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Invocan
al espectro de Stalin
Rolando Monterrosa.
A finales del año pasado presenciamos el penoso espectáculo
de la arremetida de agentes del CAM, de la alcaldía efemelenista
de San Salvador, contra vendedores ambulantes que se habían
tomado la acera, frente al Teatro
Nacional.
Según noticias del momento, los vendedores pretendían
establecerse allí, durante diez días para aprovechar
la demanda de la temporada navideña.
Es cierto que los vendedores estaban violando la ley, pero el CAM
-un cuerpo igualmente fuera de la ley- entró a barrer con
todo y todos sin que, en apariencia, mediara el mínimo diálogo
para tratar de disuadir a los vendedores; lo hizo por sorpresa y
a la hora en que hay pocos testigos.
Asistimos en esa oportunidad a una micro-recreación de lo
que el ejército chino comunista hizo en la Plaza de Tiannamen,
en Pekín, el 4 de junio de 1989. Si bien aquí no hubo
masacre el principio represivo estalinista fue aplicado esa noche
con la misma intención que allá: sofocar por la fuerza
cualquier desobediencia civil.
Igual doctrina parece haber alentado el reciente ataque de los sindicalistas
del ministerio de Salud en contra de camarógrafos y presentadores
del Canal Cuatro de Televisión.
Los manifestantes, entre ellos agitadores profesionales con larga
experiencia incendiaria, también amenazaron de muerte a un
locutor de radio.
A diez años de haberse firmado los acuerdos de paz, no renuncian
a la cultura de la pinta y pega, al irrespeto a la propiedad privada
y pública, pero sobre todo al propósito de infundir
terror en quienes no comparten su forma de pensar. Se ve que no
terminan de aprender a vivir en democracia.
Resulta obvio que este tipo de discurso carece de justificación
ahora que los comunistas tienen un partido legalmente establecido,
que cuentan con medios de comunicación propios y espacios
en los otros; están representados en la Asamblea, además
de tener a mano otros mecanismos para expresarse libremente, sin
violencia.
Un conocido cura que a menudo externa opiniones personales acerca
del acontecer político en el país, acertó a
decir, hace unos días, en el Canal 33, que existe una
alergia de la ciudadanía contra las manifestaciones callejeras
acompañadas de violencia, porque la gente las asocia con
los años de la guerra .
Pero la miopía del fundamentalismo comunista criollo le impide
ver que está enviando el mensaje equivocado a un país
que quiere olvidar la sangrienta década de los ochenta.
No cabe duda de que las consignas emanadas del X Foro de Sao Paulo,
celebrado en diciembre del año pasado, en La Habana, han
sido encomendadas a las tradicionales turbas que tan bien han servido
a Castro, a Ortega y ahora a Chávez, en Venezuela.
Los espectros de Stalin, Vishinsky y Beria aún son invocados
por las güijas socialistas de América Latina.
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