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Tema
para meditar
Es hora de conclusiones
Edgar López Bertrand
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Después
de mil años, período que lleva el nombre de milenio,
Satanás es desatado y procede a dirigir una vez más
a los hombres en su rebelión contra Dios.
Llegamos ahora a la conclusión de la Biblia. En la isla
de Patmos, pequeño punto rocoso en el mar, a unos pocos kilómetros
al sudoeste de Efeso, Juan fue exiliado para que muriese de hambre
y de exposición a las inclemencias del tiempo. Pero aun allí
el Señor se le apareció en una visión incomparable
y gloriosa. Esta visión se llama Apocalipsis o Revelación.
El velo se descorre y Jesucristo es revelado en su gloria y majestad,
y en su reino. Esta exaltación es la recompensa que Dios
le otorgó a Jesús por habernos salvado, hijos caídos
de Adán, de nuestros pecados.
Después de la visión del Cristo exaltado y glorificado
en el capítulo 1, y después de las palabras proféticas
relativas a la era de la iglesia en los capítulos 2 y 3,
tenemos el arrebatamiento de Juan a través de la puerta abierta
del cielo. Mientras Juan, elevado al cielo, está con el Salvador,
se desencadenan sobre la tierra los juicios del Dios Todopoderoso,
denominados, en conjunto, la gran tribulación.
Estos juicios están descritos en la apertura de los siete
sellos, las siete trompetas y las siete copas. En esos difíciles
días, Juan tiene una visión relativa a los redimidos
del Señor que están en la gloria (Apoc. 7), los redimidos
que han sido comprados y lavados con su sangre.
Se le anuncia a Juan, por medio de uno de los ancianos, que estos
redimidos son los que han salido de la gran tribulación,
han lavado sus vestidos y los han blanqueado en la sangre del Cordero.
Este es el hilo escarlata de la redención, que
comenzó con la sangre de la cobertura del pecado en el jardín
de Edén y encuentra su consumación en la muchedumbre
de los que han sido lavados con sangre y se encuentran ante el trono
de Dios en la gloria.
Después de los siete sellos y los juicios correspondientes,
las siete trompetas y los juicios correspondientes, las siete copas
y los juicios correspondientes y los siete ángeles y los
juicios correspondientes, llegamos al gran día de juicio
final del Dios Todopoderoso. El anticristo, que pretende ser el
dirigente de las naciones del mundo, se encuentra reuniendo a los
ejércitos de toda la tierra.
Convergen desde el Norte, en Rusia; desde el Este, en la China;
desde el Sur, en el África, y desde el Oeste, en Europa y
las islas del mar. Se reúnen con motivo de ese gran día
del Señor. Se trata de la batalla de Armagedón, la
última gran guerra que ha de conocer el mundo. En Meguido,
los ejércitos de la tierra, con sus millones y millones,
se reunirán para enfrentarse a Dios. En medio de este holocausto
inimaginable, interviene Cristo en la historia humana. Viene con
sus santos. Libera a su pueblo y ata a Satanás, arrojándolo
en el pozo del abismo, donde estará por mil años.
Este es el conflicto final, que da por terminada para siempre la
negativa de los hombres a aceptar la voluntad de Dios para su vida.
En los momentos finales, al producirse la resurrección final
de los que han muerto en su maldad, como también el juicio
del gran trono blanco, se abren los libros, y aquellos cuyos nombres
no se encuentran escritos en el libro de la vida del Cordero son
arrojados y castigados de conformidad con sus hechos.
Al abismo del infierno son arrojados Satanás y sus ángeles,
juntamente con los que eligen a Satanás y su modo de vida,
además de la muerte y la tumba: todos ellos son arrojados
a las llamas del fuego ardiente, donde la bestia y el falso profeta
se encuentran ya desde hace mil años.
Una vez que la tierra ha sido liberada de Satanás y sus secuaces,
después del juicio contra los que rechazan a Cristo y su
gracia, y una vez que la tierra ha sido purificada de los dolores
y las lágrimas producidas por la enfermedad, el pecado, la
muerte y la tumba, se producirá la renovación de esta
tierra y estos cielos. Se trata de una nueva creación con
nuevos cielos y nueva tierra, rehechos de conformidad con la plenitud
de la gloria y la maravilla de Dios.
En esa nueva creación se encuentra la nueva Ciudad Santa,
la Jerusalén celestial, y allí se encuentra también
la morada de Dios mismo. Las lágrimas, la muerte, el dolor,
el pesar y los lamentos se habrán terminado para siempre.
No hay sepulcros en las laderas del cielo, ni coronas funerarias
en las puertas de esas mansiones celestiales.
El libro de Apocalipsis concluye con el incomparable mensaje de
la salvación y la esperanza que tenemos en la venida y la
presencia personales del propio Señor Jesucristo. Este es
el hilo escarlata de la redención que conduce
al cielo. ¡Por favor, que no pase un día más
sin recibir a Cristo como tu salvador personal!
* Pastor
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