La ilusión
que llegó del frío
Poco más de dos semanas le bastaron
a este joven para perder la esperanza de
encontrar un trabajo en la lejana Suecia
- Teresa
Cubías
- El Diario
de Hoy
El
viaje lo armé en sólo ocho
días. Mi mamá me dio el dinero del
sueldo y el aguinaldo, y con él logre
recolectar los 11 mil colones del boleto,
más un dinero extra para los
trámites.
Un apartamento gratis, trabajo y 700
dólares mensuales para un año era
un atractivo suficiente para emprender cualquier
aventura. A cambio, había que aprender el
idioma, para, luego, valerse por sí
solo.
El rumor de que Suecia daba permisos
migratorios a los salvadoreños me
llegó como a otros muchos compatriotas.
No sé realmente quién
inició la noticia, pero se regó
por todas partes.
A mis 25 años, la ganas de trabajar
allá, devolverle el dinero a mi madre y
enviar más para comprar un casa en El
Salvador bien valían por el esfuerzo del
viaje.
En el avión, la compañía
de familias de salvadoreños, con dos o
tres niños, contaban el esfuerzo que
habían hecho para viajar hasta
allá -la venta de casas, terrenos,
carros-. Íbamos un grupo de 60 personas.
Nos sentíamos seguros; había
temor, pero no podía salir mal.
En el aeropuerto de Estocolmo, la capital de
Suecia, y después de más de 20
horas de vuelo y esperas, nos trataron bien.
Seguimos al pie de la letra las instrucciones
que nos había dado un contacto por
Internet.
Al llegar, aseguramos que sólo
portábamos en los bolsillos $25. De este
modo, nos daban dinero y trasladaban a un
albergue. En esos apartamentos pequeños,
calculo que hay unos 500
salvadoreños.
La alimentación no faltó. Era
comida enlatada los tres tiempos. El
único día que comimos algo
diferente, pollo rostizado, fue el 24.
El número de familias que llegan al
refugio aumenta a diario. Recuerdo una pareja de
esposos bastante jóvenes con tres
pequeñas. Habían gastado
más de 50 mil colones para costearse el
viaje. Cuando se dieron cuenta de que a nadie le
iban a dar permiso de quedarse se
regresaron.
Luego de unos días me
entrevisté con el personal de
migración. Me aclararon con insistencia
que no había ningún tipo de
convenio con el Gobierno de El Salvador para
recibir a compatriotas allí.
A veces se puede tardar hasta dos
años. En todo ese tiempo los mantiene el
gobierno, pero insiste en que no dan
permisos.
En esa conversación terminó mi
esperanza de poder quedarme. Esa realidad es
más dura para las familias de
salvadoreños que vendieron todo para irse
o hicieron préstamos.
La desilusión no fue la única
sorpresa. A la hora de abordar los autobuses,
las personas se apartaban de mi lado,
preferían viajar paradas en lugar de
sentarse junto a los cabezas negras, como les
dicen a los latinos.
La ropa para el frío que mi madre me
compró en El Salvador no me
sirvió. Me ponía hasta cuatro
camisas con dos suéteres para calmar el
frío.
Muchas personas regresan sin avisar a los
familiares por pena.
Suecia
da un mes de plazo
El Gobierno
sueco busca reducir el tiempo de estancia de
ciudadadanos salvadoreños en ese
país con la agilización del
trámite de los permisos migratorios. La
medida llega después de que un
considerable número de compatriotas,
hasta 300 desde noviembre, llegaran a ese
país