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Opinando
La familia

María Teresa de Jovel*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

La verdad, el amor, los valores, el respeto por las otras personas se aprenden sólo en el hogar

La polémica por el proyecto del “Código de la Niñez”, de la Secretaría Nacional de la Familia, demuestra la preocupación por proteger a la niñez y la juventud. La violencia intrafamiliar, los abusos, los maltratos, los vejámenes, las violaciones nos dejan angustiados. Pero no podemos quedarnos sólo en eso.

Tanto el proyecto como las opiniones suscitadas tienen parte de verdad. Pero sería bueno un consenso: es a la familia a la que hay que proteger y fortalecer, para que ella proteja y defienda a sus propios hijos. La excepción serían las familias en situación irregular, donde se dan los casos de violencia enumerados.

Habría que encontrar el hilo para deshacer el nudo gordiano de “cómo fortalecer la familia”, que es el camino adecuado para proteger a la niñez y los adolescentes.

A la familia debe la sociedad su existencia. Ella da la vida; en ella se desarrolla el amor, la confianza, el respeto, y es el lugar idóneo para la educación. “El futuro de la humanidad se fragua en la familia” (Familiaris consortio, 86).

Sin embargo, no se pueden ocultar las dificultades que enfrenta la mayoría de las familias salvadoreñas, angustias e inquietudes de los padres que, en lugar de ir mejorando, parece que van empeorando.
El objetivo principal debería ser el fortalecimiento de las familias más necesitadas, darles la oportunidad de ser “esa familia” que hasta ahora se ha quedado en un ideal que sólo existe en los proyectos, en el papel y en buenas intenciones. Sentar las bases para que tengan las herramientas necesarias para estar bien constituidas y con la posibilidad de satisfacer las necesidades mínimas de un ser humano.

Formar hogares verdaderos donde se viva el amor recíproco de los esposos y de los hijos, el respeto por cada miembro de la familia y por los demás, la educación y formación intelectual y moral de cada uno.

Juan Pablo II ha dicho: “La familia es el lugar más sensible donde podemos poner el termómetro que nos indique los valores y contravalores que animan o corroen la sociedad de un determinado país. Las familias deben crecer con la conciencia de ser ‘protagonistas’ de la llamada ‘política familiar’ y asumir la responsabilidad de transformar la sociedad. Un motivo ulterior para que los países y sus gobiernos adquieran conciencia de estar llamados a salvar y cultivar la esperanza de todas las familias a través de la justicia social, a formar y educar hombres y mujeres en los valores morales de modo que estén abiertos a la comunidad social y movidos por un sentido de justicia y de respeto a los demás” (Discurso a las familias, Chile, 1987).

La verdad, el amor, los valores, las virtudes, el respeto por las otras personas y por la sociedad se aprenden, principalmente y a veces, sólo en el hogar. Deber y derecho que hay que ejercer y defender a como dé lugar ante este mundo materialista que propone acumular cosas como sumo bien del hombre y la sociedad, evitando así que todos los seres humanos tengan la posibilidad de superar la pobreza en la que muchísimos nacen, viven y mueren.

¿Cómo se les puede pedir todo esto a las familias que no tienen cubiertas ni siquiera sus necesidades básicas como seres humanos?

Habría que comenzar introduciendo medidas urgentes para reforzar las familias —las que ya existen, que se irán formando, que están destruidas, que tienen sólo a la madre— para tener esa comunidad de amor, justicia, respeto, educación y cuidado por los niños y adolescentes que tanto necesitan:
- Casa digna, sistemas sanitarios necesarios.

- Capacitación y trabajo bien remunerado.

- Alimentación, educación, salud, descanso, diversión.
- Educación de valores morales.

En este país tan chico, con tantos recursos humanos y económicos, es inconcebible no dar a todos las herramientas que les permitan salir de la pobreza, la indigencia, la ignorancia, el desempleo, el hambre, las injusticias, la delincuencia. Tener una familia digna.

Dice Juan Pablo II: “También aquí, como en muchos otros países, he podido ver con dolor la pobreza extrema de muchos en contraste con la opulencia de algunos” (Discurso a los pobladores. Chile, l987).
¿Qué nos falta para reaccionar? ¿Qué necesitamos para darnos cuenta que entre todos podemos hacerlo? Hay que poner todos los esfuerzos necesarios para lograrlo.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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