Sábado 5 de enero 2002



La ilusión que llegó del frío

Poco más de dos semanas le bastaron a este joven para perder la esperanza de encontrar un trabajo en la lejana Suecia

Teresa Cubías
El Diario de Hoy

El viaje lo armé en sólo ocho días. Mi mamá me dio el dinero del sueldo y el aguinaldo, y con él logre recolectar los 11 mil colones del boleto, más un dinero extra para los trámites.

Un apartamento gratis, trabajo y 700 dólares mensuales para un año era un atractivo suficiente para emprender cualquier aventura. A cambio, había que aprender el idioma, para, luego, valerse por sí solo.

El rumor de que Suecia daba permisos migratorios a los salvadoreños me llegó como a otros muchos compatriotas. No sé realmente quién inició la noticia, pero se regó por todas partes.

A mis 25 años, la ganas de trabajar allá, devolverle el dinero a mi madre y enviar más para comprar un casa en El Salvador bien valían por el esfuerzo del viaje.

En el avión, la compañía de familias de salvadoreños, con dos o tres niños, contaban el esfuerzo que habían hecho para viajar hasta allá -la venta de casas, terrenos, carros-. Íbamos un grupo de 60 personas. Nos sentíamos seguros; había temor, pero no podía salir mal.

En el aeropuerto de Estocolmo, la capital de Suecia, y después de más de 20 horas de vuelo y esperas, nos trataron bien. Seguimos al pie de la letra las instrucciones que nos había dado un contacto por Internet.

Al llegar, aseguramos que sólo portábamos en los bolsillos $25. De este modo, nos daban dinero y trasladaban a un albergue. En esos apartamentos pequeños, calculo que hay unos 500 salvadoreños.

La alimentación no faltó. Era comida enlatada los tres tiempos. El único día que comimos algo diferente, pollo rostizado, fue el 24.

El número de familias que llegan al refugio aumenta a diario. Recuerdo una pareja de esposos bastante jóvenes con tres pequeñas. Habían gastado más de 50 mil colones para costearse el viaje. Cuando se dieron cuenta de que a nadie le iban a dar permiso de quedarse se regresaron.

Luego de unos días me entrevisté con el personal de migración. Me aclararon con insistencia que no había ningún tipo de convenio con el Gobierno de El Salvador para recibir a compatriotas allí.

A veces se puede tardar hasta dos años. En todo ese tiempo los mantiene el gobierno, pero insiste en que no dan permisos.

En esa conversación terminó mi esperanza de poder quedarme. Esa realidad es más dura para las familias de salvadoreños que vendieron todo para irse o hicieron préstamos.

La desilusión no fue la única sorpresa. A la hora de abordar los autobuses, las personas se apartaban de mi lado, preferían viajar paradas en lugar de sentarse junto a los cabezas negras, como les dicen a los latinos.

La ropa para el frío que mi madre me compró en El Salvador no me sirvió. Me ponía hasta cuatro camisas con dos suéteres para calmar el frío.

Muchas personas regresan sin avisar a los familiares por pena.

Suecia da un mes de plazo

El Gobierno sueco busca reducir el tiempo de estancia de ciudadadanos salvadoreños en ese país con la agilización del trámite de los permisos migratorios. La medida llega después de que un considerable número de compatriotas, hasta 300 desde noviembre, llegaran a ese país


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