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Una mirada de fe
La unción de enfermos

Oscar rodríguez Blanco, s,d,b*
El Diario de Hoy
osrobla@hotmail.com

La unción no es, por lo tanto, un sacramento sólo para aquellos que estén a punto de morir

Cuando hablamos, usamos gestos y signos que expresan lo que pensamos, sentimos o queremos. Dios, para revelarnos su amor y misericordia, ha usado gestos y signos sencillos que nos revelan Su presencia, su acción amorosa y la riqueza de su salvación. Su mejor comunicación ha sido por medio de Jesucristo, que quiso usar nuestro lenguaje, compartiendo nuestra naturaleza humana y haciéndose en todo semejante a nosotros, menos en el pecado.
Los sacramentos, que son signos sensibles de salvación, nos revelan la presencia de Cristo en todas las etapas de la vida; son como fuerzas que brotan de su cuerpo, siempre vivo y vivificante.

Uno de esos sacramentos, que fortalecen nuestra debilidad corporal a causa de la enfermedad, es la unción de los enfermos. La enfermedad y el sufrimiento humano siempre han constituido uno de los más grandes problemas que perturban el espíritu del ser humano, lo desestabilizan e incluso lo pueden llevar a la rebeldía con Dios, o lo conducen a buscarlo y volver a Él. La enfermedad es parte de la naturaleza humana, la experimentamos en nosotros mismos o en los demás, a pesar de los grandes avances de la medicina y la capacidad de los médicos.
Jesús mismo, en numerosas ocasiones, curó la enfermedad física, sanó el espíritu y perdonó los pecados.

Cuando se dirigió al paralítico, le dijo: “Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (MT.9, 1-8 ). La enfermedad, que está íntimamente ligada a nuestra misma situación humana, no es un castigo que Dios nos manda por nuestros pecados personales. Cristo mismo, inocente de todo pecado, compartió el sufrimiento humano, padeció y murió en una cruz. Quiere que la enfermedad sea combatida como combatimos también la miseria, la ignorancia, la pobreza, la injusticia. La lucha contra la enfermedad entra también en los planes de Dios que quiere que busquemos la salud para poder cumplir con nuestros deberes en la sociedad.

Jesús continúa su misión sanadora entre nosotros con el sacramento de la unción, para confortar el cuerpo y sanar el espíritu. Es uno de los siete sacramentos del Nuevo Testamento, instituido por Cristo y expresado por San Marcos cuando en su Evangelio nos dice que sanaban a numerosos enfermos imponiéndoles las manos y ungiéndolos con aceite (Mc.6, 13), dado a conocer y recomendado por el apóstol Santiago, que en su carta nos dice: “¿Hay algún enfermo? Que llame a los presbíteros de la iglesia para que oren por él y lo unjan con aceite, invocando al Señor. La oración hecha con fe le dará la salud al enfermo y el Señor hará que se levante; y si tiene pecados, se le perdonarán” (St. 5, 14-15). La unción es, por lo tanto, algo tradicional en la iglesia, y es administrada solamente por el obispo o el sacerdote.

Con frecuencia nos encontramos personas que quisieran que sus familiares o amigos enfermos recibieran este sacramento, pero por ignorancia o descuido religioso nos dicen: “Padre, tenemos miedo de que el enfermo piense que se va a morir”. Se han quedado con el antiguo nombre de “extrema unción”, que se daba solamente a los que estaban a punto de morir. La unción sacramental tiene un sentido muy humano y muy cristiano, ya que al enfermo se le unge con estas palabras: “Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para que te libre de tus pecados, te conceda la salvación y te reconforte en tu enfermedad”. Son palabras que fortalecen en la fe, en la esperanza y en la caridad, para que el enfermo viva cristianamente su padecimiento. La unción no es, por lo tanto, un sacramento sólo para aquellos que estén a punto de morir. Es la oportunidad que se brinda incluso antes de una operación importante o a personas de avanzada edad, aun cuando estén gozando de buena salud, para que experimenten la paz y tengan ánimo para soportar cristianamente los sufrimientos de la enfermedad o de la vejez.


* Párroco de la iglesia de María Auxiliadora (Don Rúa)

 

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