Sábado 5 de enero 2002


Un santo de nuestra época
Cien años
María Teresa de Jovel*

Miles de fieles en todo el mundo estaremos pensando, meditando y agradeciendo al Señor por lo que ha significado para cada uno de nosotros el haber encontrado y conocido -personalmente o a través de sus escritos- a un santo de nuestra época y nuestro siglo, que ha cambiado y sigue cambiando de manera radical nuestra vida. Este hombre habría cumplido cien años el próximo 9 de enero.

El beato Josemaría Escrivá de Balaguer nos ha ayudado a millones de personas en los cinco continentes a buscar la santidad en la vida ordinaria. Ese día no supone una simple conmemoración, ni sólo el recuerdo de una fecha importante. Es una invitación a reflexionar sobre sus enseñanzas; una responsabilidad por cumplir lo que a través de él nos ha enseñado el Señor y un reto para descubrir cómo cada día podemos ir incorporando -esculpiéndolo decía él-, haciéndolo vida de nuestra vida, el espíritu del Opus Dei.

Su fundador gastó toda su vida y todo su tiempo en anunciar a Jesucristo, recordando que se puede ser plenamente discípulo de Cristo en medio del mundo. El centenario ha de ser, para todos sus hijos, un eco de esa verdad cristiana radical que llena la vida de sentido y de alegría.

En 1967, durante una homilía afirmaba: "No lo dudéis, hijos míos: cualquier modo de evasión de las honestas realidades diarias es para vosotros, hombres y mujeres del mundo, cosa opuesta a la voluntad de Dios. Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar y la familia, y en todo el inmenso panorama del trabajo. Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir".

Por eso, para todos los que hemos encontrado un nuevo camino para nuestras vidas, es también una invitación a difundir ese gozoso mensaje. Comunicar que ese camino -empedrado de cosas pequeñas- que los cristianos recorren con el deseo de encontrar, tratar y amar a Jesucristo, es accesible para todos aquellos que tienen el corazón y el alma llenos de la ilusión de convertir, como decía el beato Josemaría: "En divinos todos los caminos de la tierra".

También nos decía en otra ocasión: "Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres". Quería, de esta manera y de muchas otras, apartarnos de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: "la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte, y de otra -distinta y separada- la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas. ¡Que no, hijos míos!" Y, añadía, lleno de seguridad y de entusiasmo: "O sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca (...). Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios".

No podemos olvidarnos, también, de dar gracias al Señor por los inmensos dones con que llenó el alma del fundador de la Obra y por la fidelidad con que él supo corresponder. Sobre todo, al recordar las continuas manifestaciones de humildad que brotaban de su corazón con total sinceridad. Se consideró siempre como "un borrico sarnoso, un pecador que ama locamente a Jesucristo, un instrumento inepto y sordo".

El solemne reconocimiento de su ejemplaridad cristiana, proclamada por el santo padre Juan Pablo II y, con él, toda la Iglesia, suena como una llamada impetuosa a meditar una vez más sobre el sentido último y más profundo de la virtud de la humildad: "Camino seguro para llegar a Dios. Ocultarme y desaparecer es lo mío: que sólo Jesús se luzca", ésta fue la única ambición del beato Josemaría, sintetizada, desde sus primerísimos años como sacerdote, en una jaculatoria que es un auténtico programa de vida cristiana: "¡Deo omnis gloria! ¡A Dios toda la gloria!"

La vida y enseñanzas del beato Josemaría nos llevan a fijar nuestra mirada precisamente en Cristo: "Sólo el amor al Hijo nos conducirá, en el Espíritu Santo, a sentirnos hijos queridísimos del Padre y a ofrecerle nuestra existencia, la vida de familia, el trato apostólico con los que están a nuestro alrededor y el trabajo cotidiano, convertido en servicio a la Iglesia".

El santo padre Juan Pablo II dijo en su homilía en el día de la beatificación de monseñor Escrivá de Balaguer: "La vida espiritual y apostólica del nuevo Beato estuvo fundamentada en saberse, por la fe, hijo de Dios en Cristo y nos recuerda que todas las realidades de la tierra, si se usan rectamente para gloria del Creador y al servicio de los hermanos, pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo".

No podía dejar de dedicar mi columna -en esta fecha justo tan próxima al centenario del fundador de la Obra&emdash; a compartir con todos los lectores, con toda mi familia, y con todos mis amigos, algunas de las enseñanzas que, como testimonio personal, puedo decir que verdaderamente pueden cambiar el camino y la vida de quien se decide a conocer, meditar y seguir el "camino" que él nos ha dejado.


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