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San
Josemaría Escrivá
Para todos los hombres de todos los tiempos
Luis Fernández Cuervo*
E-mail: lfcuervo@tutopia.com
Como
todos los grandes santos, Josemaría Escrivá tuvo que
madurar su santidad, con alegría, paciencia y caridad
Ayer, 6 de octubre, el Papa Juan Pablo II canonizó a un
nuevo santo: el sacerdote español Josemaría Escrivá,
fundador del Opus Dei. No voy a escribir sobre ese evento multitudinario
y conmovedor. Otros se encargarán de ello. El presente artículo
es como otros muchos míos, que aunque traten de temas de
actualidad, procuran destacar, sobre todo, lo que tenga de esencial,
universal y perenne. No escribo para los que ya conocen la personalidad
de San Josemaría y su obra. Esto está escrito para
aquellos que todavía no lo conocen e incluso para los que
puedan tener algún reparo hacia su persona o su mensaje abierto
a todos los hombres.
Conforme ahonda uno en la personalidad de San Josemaría y
en su mensaje ya realizado actualmente en una multitud de
personas, familias y labores, puede decirse, sin exageración,
que la novedad de su pacífica revolución teológica,
ascética y jurídica, es, efectivamente, un mensaje
de amor y comprensión abierto a todos los hombres de todos
los tiempos.
Me atrevo a escribir eso, porque el mensaje de este nuevo santo,
precisamente por ser genuinamente católico, supone, como
señaló el filósofo Cornelio Fabro, un modo
de entender la libertad que es nuevo en la espiritualidad cristiana,
unido además a un profundo sentido de la riqueza espiritual
e igual dignidad de todos los hombres y mujeres. Me atrevo, porque
él enseñó siempre que la cruz, el signo propio
de los cristianos, debe ser también el signo aritmético
de sumar, + , de unir y no de restar o dividir; porque el
mal no se combate con la violencia, que no es buena insistía
ni para convencer ni para vencer, sino que había
que ahogar el mal en abundancia de bien.
El Opus Dei decía desde que
se fundó, no ha hecho nunca discriminaciones: trabaja y convive
con todos, porque ve en cada persona un alma a la que hay que respetar
y amar. Igualdad porque delante de Dios, como hombres,
como criaturas, somos todos iguales. En otras ocasiones señalaba:
Paz, verdad, unidad, justicia. ¡Qué difícil
parece a veces la tarea de superar las barreras que impiden la convivencia
humana! Y, sin embargo, los cristianos están llamados a realizar
ese gran milagro de la fraternidad: conseguir, con la gracia de
Dios que los hombres se traten cristianamente, llevando los unos
las cargas de los otros, viviendo el mandamiento del amor, que es
el vínculo de la perfección y resumen de la ley.
Todo esto no se quedó sólo en ideas, sino que esa
apertura a todos los hombres tiene, entre otras manifestaciones,
la realidad de los cooperadores del Opus Dei, que sin pertenecer
a la obra, atraídos por sus valores innegables, ayudan de
diversas formas en las diversas tareas de formación personal
y de asistencia social a los más necesitados. Novedoso fue
el que la Santa Sede después de insistir repetidamente
el fundador de la obra admitiera que gente de otras creencias
religiosas, o sin religión alguna, pudieran contarse entre
esos cooperadores. Por eso pudo decirle a Juan XXIII: Padre
Santo, en nuestra obra siempre han encontrado todos los hombres,
católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo
de Vuestra Santidad.
Como todos los grandes santos, Josemaría Escrivá tuvo
que madurar su santidad, con alegría, paciencia y caridad,
sobrellevando no sólo enfermedades y circunstancias adversas,
sino, al principio, también calumnias y persecuciones, incluyendo
las de algunos eclesiásticos. A esto último lo llamaba
la contradicción de los buenos, pues suponía
que dichas acusaciones falsas las harían pensando estar
haciendo algo agradable a Dios. Y es que esa novedad esencial
de su mensaje, que todos los seres humanos, hombres y mujeres, de
cualquier raza, mentalidad, cultura y posición social, podían
y debían aspirar a la perfección cristiana, buscando
a Dios en su trabajo, en su familia y entre los afanes de su vida
ordinaria, todo eso, dicho a partir de 1928, chocaba con la mentalidad
extendida entre los católicos de aquel entonces, que pensaban
que para aspirar a la santidad había que dejarlo todo y entrar
en una orden o congregación religiosa.
El nuevo camino de santidad en el mundo debió
abrirse poco a poco, contra corriente; pero, años más
tarde, el Concilio Vaticano II vino a terminar de darle la razón
en su Constitución dogmática Lumen Gentium,
con su llamado universal a la santidad y con el reconocimiento,
allí y en otros de sus documentos, del papel esencial que
para la Iglesia tenía el apostolado de los laicos, es decir,
el nuevo papel que correspondía a los cristianos corrientes
como son la gente del Opus Dei en la vitalidad de la
Iglesia y en el progreso de la sociedad.
San Josemaría no le tuvo miedo al mundo, lo amó y
enseñó a amarlo apasionadamente, sin separar en la
vida de los cristianos corrientes, lo religioso por un lado y lo
humano por otro. Tampoco vio nunca oposición entre el progreso
científico y la fe. Y no tuvo nunca miedo a la libertad,
muy al contrario habló mucho y bien de la libertad: Estamos
obligados a defender la libertad de todos. Llevo toda
mi vida predicando libertad personal, con personal responsabilidad.
Cada día la amo más, la amo sobre todas las
cosas terrenas: es un tesoro que no apreciaremos nunca bastante.
La fe cristiana señala en una de sus homilías
nos lleva a ver el mundo como creación del Señor,
a apreciar, por tanto, todo lo noble y todo lo bello, a reconocer
la dignidad de cada persona, hecha a imagen de Dios y a admirar
ese don especialísimo de la libertad, por la que somos dueños
de nuestros propios actos y podemos con la gracia del cielo
construir nuestro destino eterno.
*Médico y columnista de El Diario de Hoy.
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