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Sobre las mujeres
Un cuento para don Dagoberto

Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

“¡Ay de los pueblos que desestimen el valor de sus mujeres!”, dice un famoso autor clásico al referirse a las valerosas heroínas que pinta Homero, que debieron ser verdaderamente grandes para poder parir hijos que fueran semidioses

Había una vez, allá por 1656, en el México colonial, orgullosa capital del Virreinato de Nueva España, una niña inquieta y bulliciosa, dotada de singular belleza y no menor talento. Juana de Asbaje y Ramírez aprendió a leer a los 3 años, no comía queso porque le habían dicho que entorpecía la inteligencia y castigaba su vanidad cortándose el cabello cuando no lograba aprenderse algo.

Pretendió ir a la universidad disfrazada de hombre, y al ser rechazada y con los libros como únicos maestros, fue formándose en profundos conocimientos de Teología, Retórica, Física, Música, Aritmética, Historia, Astrología y otras ciencias. Desde los quince años forma parte de la corte del Virrey Mancera, quien para demostrar la capacidad intelectual de su protegida, la hace rendir examen ante 40 doctores de la universidad, en el que triunfó “a la manera que un galeón real se defendería de unas pocas chalupas”, según testimonio de uno de estos doctos examinadores masculinos.

A todos sorprende su decisión de ingresar al convento, que pronto convierte en una academia literaria, lo que le causa una reconvención del Obispo de Puebla, quien le reprocha estas actividades y la conmina a dedicarse a cumplir sus deberes de religiosa. Su rica personalidad y la precocidad demostrada en su niñez, su ansia de saber, que considera un regalo de Dios, y su evidente afán enciclopedista la sitúan al margen de la mujer del Siglo XVI, relegada a tareas secundarias.

Los comentarios antifeministas del Dr. Dagoberto Marroquín, que él califica de broma porque “él es esposo digno, ejemplar y sumiso” (Ciro Cruz Cepeda), merecen narrar un suceso en la vida de Sor Juana: Con motivo de unas festividades, se congregó la crema y nata de la intelectualidad criolla y peninsular en la iglesia de los jesuitas para escuchar la palabra elocuente del padre Antonio Vyeira. Algunos puntos allí expuestos son audazmente rebatidos por Sor Juana en su famosa “Carta atenagórica o crisis en un sermón”, donde muestra la firmeza de su pensamiento y su dominio de la Teología y las ciencias.

Nueva causa de indignación del Obispo de Puebla, que compartía las ideas de don Dagoberto. Ordena a la atrevida monja a limitarse a desempeñar las funciones propias del sexo bello y dejar estos temas de tanta altura para quienes están en capacidad de manejarlos: el sexo feo.

Y al igual que tantas salvadoreñas, resentidas porque don Dagoberto no las considera aptas para la política, la inquieta Juana contraataca con su “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz”, rica confesión de su personalidad, en la que defiende el derecho de la mujer a pensar y afirmando rotunda y valientemente su condición de mujer intelectual. Esta obra abre el camino a la autobiografía y al ensayo en la literatura hispanoamericana.

En España se publicaban ya entonces las obras de quien es considerada “la Décima Musa de México”, quedando así consagrada como uno de los genios del Nuevo Mundo. Los últimos años de su vida son de interiorización y de intensa dedicación a la vida conventual. Cuando hambres, tumultos y epidemias arrasan la ciudad de México, deja de escribir, vende su valiosa biblioteca de casi 4 mil volúmenes y dona el dinero a los pobres. Y al declararse la peste, se niega a abandonar el convento, cuidando celosamente a los infectados, lo que le acarrea el contagio y la muerte, cumpliéndose así el binomio de intelectual brillante y mujer abnegada.

Y el cuento se acabó, don Dagoberto, y la moraleja es que la sangre de esta Juana de Asbaje y Ramírez de Santillana, corre pujante por las venas de todas las mujeres salvadoreñas: lo heredamos, no lo hurtamos. Nos sentimos muy orgullosas de ser esposas, madres y abuelas, capaces de demostrar nuestro amor al marido y a los hijos en hogares que hemos hecho luminosos y alegres para que se encuentren a gusto, mientras con inteligencia hemos profesionalizado las tareas domésticas, con ayuda de la tecnología, que pone a nuestra disposición batidora, secadora, lavadora y todas las demás “doras”.

Podemos curar, con delicada ternura, un raspón o un ojo morado; limpiar una cara llena de mocos, coser un vestido o una camisa rota, oír con sabiduría infinita las primeras tragedias de amor de los hijos adolescentes y comprender los fracasos que nuestros valientes compañeros experimentan, cuando la vida los golpea. Pero que eso no impide que simultáneamente podamos desempeñarnos también con éxito como médicas, abogadas, ingenieras, arquitectas, profesoras, enfermeras y hasta en política, muchas veces con más capacidad que los señores. Para muestras Evelyn de Lovo y María Eugenia Brizuela de Ávila.

“¡Ay de los pueblos que desestimen el valor de sus mujeres!”, dice un famoso autor clásico al referirse a las valerosas heroínas que pinta Homero, que debieron ser verdaderamente grandes para poder parir hijos que fueran semidioses.

*Profesora y columnista de El Diario de Hoy.

 

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