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Breve
análisis
De la paz firmada a la paz vivida
Carmen Gallardo de Hernández
Han transcurrido diez años desde que las partes en conflicto
decidieron firmar la paz política, que puso fin a la guerra
entre salvadoreños. Hace diez años, empezó
el arduo caminar de la sociedad hacia la vivencia de la paz. Corresponde
hoy hacer un alto y mirar hacia atrás en nuestra historia;
repensar las motivaciones y circunstancias que propiciaron la apertura
del diálogo en torno a la mesa de negociación y sopesar
con objetividad el grado de cumplimiento actual, de los acuerdos
firmados en aquel entonces.
La historia de los procesos de paz registrados en el mundo, a lo
largo de las últimas décadas, evidencia el hecho de
que cada conflicto se origina en causas específicas y se
desenvuelve en circunstancias diferentes. Por cuanto el momento
histórico para iniciar el proceso de negociación requiere
de un clima nacional propicio: en nuestro caso, el agotamiento por
ambas partes del enfrentamiento armado y la presión ciudadana.
Asimismo deben existir determinadas circunstancias externas coadyuvantes
-el derrumbamiento de la ex Unión Soviética, por un
lado, y la insistencia de Naciones Unidas para que en El Salvador
se alcanzara un acuerdo político, por el otro-. ¿Fue
la firma de la paz únicamente fruto de factores externos?
Ciertamente influyeron, mas no se puede imponer la paz si el pueblo
no lo desea y los salvadoreños, en su mayoría, anhelaban
sustituir las armas por las palabras.
Las circunstancias externas y endógenas favorables se dieron
en torno al 16 de enero de 1992, cuando las partes beligerantes
firmaron los Acuerdos de Chapultepec. Los actores internacionales
estuvieron presentes a lo largo del proceso de diálogo, propiciando
que se plasmaran los acuerdos preliminares de Caracas, San José,
México y Nueva York.
Varios aspectos marcaron un hito en el derecho internacional. Por
vez primera en la historia de las Naciones Unidas las partes beligerantes
solicitaban, de mutuo acuerdo, al entonces secretario general, Javier
Pérez de Cuéllar, mediar y abrir espacios de diálogo
en búsqueda de una solución pacífica al conflicto
armado. Gracias al interés manifestado por parte de la comunidad
internacional, se crea la figura de amigos del proceso,
en este caso representados por Colombia, España, México,
Venezuela y EE.UU. -se los conoció como los cuatro más
uno-.
El Salvador tuvo a lo largo del conflicto y de la negociación
política dos dinámicas respecto a su diplomacia. La
política exterior oficial del gobierno se coordinaba en Cancillería
pero venía dictada por la propia dinámica de Casa
Presidencial. Esto permitió harmonizar las actuaciones de
los representantes en el exterior, infundiéndoles mística
y sentido de responsabilidad en términos de país.
Se sabía que la mesa de negociación, por voluntad
expresa del ex presidente Cristiani, se mantendría abierta,
lo cual no permitía ningún exabrupto en términos
diplomáticos, aunque existiesen interpretaciones encontradas
con las cancillerías extranjeras, acerca de la forma en que
el proceso de negociación se venía dando.
Por otro lado, el FMLN desplegaba con gran capacidad -hay que admitirlo-
una amplia y sostenida campaña diplomática, en búsqueda
de apoyo tanto político, militar, así como financiero.
Y para quienes nos tocó vivir esos importantes momentos
de la diplomacia salvadoreña, recordemos que más de
una vez, determinado gobierno extranjero u organismo internacional
brindó mayor espacio al representante del FMLN, que al representante
del gobierno de la República. Hubo así que desplegar
sutilezas y arte diplomático para que se escuchase en el
momento adecuado la voz gubernamental. Por ejemplo el tema de los
derechos humanos fue siempre espinoso. Más de una vez ante
la subcomisión de derechos humanos de Naciones Unidas en
Ginebra, se hizo necesario para los funcionarios del servicio exterior
contrarrestar versiones de ciertos hechos distorsionados y admitir
pruebas contundentes de violaciones, cuando éstas fueron
patentes.
Una vez firmada la paz empezó una nueva etapa de la diplomacia
en la que se acercaron las posiciones de ambas partes en el exterior,
ante la necesidad de encontrar financiamiento para los proyectos
de reconstrucción y de recuperación económica.
En cuanto al tema de la reconciliación, equivale a un proceso
a largo plazo. Las heridas no se sanan a raíz de la firma
política de la paz. Hay que emprender un aprendizaje de la
tolerancia, del respeto y del perdón. Es el paso necesario
para que los jóvenes no reproduzcan la violencia, sino empiecen
a caminar por los senderos de la convivencia pacífica. La
reconciliación sólo puede nacer de senderos de la
convivencia de los salvadoreños. Cada proceso de paz tiene
que buscar sus propios mecanismos e iniciativas que facilitan el
reencuentro, sin olvidar las causas del conflicto.
Cuando nace la voluntad nacional para aprender a dirimir las diferencias
a través del diálogo y se acepta que ser diferente
no necesariamente requiere suprimir al enemigo, se empieza a penetrar
en la vivencia de la paz.
La voluntad para cumplir los acuerdos, así como el respeto
al cese el fuego, pasa por un proceso de aprendizaje en el cual
hay que desaprender las actitudes y comportamientos de violencia
y aprender las actitudes, expresiones y valores de paz. Se tienen
que crear nuevos modelos de conducta, que propicien en la juventud
esta nueva forma de ser y de hacer.
En el caso de El Salvador, diez años después quizás,
algunos seguimos inconformes por tareas pendientes que aún
no terminamos de realizar, por ejemplo, constituir los archivos
de la paz a partir de los cuales se recoja y difunda la historia,
o bien añorando espacios que no se dieron -tal como el del
Foro para la Concertación Económico y Social-.
En todo caso queda claro: ante la historia tenemos el compromiso
de transitar de la paz firmada hacia la paz vivida.
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