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¿Dónde están los límites?

Marchar por las calles se ha vuelto el método más usado de los que están inconformes con alguna decisión. Marchan los médicos, sindicalistas, estudiantes, travestis, buseros y maestros.

Roxana Huezo
Escenarios
El Diario de Hoy
rhuezo@hotmail.com

Está bien que lo hagan. Muchos quisieran tener tiempo y la disponibilidad de hacerlo.
Pero que alguien me diga cuál es la línea que separa los derechos que tienen los manifestantes y los derechos del resto de ciudadanos que no pueden transitar por las principales calles de la ciudad capital.

Sé que muchos han leído, un sinfín de veces, que el que pierde es el que tiene que bajarse del bus y caminar y caminar para llegar no tan tarde a su lugar de trabajo. Porque de lo contrario les descuentan el día. En el sector privado, el que no produce no es rentable, y como dicen por ahí, el trabajo que realiza una persona lo están esperando tres que lo harían por menos paga. Esa es la realidad. Esa es la situación.

Las calles son de todos. Pagamos un impuesto de vialidad que nos da derecho a caminar por la acera. También los que marchan lo pagan, sí, pero entonces dónde está el límite a la libertad de expresión (decir lo que molesta) y la libre circulación.

La Policía está para garantizar que en ninguna vía exista impedimento que obstaculice el paso. Pero si lo hacen a la fuerza, está mal, pues viola los derechos humanos de los que forman parte de la marcha. Si no los quitan, pecan de “blandengues”. Nunca se queda bien con todo el mundo.

Pero, ¿quién defiende a los que pasan horas en un congestionamiento o caminando un largo trecho? Me dirán que los manifestantes hablan por la mayoría, ¡bueno, se les agradece!, pero la incomodidad no puede obviarse. Que no se mal entienda, la intención de manifestarse no es mala. La estrategia es buena, pero la forma como se pone en práctica crea inconvenientes. ¿Por qué tapar todas las entradas a la capital? ¿Por qué no sólo un par de ellas para que el tránsito pueda ser un poco más ágil?

Además, los marchantes se la desquitan con quien tienen enfrente. No les importa que sea gente que por causalidad o rutina transita por el lugar o simpatiza con su lucha. Gritan y gritan por costumbre. Que griten propuestas, que griten soluciones, y vamos a gritar todos.

 

 

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