Un
santo de nuestra época
Cien años
María
Teresa de Jovel*
Miles
de fieles en todo el mundo estaremos pensando,
meditando y agradeciendo al Señor por lo
que ha significado para cada uno de nosotros el
haber encontrado y conocido -personalmente o a
través de sus escritos- a un santo de
nuestra época y nuestro siglo, que ha
cambiado y sigue cambiando de manera radical
nuestra vida. Este hombre habría cumplido
cien años el próximo 9 de
enero.
El beato Josemaría Escrivá de
Balaguer nos ha ayudado a millones de personas
en los cinco continentes a buscar la santidad en
la vida ordinaria. Ese día no supone una
simple conmemoración, ni sólo el
recuerdo de una fecha importante. Es una
invitación a reflexionar sobre sus
enseñanzas; una responsabilidad por
cumplir lo que a través de él nos
ha enseñado el Señor y un reto
para descubrir cómo cada día
podemos ir incorporando -esculpiéndolo
decía él-, haciéndolo vida
de nuestra vida, el espíritu del Opus
Dei.
Su fundador gastó toda su vida y todo
su tiempo en anunciar a Jesucristo, recordando
que se puede ser plenamente discípulo de
Cristo en medio del mundo. El centenario ha de
ser, para todos sus hijos, un eco de esa verdad
cristiana radical que llena la vida de sentido y
de alegría.
En 1967, durante una homilía afirmaba:
"No lo dudéis, hijos míos:
cualquier modo de evasión de las honestas
realidades diarias es para vosotros, hombres y
mujeres del mundo, cosa opuesta a la voluntad de
Dios. Dios os llama a servirle en y desde las
tareas civiles, materiales, seculares de la vida
humana: en un laboratorio, en el
quirófano de un hospital, en el cuartel,
en la cátedra universitaria, en la
fábrica, en el taller, en el campo, en el
hogar y la familia, y en todo el inmenso
panorama del trabajo. Dios nos espera cada
día. Sabedlo bien: hay un algo santo,
divino, escondido en las situaciones más
comunes, que toca a cada uno de vosotros
descubrir".
Por eso, para todos los que hemos encontrado
un nuevo camino para nuestras vidas, es
también una invitación a difundir
ese gozoso mensaje. Comunicar que ese camino
-empedrado de cosas pequeñas- que los
cristianos recorren con el deseo de encontrar,
tratar y amar a Jesucristo, es accesible para
todos aquellos que tienen el corazón y el
alma llenos de la ilusión de convertir,
como decía el beato Josemaría: "En
divinos todos los caminos de la tierra".
También nos decía en otra
ocasión: "Hijos míos, allí
donde están vuestros hermanos los
hombres, allí donde están vuestras
aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores,
allí está el sitio de vuestro
encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de
las cosas más materiales de la tierra,
donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y
a todos los hombres". Quería, de esta
manera y de muchas otras, apartarnos de la
tentación, tan frecuente entonces y
ahora, de llevar como una doble vida: "la vida
interior, la vida de relación con Dios,
de una parte, y de otra -distinta y separada- la
vida familiar, profesional y social, plena de
pequeñas realidades terrenas. ¡Que
no, hijos míos!" Y, añadía,
lleno de seguridad y de entusiasmo: "O sabemos
encontrar en nuestra vida ordinaria al
Señor, o no lo encontraremos nunca (...).
Os aseguro, hijos míos, que cuando un
cristiano desempeña con amor lo
más intrascendente de las acciones
diarias, aquello rebosa de la trascendencia de
Dios".
No podemos olvidarnos, también, de dar
gracias al Señor por los inmensos dones
con que llenó el alma del fundador de la
Obra y por la fidelidad con que él supo
corresponder. Sobre todo, al recordar las
continuas manifestaciones de humildad que
brotaban de su corazón con total
sinceridad. Se consideró siempre como "un
borrico sarnoso, un pecador que ama locamente a
Jesucristo, un instrumento inepto y sordo".
El solemne reconocimiento de su ejemplaridad
cristiana, proclamada por el santo padre Juan
Pablo II y, con él, toda la Iglesia,
suena como una llamada impetuosa a meditar una
vez más sobre el sentido último y
más profundo de la virtud de la humildad:
"Camino seguro para llegar a Dios. Ocultarme y
desaparecer es lo mío: que sólo
Jesús se luzca", ésta fue la
única ambición del beato
Josemaría, sintetizada, desde sus
primerísimos años como sacerdote,
en una jaculatoria que es un auténtico
programa de vida cristiana: "¡Deo omnis
gloria! ¡A Dios toda la gloria!"
La vida y enseñanzas del beato
Josemaría nos llevan a fijar nuestra
mirada precisamente en Cristo: "Sólo el
amor al Hijo nos conducirá, en el
Espíritu Santo, a sentirnos hijos
queridísimos del Padre y a ofrecerle
nuestra existencia, la vida de familia, el trato
apostólico con los que están a
nuestro alrededor y el trabajo cotidiano,
convertido en servicio a la Iglesia".
El santo padre Juan Pablo II dijo en su
homilía en el día de la
beatificación de monseñor
Escrivá de Balaguer: "La vida espiritual
y apostólica del nuevo Beato estuvo
fundamentada en saberse, por la fe, hijo de Dios
en Cristo y nos recuerda que todas las
realidades de la tierra, si se usan rectamente
para gloria del Creador y al servicio de los
hermanos, pueden ser camino para el encuentro de
los hombres con Cristo".
No podía dejar de dedicar mi columna
-en esta fecha justo tan próxima al
centenario del fundador de la Obra&emdash; a
compartir con todos los lectores, con toda mi
familia, y con todos mis amigos, algunas de las
enseñanzas que, como testimonio personal,
puedo decir que verdaderamente pueden cambiar el
camino y la vida de quien se decide a conocer,
meditar y seguir el "camino" que él nos
ha dejado.