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Comentario de la semana
Con
Dios ante las adversidades
Por Juan Pablo II
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
El
salmo 85 nos brinda una sugestiva definición del orante.
Se presenta a Dios con estas palabras: soy "tu siervo"
e "hijo de tu esclava". Desde luego, la expresión
puede pertenecer al lenguaje de las ceremonias de corte, pero también
se usaba para indicar al siervo adoptado como hijo por el jefe de
una familia o de una tribu.
Desde esta perspectiva, el salmista, que se define también
"fiel" del Señor, se siente unido a Dios por un
vínculo no sólo de obediencia, sino también
de familiaridad y comunión. Por eso, su súplica está
totalmente impregnada de abandono confiado y esperanza.
El Salmo comienza con una intensa invocación, que el orante
dirige al Señor confiando en su amor. Al final expresa nuevamente
la certeza de que el Señor es un "Dios clemente y misericordioso,
lento a la cólera, rico en piedad y leal". Estos reiterados
y convencidos testimonios de confianza manifiestan una fe intacta
y pura, que se abandona al "Señor (...) bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan".
En el centro del Salmo se eleva un himno, en el que se mezclan sentimientos
de gratitud con una profesión de fe en las obras de salvación
que Dios realiza delante de los pueblos.
Contra toda tentación de idolatría, el orante proclama
la unicidad absoluta de Dios (cf. v. 8). Luego se expresa la audaz
esperanza de que un día "todos los pueblos" adorarán
al Dios de Israel (v. 9). Esta perspectiva maravillosa encuentra
su realización en la Iglesia de Cristo, porque él
envió a sus apóstoles a enseñar a "todas
las gentes" (Mt 28, 19). Nadie puede ofrecer una liberación
plena, salvo el Señor, del que todos dependen como criaturas
y al que debemos dirigirnos en actitud de adoración. En efecto,
él manifiesta en el cosmos y en la historia sus obras admirables,
que testimonian su señorío absoluto.
En este contexto el salmista se presenta ante Dios con una petición
intensa y pura: "Enséñame, Señor,
tu camino, para que siga tu verdad; mantén mi corazón
entero en el temor de tu nombre".
Es hermosa esta petición de poder conocer la voluntad de
Dios, así como esta invocación para obtener el don
de un "corazón entero", como el de un niño,
que sin doblez ni cálculos se abandona plenamente al Padre
para avanzar por el camino de la vida.
En este momento aflora a los labios del fiel la alabanza a Dios
misericordioso, que no permite que caiga en la desesperación
y en la muerte, en el mal y en el pecado.
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