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El Salvador en perspectiva
El costo del analfabetismo

Mario rosenthal*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

La falta de educación universal y eficiente sí es un factor en el costo de la pobreza social, porque reduce el nivel de cultura.

El costo de la pobreza social de los países pobres es más alto que el de los países ricos, pero como está oculto y no figura en el presupuesto, no se puede calcular. Ciertamente los presupuestos contienen asignaciones para salud pública, educación e inversiones, pero no se puede decir que son parte de los costos de la pobreza, porque son gastos corrientes de servicios necesarios que todo gobierno debe suplir a las poblaciones enteras sin ninguna discriminación.

La falta de educación universal y eficiente sí es un factor en el costo de la pobreza social, porque reduce el nivel de cultura con efectos sobre todas las actividades de los habitantes. No estamos hablando de las artes, de la pintura, de la música ni de la literatura, sino de las cosas tan sencillas como saber qué precauciones se deben tomar para cruzar una calle con mucho trafico, cómo poner una carta, que significa un semáforo en rojo o un rótulo en el que se lee “alto”, orientarse con un mapa o hallar un número en la guía telefónica.

Las complicaciones de la vida moderna son obstáculos infranqueables para el analfabeto, y el índice de analfabetismo en cualquier país donde el sistema de gobierno es la democracia republicana y representativa y las autoridades se eligen por medio del sufragio debería ser cero. Antaño, muchos estados de los Estados Unidos negaban el voto a los analfabetos, y no fue hasta que una ley federal aprobada en 1965 prohibió las pruebas de alfabetismo, que eran discriminatorias, que se les permitió votar. A pesar de eso está vigente una ley de 1917 que exige que toda persona mayor de 16 años que ingresa a Estados Unidos, sea inmigrante o visitante temporal, pueda leer por lo menos 30 palabras en inglés o su idioma natal, aunque no se observa.

Además están los “analfabetos funcionales”, producto de la falta de la educación universal y eficiente que abundan en países pobres. Pueden leer y escribir, pero no están capacitados para funcionar eficientemente con los adelantos de las técnicas modernas, que no sólo requieren facilidades manuales, sino también un grado de discernimiento.

Este problema se explica citando a un ingeniero que dice que, cuando se pone en manos de un trabajador o trabajadora una máquina delicada, no basta explicar al empleado el manejo de los controles que debe usar, sino también, para evitar desastres, hay que explicar cuidadosamente al trabajador lo que no se debe hacer y hasta lo que no se debe tocar.

Refiriéndose siempre al trabajador de poca preparación, el ingeniero dice que la falta de responsabilidad entre ellos es notoria y es imposible que acepten culpa por una avería. “No hay que perder el tiempo tratando de establecer quién es el responsable de que una máquina haya dejado de funcionar”, dice. “La experiencia demuestra que lo indicado es reparar la máquina y seguir trabajando sin perder más tiempo”, agrega el ingeniero. Los “semi-educados” muchas veces son de inteligencia superior, y esto los torna más peligrosos si no han sido instruidos en consultar antes de actuar por decisión propia, porque los de menos educación son los más orgullosos y les da vergüenza consultar.

Su falta de educación les impide ser buenos ciudadanos. Muchas veces, los “semi-educados”, por su viveza, desarrollan un resentimiento social profundo y se dedican a actividades ilegales. Pero, también su falta de preparación y conocimientos los hacen creer que son más vivos que las autoridades y no se dan cuenta hasta que están tras de las rejas. Desafortunadamente, no pocas veces encuentran homólogos en el campo de la legalidad que colaboran con ellos.

El rol material de los ciudadanos dentro de una sociedad organizada, que en nada afecta su máximo cometido de servir a Dios ni en de cumplir las obligaciones hacia sus semejantes de acuerdo con sus habilidades, es de producir y consumir. Esto se refleja en las estadísticas que proporcionan los economistas, que estiman el efecto aproximado de la pobreza social sobre la producción, consumo, ingreso y gastos de una sociedad, en que participamos todos y cada uno.


* Periodista y columnista de El Diario de Hoy.

 

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