La
Nota del
Día
Enero 3,
2001
El "mercado
socialista" y el milagro chino
En un mundo que ha caído en la
recesión, es alentador lograr
índices positivos de crecimiento, una
señal de que dentro de lo posible las
cosas van bien. Hay sin embargo casos
excepcionales, como el de China continental, que
en los últimos tres o cuatro años
ha superado un siete por ciento anual, lo que
constituye "un milagro económico".
¿Cuál es el secreto chino? En
palabras de algunos de sus dirigentes, la
fórmula está en la
"economía socialista de mercado". O
poniéndolo en términos muy en
boga, un "neoliberalismo marxista". Y en esto,
como señalo von Hayek, al concepto
sólido y sustancioso, mercado y
neoliberalismo, se le agrega el apéndice
político, en este caso lo de socialista,
marxista o social.
Lo lamentable es que haya tantas personas que
sigan hipnotizadas con la propaganda de la
izquierda, que nos coloca teóricamente en
el peor de los mundos: uno donde los ricos son
cada vez más ricos, y los pobres,
más pobres. Por si algunos no lo saben,
la idea viene de Carlos Marx, pero fue
pulverizada por Boehm-Bawerk hace más de
ciento treinta años. La experiencia es la
contraria: los pobres en los países con
alguna medida de capitalismo son cada vez menos
pobres, al igual que las empresas que les sirven
son cada vez más grandes y numerosas.
Sobran testimonios al respecto. Hasta los
años cincuenta, en las ciudades del
país, y no digamos en las zonas rurales,
la gente iba descalza o con "caites", vistiendo
sus "cotones" de manta, con muy escasas
posibilidades de incorporarse a la
producción organizada. Hoy, por el
contrario, grandes sectores laboran en
fábricas y empresas, y la movilidad
social es una de las características
notables de nuestra vida como nación. Y
si hay un incremento porcentual muy alto en la
natalidad, se debe precisamente a que han
mejorado las condiciones de vida.
Los gobiernos han hecho cosas muy buenas, les
falta todavía superar el desastre
ocasionado por las reformas de los años
ochenta y de la agresión comunista, y no
acaban de modernizar el Estado. Piénsese
que de no haber sido por la guerra los
salvadoreños tendrían un nivel de
vida el triple de lo que es ahora; antes de la
catástrofe nuestro país estaba
despuntando como un productor de componentes
electrónicos y la agroindustria era una
esperanza muy real para nuestro pueblo.
El vaso medio lleno que toca
rebalsar
Podríamos estar mucho mejor, pero
también muchísimo peor, como los
cubanos, o los nicaragüenses que no
consiguen sobreponerse a las truculentas
sinvergüenzadas de los sandinistas y los
desmanes del presidente saliente. El beato
Escrivá de Balaguer señaló
que edificar una catedral puede tomar siglos,
pero destruirla es cosa de un instante, como nos
devastaron durante la década de los
ochenta. Argentina se quita de encima la nefasta
herencia del populismo peronista.
Hay bastante por hacer en nuestro
país. Una cosa es lograr que el Ejecutivo
salga de su aislamiento, para enterarse de
cerca, con los sectores vivos, de problemas y
soluciones reales; otra, es que se supere el
pesimismo artificialmente mantenido que aflige a
tantos; una tercera posibilidad es que la
oposición contribuya a la
gobernabilidad.
Pongamos todos empeño en sacar
adelante a El Salvador, en capacitarnos para ser
más productivos y eficientes, en superar
el desaliento. El vaso está medio lleno,
no medio vacío, y nos toca a nosotros
rebalsarlo.