de la carrera, dispuso
entrevistarse con la entonces subdirectora nacional de Educación
Superior, Lic. Rebeca Berríos de González (sic). A
principios de julio de 1997, en forma serena, pero firme, le pidieron
aquellos estudiantes a la funcionaria que les dijera si la universidad
sería clausurada y cuáles serían las causas
de ese cierre, ya que los directivos (me refiero al rector, ahora
concejal capitalino y otro más), les decían que Educación
deseaba acabar con ese centro superior por pura politiquería,
basada en un supuesto espacio antipedagógico de las aulas.
La Lic. de González, amable y cortés, les respondió
cuáles eran los fundamentos reales por los que esa universidad
estaba a las puertas de ser desautorizada. Ese grupo de estudiantes,
en un gesto ético que debe ser emblemático de quien
desea ser profesional universitario honesto, se retiró de
esa universidad de inmediato y buscó otras universidades.
No permitió engaños ni falacias de quienes, a sabiendas
de sus manejos irregulares, seguían ofreciendo ventajas de
estudios, que estaban próximas a desaparecer.
Por eso son inaceptables las justificaciones sobre que
la Ley General de Universidades Privadas, por ser blanda y desdentada,
permitía las sinvergüenzadas que se dieron con los títulos
falsos, como también son inconcebibles las excusas
de quienes los aceptaron, a sabiendas de que fueron obtenidos de
mala fe y sin llenar los requisitos académicos necesarios.
No cabe duda de que jugaron sucio y manosearon una profesión
honrosa en la cual descansa el orden social y la convivencia humana.
La misma bella profesión que los antiguos romanos estructuraron
a lo largo de cinco siglos, para dar al mundo occidental los magnos
códigos que aún son objeto de estudio minucioso.
Apoyamos a la Corte Suprema de Justicia y Fiscalía General
de la República en este proceso depurador de nuestra querida
profesión. Confiamos en que mañana otros gremios profesionales
sigan este ejemplo decantador para alcanzar una mayor confiabilidad.
* Psicólogo y Lic. en C.C. Jurídicas.
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